No se por qué esta tarde me han venido, de repente, aquellos recuerdos; quizás sea el tono rosado que está adquiriendo el cielo, o las lejanas nubes oscuras que testimonian una tormenta en alguna parte, a cientos de kilómetros. Quizás sea el calor que desprende la tierra, o que el horizonte abierto me ofrece la contemplación de mi pasado, como si se estuviese proyectando en una pantalla panorámica.
Fue a primeros del mes de septiembre, hace 23 años, Amelia me había invitado a su casa de campo, mejor dicho, la casa de sus padres. Amelia había sido compañera y amiga desde el instituto, aquel año había terminado su primer curso en la facultad de Derecho y apenas nos habíamos visto; sólo en épocas de vacaciones, como Navidad o Semana Santa; pero aquel verano lo habíamos pasado juntos. En los meses estivales, su familia se trasladaba al antiguo cortijo que habían transformado y convertido en un lugar acogedor; por las tardes, al caer el sol, Amelia venía a la ciudad con su hermana Laura y compartíamos esas horas hasta la media noche, momento en que Laura se ponía seria, todavía más de lo que ya era, y arrancaba a su hermana de entre el grupo de amigos y amigas, del baile, de las copas, de las risas..., o de mis brazos; y esto, creo, es lo que más satisfacía a Laura.
Aquella tarde de sábado llegué en mi motocicleta hasta el cortijo, la madre de Amelia trabajaba en el jardín, ante la casa, nos saludamos y me dijo que Amelia y su hermana habían bajado hasta al pequeño riachuelo que cruzaba entre una frondosa alameda, me indicó la dirección y fui a su encuentro. Una leve brisa amortiguó por un instante el sofocante calor, alcé mi vista y ví como, sobre mi cabeza, se cerraban una espesas y oscuras nubes; apresuré el paso, pues estaba claro que la tormenta comenzaría en poco. Salí del camino con la intención de acortar, y entré en lo que había sido un campo de trigo, tras la siega habían quedado los tallos secos a un palmo de la tierra, entonces me arrepentí de la idea, pues mi calzado no era el apropiado para pisar ahí, y ya me había arañado con los rastrojos. El primer trueno hizo temblar la tierra, y unos gruesos goterones comenzaron a caer sobre mi cabeza, corrí hacia lo que parecía un cobertizo entre el prado seco y la alameda. Cuando alcancé la puerta mi camisa estaba empapada y el agua me resbalaba por la cara; la puerta estaba arrancada, entré sin detener mi carrera y pasé mis manos por los ojos, para escurrir el agua; entonces la ví, junto a un ventanuco estaba Laura, que se volvió sorprendida con mi llegada.
-¿Y Amelia?-, pregunté.
- Cuando ha comenzado la tormenta hemos corrido, yo he venido para este cobertizo pero Amelia no se ha debido dar cuenta y ha seguido por el camino; quizás ya esté en la casa...-, comentó Laura.
Fuera de la cabaña la lluvia arreciaba con fuerza, los destellos de los relámpagos iluminaban la oscuridad de una tarde que, minutos antes, era radiante de sol; de pronto, una fuerte luz iluminó el interior del cobertizo por un roto en el techo, y el trueno que le siguió retumbó tanto que Laura, como lanzada por un resorte, se abrazó con fuerza a mí; pasé mi brazo sobre su hombro y posé mi mano en su espalda para tranquilizarla, entonces sentí su calor, y el vaho que desprendía su cuerpo caliente y sus ropas mojadas me llegó mezclado con su aroma. En ese momento percibí el olor de la tierra y de la paja mojadas, y una nube húmeda y caliente nos envolvió; Laura levantó su cabeza, que había tenido apoyada en mi pecho, y buscó mi boca; respondí a su beso y, entonces, sentí mi labio perforado por sus dientes. Automáticamente mi mano salió lanzada a su cara y le solté una bofetada, quedó a un metro de mí, clavándome su mirada húmeda, con el pelo mojado pegado a su cara y su boca entreabierta, su respiración era agitada…; bajo su blusa despuntaban con fuerza sus pezones, el vaho seguía desprendiéndose de su cuerpo; entonces busqué con la mirada y no tardé en encontrar unas viejas cuerdas que, enlazadas en madeja, colgaban de un clavo; las tomé y empujé a Laura hacia un arado de hierro que había junto a una pared, la giré y apoyé sus manos sobre esos hierros, enlacé sus muñecas y apreté con fuerza; gimió, o gritó suave, pero no se resistió. Tiré de la cuerda hasta que dobló su cuerpo, entonces la até al arado, desabroché su pantalón y tiré de él, me costó porque era un tejano ajustado pero cuanto más se resistía, apretándose en sus caderas, más ganas sentía de hacer aquello; conseguí deslizarlo hasta los tobillos, su braga fue más fácil de bajar. Me pegué a su cuerpo, tras ella, y metí mi mano buscando su entrepierna, estaba empapada y no era el agua de la lluvia; con la otra mano le abrí la blusa y tiré del sujetador hasta que encontré sus pezones para pellizcarlos. La follé con mis dedos, gemía, quizás lloraba; abrí mi pantalón y saqué mi polla, directamente se la encajé desde atrás y me apreté con fuerza, con tanta fuerza como retorcía sus pezones. Sólo la oí decir una cosa: “no te corras dentro...”, al tiempo que mi cuerpo se convulsionaba y lanzaba al infinito de su cuerpo la carga caliente de mi semilla.
Desaté a Laura, le subí las bragas y el pantalón, abotoné su blusa, salí al exterior y arranqué una mata segada de trigo; tomé un brazo de Laura y lo arañé con las pajas cortadas, las muñecas, el antebrazo; luego, hice lo mismo con el otro brazo y el dorso de su mano. Laura permanecía inmóvil, dejándose hacer, la empujé bajo el hueco del techo del cobertizo, por donde había entrado el agua, y la mandé arrodillarse, le dije que se extendiese boca abajo sobre el suelo embarrado, lo hizo; la ayudé a levantarse, y le dije...
- Al correr, te has caído, te has arañado con los rastrojos; eso es lo que dirás al llegar a casa, e irás directamente a la ducha.
- Sí-, respondió.
No hablamos más hasta llegar a la casa, Laura contó que se había caído. Yo dije que la había encontrado y llevado al cobertizo hasta que pasó la tormenta, su madre quiso ver los arañazos, pero Amelia se llevó a su hermana al baño, diciendo que ella la curaría.
Después de cenar, sentados en el porche, robé un beso a Amelia, y ella, con voz susurrante, me dijo al oído...
-¿Cuando me atarás a mí?
Donatio (2003)
































