martes 31 de marzo de 2009

Amelia

No se por qué esta tarde me han venido, de repente, aquellos recuerdos; quizás sea el tono rosado que está adquiriendo el cielo, o las lejanas nubes oscuras que testimonian una tormenta en alguna parte, a cientos de kilómetros. Quizás sea el calor que desprende la tierra, o que el horizonte abierto me ofrece la contemplación de mi pasado, como si se estuviese proyectando en una pantalla panorámica.

Fue a primeros del mes de septiembre, hace 23 años, Amelia me había invitado a su casa de campo, mejor dicho, la casa de sus padres. Amelia había sido compañera y amiga desde el instituto, aquel año había terminado su primer curso en la facultad de Derecho y apenas nos habíamos visto; sólo en épocas de vacaciones, como Navidad o Semana Santa; pero aquel verano lo habíamos pasado juntos. En los meses estivales, su familia se trasladaba al antiguo cortijo que habían transformado y convertido en un lugar acogedor; por las tardes, al caer el sol, Amelia venía a la ciudad con su hermana Laura y compartíamos esas horas hasta la media noche, momento en que Laura se ponía seria, todavía más de lo que ya era, y arrancaba a su hermana de entre el grupo de amigos y amigas, del baile, de las copas, de las risas..., o de mis brazos; y esto, creo, es lo que más satisfacía a Laura.

Aquella tarde de sábado llegué en mi motocicleta hasta el cortijo, la madre de Amelia trabajaba en el jardín, ante la casa, nos saludamos y me dijo que Amelia y su hermana habían bajado hasta al pequeño riachuelo que cruzaba entre una frondosa alameda, me indicó la dirección y fui a su encuentro. Una leve brisa amortiguó por un instante el sofocante calor, alcé mi vista y ví como, sobre mi cabeza, se cerraban una espesas y oscuras nubes; apresuré el paso, pues estaba claro que la tormenta comenzaría en poco. Salí del camino con la intención de acortar, y entré en lo que había sido un campo de trigo, tras la siega habían quedado los tallos secos a un palmo de la tierra, entonces me arrepentí de la idea, pues mi calzado no era el apropiado para pisar ahí, y ya me había arañado con los rastrojos. El primer trueno hizo temblar la tierra, y unos gruesos goterones comenzaron a caer sobre mi cabeza, corrí hacia lo que parecía un cobertizo entre el prado seco y la alameda. Cuando alcancé la puerta mi camisa estaba empapada y el agua me resbalaba por la cara; la puerta estaba arrancada, entré sin detener mi carrera y pasé mis manos por los ojos, para escurrir el agua; entonces la ví, junto a un ventanuco estaba Laura, que se volvió sorprendida con mi llegada.

-¿Y Amelia?-, pregunté.

- Cuando ha comenzado la tormenta hemos corrido, yo he venido para este cobertizo pero Amelia no se ha debido dar cuenta y ha seguido por el camino; quizás ya esté en la casa...-, comentó Laura.

Fuera de la cabaña la lluvia arreciaba con fuerza, los destellos de los relámpagos iluminaban la oscuridad de una tarde que, minutos antes, era radiante de sol; de pronto, una fuerte luz iluminó el interior del cobertizo por un roto en el techo, y el trueno que le siguió retumbó tanto que Laura, como lanzada por un resorte, se abrazó con fuerza a mí; pasé mi brazo sobre su hombro y posé mi mano en su espalda para tranquilizarla, entonces sentí su calor, y el vaho que desprendía su cuerpo caliente y sus ropas mojadas me llegó mezclado con su aroma. En ese momento percibí el olor de la tierra y de la paja mojadas, y una nube húmeda y caliente nos envolvió; Laura levantó su cabeza, que había tenido apoyada en mi pecho, y buscó mi boca; respondí a su beso y, entonces, sentí mi labio perforado por sus dientes. Automáticamente mi mano salió lanzada a su cara y le solté una bofetada, quedó a un metro de mí, clavándome su mirada húmeda, con el pelo mojado pegado a su cara y su boca entreabierta, su respiración era agitada…; bajo su blusa despuntaban con fuerza sus pezones, el vaho seguía desprendiéndose de su cuerpo; entonces busqué con la mirada y no tardé en encontrar unas viejas cuerdas que, enlazadas en madeja, colgaban de un clavo; las tomé y empujé a Laura hacia un arado de hierro que había junto a una pared, la giré y apoyé sus manos sobre esos hierros, enlacé sus muñecas y apreté con fuerza; gimió, o gritó suave, pero no se resistió. Tiré de la cuerda hasta que dobló su cuerpo, entonces la até al arado, desabroché su pantalón y tiré de él, me costó porque era un tejano ajustado pero cuanto más se resistía, apretándose en sus caderas, más ganas sentía de hacer aquello; conseguí deslizarlo hasta los tobillos, su braga fue más fácil de bajar. Me pegué a su cuerpo, tras ella, y metí mi mano buscando su entrepierna, estaba empapada y no era el agua de la lluvia; con la otra mano le abrí la blusa y tiré del sujetador hasta que encontré sus pezones para pellizcarlos. La follé con mis dedos, gemía, quizás lloraba; abrí mi pantalón y saqué mi polla, directamente se la encajé desde atrás y me apreté con fuerza, con tanta fuerza como retorcía sus pezones. Sólo la oí decir una cosa: “no te corras dentro...”, al tiempo que mi cuerpo se convulsionaba y lanzaba al infinito de su cuerpo la carga caliente de mi semilla.

Desaté a Laura, le subí las bragas y el pantalón, abotoné su blusa, salí al exterior y arranqué una mata segada de trigo; tomé un brazo de Laura y lo arañé con las pajas cortadas, las muñecas, el antebrazo; luego, hice lo mismo con el otro brazo y el dorso de su mano. Laura permanecía inmóvil, dejándose hacer, la empujé bajo el hueco del techo del cobertizo, por donde había entrado el agua, y la mandé arrodillarse, le dije que se extendiese boca abajo sobre el suelo embarrado, lo hizo; la ayudé a levantarse, y le dije...

- Al correr, te has caído, te has arañado con los rastrojos; eso es lo que dirás al llegar a casa, e irás directamente a la ducha.

- Sí-, respondió.

No hablamos más hasta llegar a la casa, Laura contó que se había caído. Yo dije que la había encontrado y llevado al cobertizo hasta que pasó la tormenta, su madre quiso ver los arañazos, pero Amelia se llevó a su hermana al baño, diciendo que ella la curaría.

Después de cenar, sentados en el porche, robé un beso a Amelia, y ella, con voz susurrante, me dijo al oído...

-¿Cuando me atarás a mí?

Donatio (2003)

El Viaje II

Las imágenes se sucedían una tras otra, mezcladas con los flashes del paisaje, con los colores, el aire y el sol. No sabía hacia dónde se dirigían, no preguntaba. Sólo se dejaba llevar, y recordaba...
Aquel primer día, el no saber la llenaba de intranquilidad. Recordaba el latir en sus sienes, sus ojos asombrados por la situación, la boca casi seca, la piel erizada, como si por cada poro estuviera en alerta, intentando percibir cada cambio, intentando sentir aun sin ser tocada... Miedo, excitación, dudas, miles de preguntas volando por su mente. Pero a pesar de todo allí estuvo. Luego llegó la voz, la presencia, las manos explorando su cuerpo, la voz llamándola puta... y ella sin saber qué sentía...
Estaba extraña... pero la humedad crecía entre sus piernas. Temblaba, no sabía por qué, nunca había percibido su cuerpo de esa manera, nunca su mente estuvo tan abierta, tan hambrienta de sentir, tan dispuesta a dejarse hacer, tan inquieta... Y tan confiada. Nunca hubiera pensado que aquello podría originar en ella aquellas sensaciones. Era una mujer sexual, siempre lo fue, pero ¿D/s?... Solo conocía de aquello los látigos, el látex, las voces ordenando, las pinzas, el dolor. Toda la parafernalia externa que la gente de a pie sabía del tema. ¿Era esto?... era... y al mismo tiempo no.
Se encontró con unas manos que la exploraban despacio, recorrían su cuerpo, sin dejar un rincón por tocar. A veces dulces. A veces duras. A veces... Y ella temblaba cada vez más, y sentía su cuerpo, cada milímetro de piel en tensión, esperando, deseando aquél tacto. Y se volvía loca por esperar, por desear, por sentir. Caricias mezcladas con dolor, dulces caricias, azotes, pezones apretados... Puta... Zorra... Y ella más mojada, temblando más... se sentía un mero objeto. ¿Que era aquello?... aún no sabía, casi no comprendía, pero...
Llegó el vértigo. Las manos, el cuerpo del Amo la llevó al éxtasis, nunca había sentido, ahora lo sabía. Nunca nadie había acariciado su alma, nunca nadie la había usado. Nunca había dado lo que aquella tarde...
Su alma. Su cuerpo. Su vida. Su mente... Para su Amo

nadine de Donatio

Perra T, marcas de una sesión





Tras los azotes, nadine acaricia las enrojecidas nalgas de la perra T.

lunes 30 de marzo de 2009

El Viaje I

La luz del sol calentaba su regazo, el paisaje volaba rodeándola, pero no era capaz de fundirse con él. La presencia era tan intensa...
Miraba sus muslos, sus fuertes manos manejando el volante, guiando el coche, guiándola a ella, abandonada a su lado. No hablaban. No hacía falta. Ella sentía el calor de su cuerpo tan próximo, su olor, su poder sobre ella... Era tan simple... Era suya. Y temblaba con sentirse a su lado. Sentía sus muslos acariciados por la tapicería, sus pezones endurecidos, su boca entreabierta, ansiando, y el palpitar de su sexo caliente.
Entraron en un pueblo, la velocidad se hizo menor hasta que se detuvieron frente a un bar. Él la miró, se acercó pegando sus labios a su boca, penetrando en ella. Notó esas manos fuertes recorriendo su cuerpo inmóvil que sólo sentía. Sentía como apretaba sus pezones hasta que dolieron. Sentía la lengua dentro, buscando, apretadas las bocas. Sentía su braga mojada entre las piernas abiertas, las manos que seguían explorando sin remilgos, gozando de lo que era suyo. Bajaban apretando su cuerpo, haciéndola sentir, tocando sus muslos, entrando bajo la tela entre las piernas, alcanzando la humedad, penetrando en su sexo empapado, hurgando en él.
Se separó de su boca, ella se quedó vacía, sintiendo como crecía su clítoris caliente bajo esos dedos que tan bien la conocían, sintiéndose usada. Sus ojos se cruzaron un instante, ella sabía de su cara ofrecida, de su mirada caliente que bajó, sumisa.
- Tomemos algo...
Primavera 2001
nadine de Donatio

Recuerdo



La encontré en una celebración a la que, por amistades comunes, habíamos sido invitados; no la esperaba allí después de tantos años. Lola seguía igual de hermosa, pero ahora toda una mujer de 39. Conservaba aquella expresión que me fascinó la primera vez que la ví, su mirada triste y algo enigmática; tan solo el pelo llevaba distinto, ahora más corto y de un color más claro.

Nos encontramos de frente, y nos saludamos. Solo un "hola", como si nos hubiésemos visto esa misma mañana, y el día anterior..., pero hacía 26 años que no nos veíamos. Ni siquiera nos detuvimos, cada cual siguió su paso; y durante la cena no pude dejar de pensar... ¿en ella? No, en realidad mi pensamiento no fue para Lola, sino para su madre, Carmen.

Nunca he sabido como surgió la amistad entre Carmen y mi madre, dos mujeres tan distintas; las dos estrecharon unos lazos que perduraron durante años. Casi a diario Carmen visitaba a mi madre, solía ir acompañada de su hijo pequeño, y conversaban durante rato. A veces, Carmen, me saludaba al llegar, otras recluido en mi habitación en la hora de estudio ni la veía en todo el tiempo, solo la oía llegar y marcharse.

Una de aquellas tardes, no se por qué, salí de mi habitación y al pasar por el saloncito las ví..., mi madre, Carmen y Lola. Bueno, supe su nombre más tarde; en aquel momento me quedé frenado en el pasillo. Mi madre me llamó para que me acercase a ellas, Carmen me besó en la mejilla e indicó a su hija que hiciera lo mismo; no volví a mi habitación, me quedé sentado escuchando su conversación y mirando a Lola. Más tarde me las ingenié para preguntar a mi madre sobre aquella familia; apenas me dijo nada, solo que Carmen se había casado, tres años atrás, con un viudo que aportó una hija al nuevo matrimonio, Lola, y con el cual había tenido el niño.

A partir de aquel día, dejé mi habitación como lugar de estudio y me trasladé al saloncito. Procuraba estar allí antes de que llegase Carmen, cuando mi madre y ella comenzaban su tertulia, yo hacía como que estudiaba sin quitar oído a cuánto decían y, cuando la acompañaba su hija, procuraba adoptar una postura estratégica que me permitiese mirarla sin llamar la atención. Un día, pasados unos meses, Carmen me preguntó si me gustaba la lectura; le dije que sí, aunque sólo había leído algunos clásicos españoles por indicación del profesor de literatura y... cómics, muchos cómics. Sonriendo me dijo que ella podía dejarme libros, si yo quería; le dije que sí y ahí fue donde comenzó mi aventura.

Dos veces por semana acudía a su domicilio, por la tarde, y ella me ofrecía alguno de sus libros. Su casa no era grande, la habitación más espaciosa era su dormitorio. Allí, en un armario que ocupaba toda una pared, guardaba su biblioteca; tras ofrecerme un refresco, pasábamos a su habitación y, abriendo el armario, me sugería algún título; luego, tras unos minutos de conversación, regresaba a mi casa con uno o dos volúmenes.

Aunque ella visitase a mi madre, aunque estuviésemos casi dos horas en la misma habitación en mi casa, nunca hizo referencia a mi lectura; esperaba a que yo, más tarde o al día siguiente, acudiese a su casa; entonces, mientras tomábamos el refresco, me preguntaba sobre lo que había leído. Yo devoraba sus libros, de forma que en pocas semanas ya había leído un centenar de ellos hasta que un día reparé en algo..., poco a poco, partiendo de cero, el contenido erótico de aquellas lecturas había ido creciendo. Primero insinuado, luego más explícito hasta que el sexo impregnó todo el contenido de las obras que me daba a leer.

Al tiempo que eso ocurría, comencé a mirar de forma diferente a Carmen. No era una mujer guapa, ni tenía un físico especialmente atrayente; pero había una hembra en permanente celo dentro de aquel cuerpo. En su cercanía, sin llegar a rozarnos nunca, yo percibía un aroma especial, una energía especial que conseguía transmitirme un calor hasta ahora desconocido por mi cuerpo. Cuando salía de su casa, además de los libros bajo el brazo, me llevaba una fuerte erección bajo mi pantalón que yo, en la intimidad del cuarto de baño, procuraba aliviar con urgencia al llegar a casa.

El día que me dio los "Trópicos" de Henry Miller fue especial. También su sonrisa fue especial cuando, al entregármelos, me dijo: "estos te gustarán". Habíamos alcanzado un grado de confidencialidad inaudito entre una mujer de 41 años y un adolescente de 16; tras devolverle esos libros habíamos hablado sobre las aventuras parisinas que relataba Miller en sus obras, ahondábamos en detalles y, si algo me había pasado desapercibido, Carmen se encargaba de hacérmelo notar con su especial picardía.

Habían pasado meses, durante los cuales nuestras particulares tertulias se habían hecho cotidianas en su casa, como lo eran las suyas con mi madre en la mía pero, Carmen, en mi casa era una mujer distinta.

Dos días antes me había dejado "Escupiré sobre vuestra tumba", de Boris Vian. La lectura de esa novela me había impactado, pero no sentía rechazo por su brutalidad; más bien una extraña excitación provocada por las escenas narradas en sus páginas. De camino al domicilio de Carmen, repasaba mentalmente los detalles que más me habían provocado, y me excitaba con la idea de la conversación que aún no habíamos tenido. Cuando la encontré frente a mí al abrir la puerta, la noté distinta. Su gesto, severo, me era desconocido hasta ese momento. -"Pasa, Roberto"-, me dijo casi sin mirarme y se dirigió directamente a su cuarto; yo la seguí extrañado, porque era la primera vez que no pasábamos antes por la cocina a tomar el refresco. Me dijo que esperase un momento y salió; al poco regresó acompañada por Lola. Mi extrañeza iba en aumento, todo aquello era nuevo. Apenas, Carmen, me miró y ordenó la chica, con voz severa, que se quitase la ropa. Mis piernas, en ese momento, temblaban y mi sexo apenas aguantaba bajo el pantalón.

El cuerpo de Lola se me reveló como un regalo del cielo. Hasta ese momento sólo conocía su hermoso rostro, sus ojos negros de mirada triste y sus delgados pero hermosos muslos que, a veces, sus cortas faldas me permitían disfrutar. Mis ojos corrían rápido por su cuerpo, como si aquello fuese a durar sólo un instante. Del triángulo incipiente que sombreaba su pubis pasaba a sus redondos y pequeños pechos de morena aréola y botón duro. Luego, a la misma velocidad, bajaba buscando sus redondas nalgas, como en sucesivas fotografías que, una vez almacenadas en mi memoria, me permitiesen revivir más lentamente lo que ahora me parecía un sueño a punto de terminar.

Carmen no dijo más, solo gesticulaba. Colocó una almohada doblada en el centro de su cama, e indicó a Lola que se tumbó, boca abajo, con la almohada bajo su vientre, de forma que sus nalgas quedaban algo elevadas y expuestas. Luego, Carmen, abrió un armario más pequeño que el de los libros, y extrajo una vara, larga, fina, de color avellana y arqueada en el extremo por donde la cogía. No podía creerme lo que estaba viendo... Carmen se colocó a un lado de la cama y, alzando la vara, comenzó a descargar golpes sobre las nalgas de su hijastra; inmediatamente la piel se enrojecía con apariencia de estar cortada. Los golpes caían seguidos, sobre las nalgas y la parte alta de los muslos de la chica; las primeras marcas, antes rojizas, ahora aparecían más oscuras. Era evidente que Lola lloraba, pero aparte de los resoplidos y algún gemido más alto, no dejó escapar ningún grito a pesar del dolor que estaba soportando. Sus manos se cerraban, apretando la colcha, cada vez que la vara impactaba contra su cuerpo...

Sentía dolor en mis genitales de la fuerte erección que aquella visión me procuraba, me había apretado con la mano por encima del pantalón, notando una zona húmeda allí donde empujaba mi glande. Carmen, en silencio, se me acercó; me bajó la cremallera del pantalón y me liberó. A punto estuve de vaciarme en ese momento, pero ella soltó rápidamente, entregándome la vara.

Con la mirada me indicó que la imitase y me animó con lo que me pareció una sonrisa. Aquello era una locura, yo estaba excitadísimo y asustado; pero levanté la vara y, tímidamente, golpeé las amoratadas nalgas de Lola. Ante la mirada interrogante de Carmen, repetí mi acción, esa vez con más convencimiento, y otra vez y..., sentí la corriente que arrancaba desde mi espalda y se precipitaba con fuerza al exterior, dejando un reguero lechoso sobre la espalda desnuda de Lola, sus nalgas y parte de la cama.

Apenas podía caminar cuando Carmen me indicó que la siguiese fuera. Me temblaban las piernas, y los brazos. Y, por un momento, tuve la sensación de que los sentidos me habían abandonado.

-"A partir de ahora aprenderás tú solo"-, me dijo Carmen, y abriéndome la puerta me indicó que saliese de su casa.

Mientras recordaba todo esto, cenando, tras mi fugaz reencuentro con Lola, me pregunté si ese habría sido mi punto de partida. Pero, no... Lo que soy ya estaba en mí, y Carmen lo supo ver.

Donatio (2002)

domingo 29 de marzo de 2009

Versus cibersexo


Me gusta el sexo, siempre me ha gustado, de niña tocaba mi cuerpo buscando sensaciones, ahora que soy mujer sigo haciéndolo, investigando, buscando más allá... La red ha sido un arma más para buscar entre mis deseos, me gusta mirar, buscar fotos que me exciten, y aprovechar ese calentamiento para dejarme ir.
Soy tan zorra que hay días en que navego por páginas oscuras, busco imágenes crudas, sexos enormes goteando, coños abiertos, penetrados, horadados hasta límites increíbles. Imágenes que hacen que mi sexo se empape y crezca.
Soy tan viciosa, que me gusta mirarme. Coloco un espejo entre mis piernas, frente a mí, e investigo los cambios de mi cuerpo. Mi coño es dulce, grande y acogedor, pliegues rosados y brillantes coronados por un clítoris grande y saliente, como una aceituna brillante.. Y, mientras paso las fotos, fotos de mujeres hermosas, mezcladas, lamidas, folladas, torturadas, mi sexo crece y se empapa más, se dilata y me urge. Sigo buscando, perros, hombres, objetos... ya no puedo más y tengo que tocarme.
Mi humedad lo llena todo, mi mano lo explora todo, hasta esas imágenes violentas, hasta esos cuerpos mezclados, medio mujer medio hombre que disparan mi imaginación, y mi mano.
Me abro más, viciosa, caliente, me miro más, disfruto de ver mi coño abierto y ofrecido, disfruto de ver mis dedos girando y apretando, disfruto de sentir, y ya no soy yo.. Soy una de esas mujeres abiertas, soy uno de esos culos horadados, hasta soy una de esas pollas goteantes. Soy todo y nada, sexo, solo eso.
Me dejo ir... me mezclo con todo... virtual, pero de carne y hueso.




nadine de Donatio

sábado 28 de marzo de 2009

nadine y la perra T, fisting


El fisting es una práctica que nos gusta mucho. Las siguientes fotos recogen un momento en que la perra T. se lo hace a nadine, en una sesión conjunta con las dos.







viernes 27 de marzo de 2009

Despertar

Cada vez que recordaba, el brillo de una sonrisa empequeñecía sus ojos verdes, mientras la contemplaba en su sueño. Allí estaba, abandonada, con una expresión de total inocencia en su rostro, los ojos cerrados, la boca inerte. No era una belleza, pero cuando la conoció sintió el halo que la envolvía, era... muy mujer. Unos ojos negros de mirada profunda, unas manos que enfatizaban cada palabra, un cuerpo que invitaba al abrazo, y una mente profunda en la que deseaba zambullirse.
Mientras disfrutaba viéndola dormir, se perdió en el recuerdo, trayendo de nuevo hacia ella el momento del encuentro; las frases sencillas, la complicidad. Fueron contándose su vida, sus ansias, sus deseos, sus desengaños. La noche se hizo eterna y fue envolviéndolas en una calidez increíble. No era capaz de recordar muy bien cómo fue ni cuando, sólo recordaba que en determinado momento todo se detuvo, que la miró intensamente y le dijo -ven conmigo-.
Le sorprendió un tanto ver su reacción... Aquella mujer era fuerte, con carácter, y cuando pronunció aquellas palabras, sólo bajó la mirada, turbada y dijo -sí-. El silencio reinó mientras se encaminaban hacia su casa. Disfrutaba viéndola allí, a su lado en el coche, cabizbaja, con sus ojos negros humildes, las manos extendidas sobre el regazo. Toda esa apariencia de abandono la hacía crecerse y sentir un calor especial en su cuerpo. Entraron en la casa. Allí estaban las dos, en pie, ella erguida, segura, disfrutando de la visión de aquella mujer sumisa y respetuosa ante ella. No tuvo que decir nada, sólo una mirada de sus ojos verdes hizo falta para que comenzara a desnudarse lentamente.
La piel blanca iba apareciendo despacio, y al verla se sentía más segura, más tranquila, más excitada. Se sentó en una cómoda butaca disfrutando del espectáculo, y cuando una vez desnuda ante ella se aproximó arrodillándose frente a sus pies sintió cómo se endurecían sus senos y el calor y la humedad entre sus piernas.
Nada se escuchaba, sólo su mirada verde hablaba, ordenaba, decidía. Fue llevándola despacio pero con firmeza... Cómo disfrutaba viendo el temblor, los ojos bajos, las manos ofrecidas, la boca entreabierta... La miraba directamente con unos ojos intensos sintiendo su sumisión. Se acomodó en el asiento estirando sus piernas y al ver cómo bajaba su cabeza besando devotamente su zapato sonrió. Acarició su cabeza, tiró suavemente de su pelo para atraerla hacia sí, apoderándose de su boca húmeda, penetrándola mientras sus manos se perdían en sus senos, acariciando, estirando, apretando fuerte sus pezones.
No hubo ni un gemido, sólo el temblor y los ojos negros bajos, humillados. El tacto fue llegando. Sus ropas se abrieron, despacio, toda ella se abrió para recibirla. Las manos en los cabellos fueron guiándola firmemente. La dejó que se zambullera en su humedad, despacio, en oleadas. Apretaba su cabeza contra su cuerpo y la sentía lamer despacio, con devoción, sin parar... Pensó -es una buena perra-. Llegó a lo más alto sintiendo su cabello entre las manos, sonriendo. Los temblores se sucedieron eternos y la lengua seguía con la caricia aún cuando su cuerpo ya se hubo relajado.
La miraba arrodillada a sus pies, la cabeza entre sus piernas... nada, y una ternura intensa la llenó. Acarició despacio sus cabellos, tomó la cabeza entre sus manos y la separó de su cuerpo mirándola. Disfrutó de la visión. Sus ojos se cruzaron un instante pero rápidamente los negros cedieron. Estaba hermosa, la boca roja, la piel mojada de saliva y de su propia humedad. temblaba de nuevo y habló... Solo dijo -gracias-. La besó, despacio, lamiendo esa boca que tan bien la había servido, disfrutando de la caricia, entrando en ella, apretando fuerte... Era suya.

nadine de Donatio

nadine, cuerpo de deseo









No pretendas que las cosas ocurran como tu quieres. Desea, más bien, que se produzcan tal como se producen, y serás feliz.
Epicteto de Frigia

jueves 26 de marzo de 2009

Castigo

Sentía, una vez tras otra, la fusta chocando con su piel. Sabía que surcos rojos iban poblando su piel blanca conforme pasaba el tiempo. Contaba... Cada vez con voz más queda, su mente se perdía a pesar de los números, con cada palabra un dolor, más intenso que el castigo. Con cada segundo una idea, el sentimiento del fallo, el dolor del alma.
Su piel volvería a ser blanca, los surcos permanecerían un tiempo, pero se irían poco a poco. El dolor del alma la marcaría de otra forma, para siempre, la huella sería indeleble en los pliegues de su corazón.
Sufrían, se dolían, ambos derramaban lágrimas, ella, visibles y en silencio... Él, quedas y en su alma. Ambos sabían.. Y sentían de nuevo el hilo que unía sus almas, su carne, su vida. Hilo que trenzaba cuerdas, látigos, fustas, dolor, placer. Hilo que los ataba, que los hacía uno, dos caras, una moneda... Amo y esclava.
nadine de Donatio

Azotada

video

nadine recibe unos azotes de su amo.

miércoles 25 de marzo de 2009

Exhibida en el parque

Estaba nerviosa. Nerviosa y excitada al tiempo. A pesar de la ducha, mi coño estaba empapado y lo sentí pulsátil. El clítoris asomaba brillante entre los labios mientras secaba mi piel caliente. No tardé demasiado en vestirme; tan solo una falda corta de vuelo y un corpiño ajustado, que dejaba entrever mi piel entre los bodoques bordados. Maquillé mi cara levemente, sólo remarcar los ojos y el rojo intenso de los labios. Sabía dónde debía acudir, tan sólo eso, una hora y un lugar, nada más. Eso y que llevara mi cámara. Pero nada más necesitaba. Escuchar su voz diciéndome me transformaba, mojaba mi cuerpo y hacía que mi mente sólo pensara en él, y en su deseo, que era el mío.
Una vez estuve en la calle sentí el aire más fresco que mi propia piel, a pesar del inicio del verano. Notaba la humedad entre mis piernas y cuando me senté en el taxi que me llevaría al lugar de la cita supe que mi sexo desnudo sobre la tapicería dejaría la huella en el asiento. El sonido del móvil me sobresaltó, pero la voz tan conocida al otro lado me hizo olvidar los nervios y la tensión "ve tranquila, estoy contigo…" Su voz me tranquilizaba y me calentaba al tiempo, y me sentía cada vez más mojada. Supe que la excitación se reflejaba en mi cara al sentir la mirada del taxista cuando me dejó en el destino.
Me quedé un momento parada en la acera, intentando sujetar mis nervios y me aproximé despacio a la entrada del parque. Busqué la glorieta donde debía encontrarme con… no sabía con quien… pero no importaba. El calor algo aplacado por el caer de la tarde invitaba a salir, y los caminos estaban repletos de gente, niños jugando, parejas que paseaban de la mano… yo iba así también, de Su mano, y aunque sabía que mi cara lo decía todo, que mis labios rojos y la ropa incitante me distinguían entre el gentío, caminé tranquila y sonriente.
Sonó el móvil de nuevo. No conocía el número. Contesté, y una voz masculina me saludó. En ese momento nos vimos. El hombre se acercó a mí con aire algo tímido y nos saludamos. Caminamos un rato mirándonos furtivamente y en silencio, alejándonos un poco del paseo central del parque. Aparentemente él me guiaba, pero mi mano seguía aferrada a la de mi Dueño. Escogió un camino estrecho entre los árboles y nos sentamos en la hierba. Volvió a sonar mi teléfono "¿qué tal todo, ya estáis juntos?". Asentí. "Pasale el teléfono". Mientras hablaban, mis nervios iban en aumento, y también mi excitación. Era esa mezcla de miedo y deseo que siempre me enciende.
Me devolvió el móvil, pude notar con claridad los ojos llenos de deseo que me miraban. "Sube tu falda, abre bien las piernas" al hacerlo, sentí aún más la humedad de mi coño, expuesto a cualquier mirada. "Ahora tus tetas, muéstraselas" bajé el corpiño y mis pezones duros y erectos quedaron al aire. La situación me excitaba y me turbaba al tiempo sentir aquellos ojos encendidos sobre mi cuerpo, y saberme tan expuesta entre la gente que de tanto en tanto pasaba mirando sorprendida. La expresión del hombre se había transformado, y su aspecto antes tímido ahora denotaba claramente el deseo. Me gustaba saber que le estaba calentando. "¿Cómo estás?" -bien, caliente- Sentí el calor en la voz de mi Dueño, que me llevaba, y noté en ese momento cómo un hilo de humedad resbalaba desde mi coño hacia la yerba fresca. "Muy bien, mi perra. Ahora pásamelo y déjate hacer"…
Volví a pasarle el teléfono. De nuevo la mezcla de intranquilidad y deseo mientras conversaban. Aquel tipo decía que yo le gustaba, y comenzó a decir lo que le gustaban mi coño y mis tetas duras. Me gustaba ver cómo se iba encendiendo conforme pasaba sus ojos por mi cuerpo, y abrí aún más mis piernas para que me viera mejor, calentándole más. Me pasó el teléfono de nuevo y entonces fueron sus manos las que pasaron a mi cuerpo, no sólo aquellos ojos encendidos.
Me tocaba bruscamente, manoseando mi coño que empapó sus dedos al instante. Apretaba, abría, subía y bajaba su mano sobre el clítoris, en ocasiones me hacía daño, pero ver lo caliente que estaba me excitaba, y la voz tan conocida encendía aún más mi piel y me abría aún más ante aquel desconocido. Los dedos entraron en mí hurgando en mis agujeros calientes, apretando, arañando casi. Por un momento pude verme expuesta y siendo así usada y la voz me hizo ser consciente de lo que era… Su puta y perra expuesta… y sonreí, orgullosa.
Volví a pasarle el teléfono como se me indicó. El coño me escocía y las yerbas entre los labios hacían que aún fuera más consciente de mi cuerpo. Volvieron a hablar y me pidió la cámara de fotos. La saqué de mi bolso, la encendí y se la ofrecí a aquel tipo. Su voz al pedirme la cámara había sonado más grave y ronca que cuando nos habíamos saludado. El flash volvió a turbarme. Un tipo que paseaba con su perro nos miró con ojos sorprendidos. Supuse que la imagen de una mujer abierta de piernas y con los senos y el sexo al aire siendo fotografiada por otro allí, en un parque de la ciudad debía resultar insólita, pero no me importó. Sonreí por dentro. El tipo me indicó como colocarme y siguió haciendo fotografías, de mi culo, de mi coño, de mis tetas… Cuando terminó volvió a hablar con Él de nuevo. Escuché como se despedían y me alargó el teléfono.
"¿Cómo estás?" –Bien, mi Dueño- "¡Te has portado muy bien. Vuelve ahora!"
Recompuse mi ropa como pude, me saqué las yerbas y los restos de arena de la falda y las piernas. El hombre me devolvió la cámara y desandamos el camino hacia el paseo central y hacia la salida del parque. Había vuelto a su actitud tímida inicial. Se ofreció a acompañarme pero denegué su ofrecimiento. Caminamos juntos hasta la entrada casi en silencio y allí nos despedimos. En el taxi de vuelta recibí otra llamada. "¿Ya estás sola?" -asentí- "has estado estupenda, mi perra amada". Me estremecí entera de nuevo -¡Gracias!- La voz me temblaba, mezcla de excitación, emoción, y tantas cosas…
Al abrir la puerta me encontré con Su mirada satisfecha y con aquella sonrisa queridísima. Nos besamos largamente. Cogió mi mano y me guió por el pasillo. Desnudó mi cuerpo como acababa de hacer una vez más con mi alma, y me abrazó… apretando como sólo Él sabía… como sólo Él podía…
nadine de Donatio

Exhibición




Me gusta exhibir a mi perra. Es una práctica en la que hemos avanzado con el tiempo, como en tantas cosas. Estas fotos tienen varios años. En esa ocasión envié a nadine a una cita a ciegas con un hombre que obtenía su placer mirando. Una vez se encontraron, él la llevó hasta un parque, la hizo exhibirse y disfrutó de ella en la forma que él quiso, luego la fotografió para mí.

martes 24 de marzo de 2009

Nuestra primera vez, Septiembre 2001

... No puede decirse que hicimos el amor. No estábamos enamorados. No fueron tus besos producto de una pasión alimentada por nobles sentimientos sino, más bien, boqueadas de una vida que se te iba en cada abrazo; la entrega voluntaria y decidida de un pasado que, entre mis brazos, moría en ese instante.

Tampoco puede decirse que folláramos. A pesar de la furia con que te tomé, y la fuerza de tu entrega, fue algo más que un intercambio de gemidos, de gritos, fluidos y placeres. Ni siquiera las lágrimas que mojaron tus mejillas, ni los violetas que adornaron tu piel podrían dar fe de ese encuentro.

Fue... una creación. Ese día fuimos crisol donde fundimos miserias, fracasos, deseos contenidos, esperanzas, dolor, risa y llanto... El alma nos salía de cada poro de la piel, sentí que te absorbía y que tú, al mismo tiempo, te llenabas de mi ser.

Ya no te perteneces, porque estoy en ti. Prestarás tu cuerpo, otras manos tocarán tu piel, otra boca te cubrirá de besos, otros deseos se saciarán en ti... pero, no volverás a entregarte. Ni el tiempo, ni el espacio borrarán la huella que puse en tu alma y aún, en la reinvención del mundo, sentirás que eres mía

Donatio

lunes 23 de marzo de 2009

Sobre el collar

Llevamos ocho años juntos, nadine y yo, pero nos conocemos de más tiempo. Nuestro encuentro fue en un chat, ella sumisa, yo dominante… ¿desde cuándo?, ambos coincidimos en que sentimos así desde siempre.

Nuestra primera cita confirmó lo que ya habíamos comenzado a sentir, y abrió las puertas a un largo camino que, juntos, hemos recorrido. Un camino sin final porque nunca, en esta vida, terminaremos por descubrir la infinidad de matices que encierran nuestras almas. Pero de eso hablaré en otro momento.

Hoy quiero hablar del collar. He dicho que nos conocimos en un chat, y en ese y otros espacios de la red hemos pasado tiempo, hablando, compartiendo…; entre nosotros y con otras personas afines. En varias ocasiones nos han preguntado o han hecho referencia a que nadine no lleva collar ciber. Es cierto, no lo lleva… visible.

Respeto los símbolos, los gustos de otros. Pero hay que admitir que no es todo lo que se refleja en un manual, o unas convenciones; hay más, mucho más. Hace tiempo que puse mi collar a nadine, ella lo lleva en su alma. No necesito que aparezca en una sala de chat con una inicial entre corchetes, para sentirla mía, ni ella siente que me pertenece menos por aparecer sin el collar. Juntos hemos madurado, hemos crecido en nuestros roles, pero también, y es lo más importante, como personas. Ambos nos hemos dado la confianza necesaria para recorrer este largo, pero aún corto, camino. Ella siente el collar que rodea su alma y la une a mí, y yo siento como camina a mi lado, segura y confiada.

domingo 22 de marzo de 2009

Nocturno


Era una noche espléndida, no muy calurosa, y con una luna mágica que lo bañaba todo. Acababa de recoger las cosas de la cena, era el final de un día ajetreado y, aunque estaba cansada, no tenía demasiado sueño aún. Veía la luz a través de las ventanas, esa luz blanca despertando sombras extrañas, y sintió la necesidad de salir fuera y dar un paseo, de sentir el aire sobre su piel y de bañarse en el silencio plateado de la noche.
Vivía en un pequeño pueblo a las afueras, en una urbanización alejada de cualquier núcleo urbano grande. Disfrutaba de aquél lugar, libre de los ruidos de la urbe, limpio, sosegado, no eran demasiadas las casas que allí se concentraban; el número justo para no vivir aislado, pero manteniendo la intimidad y la sensación justa de soledad.
Salió de casa encaminándose hacia un pequeño bosque de coníferas que había tras la urbanización. No era su primer paseo nocturno desde que vivía allí, otras noches salía, casi como si fuera una liturgia, algo que traía paz a su animo, y que la relajaba especialmente, sintiendo la brisa, el olor del campo, los sonidos de la tierra oscura, aunque esta noche había algo especial, no sabía qué, pero en cuanto se adentró entre los arboles se supo como acompañada. No tenía miedo, sólo sentía una presencia que la seguía, como si alguien espiara cada uno de sus movimientos.. No era desagradable, sonreía, y fantaseaba.
Iba vestida con una camiseta larga, escotada, como un minivestido, sin ropa interior. Era el final del verano y aún no hacía falta abrigarse especialmente, y le gustaba sentir su cuerpo libre bajo la tela. Caminaba despacio, respirando profundamente, llenándose del aire de la pinada, y sintiendo la compañía desconocida. Pensaba quién sería, iba recordando las personas que vivían cerca de ella, casi todas familias más o menos jóvenes, resultaría extraño verlos por aquí a estas horas.. Ella era la rara del pueblo, la que vivía a contrapelo.. Ella… y ahora que pensaba, había alguien más. Un hombre, algo mayor que ella, bien parecido, pero un poco misterioso. Estaría bueno que fuera él, tan atractivo, vivía en el chalet a continuación del suyo, aunque, ahora que recordaba, llevaba días sin ver su coche, debía de estar fuera. Lástima.. No hubiera estado mal un encuentro nocturno con él.
Poco a poco se adentraba en el bosquecillo, en momentos la luz no llegaba a iluminarle la senda, pero no hacía falta. Sentía que sabía dónde iba, como si la dichosa presencia la guiara a ciegas. Con el recuerdo de su vecino se había estimulado ligeramente, recordando su cuerpo fuerte, alto, sus ojos marrones que miraban como si vieran más allá, sus manos de dedos finos y largos, y su boca.. La boca más hermosa que había visto nunca, con unos dientes blancos perfectos, con una sonrisa cautivadora. Sentía que el recuerdo la llenaba, sonreía y disfrutaba de la reacción de su cuerpo, se llevó una mano hacia uno de sus pechos, y comprobó que sus pezones se marcaban a través de la tela, erectos, su piel se estremeció entera. Sabía que estaba excitada, sola y excitada por el recuerdo, nadie disfrutaría de ella.. O sí… esa presencia……..
Al fondo se veía un pequeño claro, la luz era especial, más plateada, bañándolo todo, y hacia ella fue, como embrujada. Ya no era capaz de pensar, sólo de sentir su cuerpo caliente y la necesidad de ir hacia la luz, como si la empujaran. Cuando se encontró en medio del claro se detuvo, aspiro profundamente, sonrió amplio, se sentó en el suelo y levantó su mirada arriba. ¡Que noche perfecta!. La luna estaba justo sobre ella iluminándolo todo, tan resplandeciente que ahogaba las estrellas. No podía dejar de mirar hacia arriba.
No supo qué pasó. Sintió un empujón que la dejó boca abajo, un peso sobre su espalda inmovilizándola, una sombra sobre ella, fuerte y poderosa. Sintió miedo, quiso gritar, moverse.. Pero le fue imposible. La zarandeaban, la forzaban a mantener una postura, se sintió atada, inmovilizada, ¿qué era aquello? Por un momento todo cesó, y no sabía cómo ni por qué, pero no podía articular palabra, tembló horrorizada, presa del pánico de saberse inmóvil e indefensa, y de saberse acompañada.
Algo tocó su espalda, algo rozó sus glúteos, algo levantó la tela. Estaba inmóvil, muerta de miedo, y en silencio. Ese silencio inexplicable, ¿por qué no gritaba?. Estaba expuesta, indefensa, llena de miedo, y sin embargo esperaba, sin saber bien qué. El tacto cambió, ahora eran unas manos, estaba segura, manos que recorrían su cuerpo, que tocaban sus glúteos, sus piernas, su espalda. Manos ansiosas, que sabían lo que hacían, poderosas, tocándola como a una posesión, sin dudas. Manos que calentaban su cuerpo a pesar de todo, no pensaba, solo sentía el tacto que se fue transformando en caricia, caricia que no deseaba que acabara, que la humedecía y hacía que su cuerpo se agitara en busca del contacto.
No quería dejar de sentir aquello, esas manos calientes y dulces, fuertes y posesivas que hurgaban por todos sitios, que se metieron en todos sus agujeros, dilatándolos y dándole el placer más intenso que nunca había sentido. Manos que abrieron sus nalgas para facilitar la entrada. Estaba siendo ensartada fuertemente, se sintió llena, percibiendo cada empellón, escuchando la respiración acelerada y gozando a pesar del dolor. Ella misma facilitaba el vaivén, a pesar de sus miembros atrapados, deseaba ser penetrada hasta el fondo, sentir su ano doliente y lleno, tomada, entregarse. Cada vez más rápido, cada vez más hondo, más intenso. Cuando llegaba al orgasmo sintió un dolor intenso en uno de sus hombros, no podía resistir más. Su cuerpo temblaba convulsamente entre el dolor y el placer, y la luz desapareció de repente.
No sabía el tiempo que estuvo allí, cuando fue capaz de rehacerse la luz aún era plateada, miró hacia arriba y la luna ya no estaba justo sobre ella, se sintió estupefacta, podía moverse libremente, nada la retenía al suelo.. Estaba sola. ¿Qué había pasado?. Tocó su cuerpo, sus pechos aún erectos, su sexo empapado, su ano palpitando aún, mojado. Pero estaba sola, ni una huella de otra presencia, ni un rastro… nada.Se levantó despacio y volvió a su casa, aturdida. ¿Violada?.. Era imposible, no había nadie, ni una sola huella. La tomarían por loca. Una ilusión nacida del calor, de la mente exaltada, y del recuerdo de la boca de su vecino.. ¡Si él supiera!. Era muy tarde ya, decidió acostarse. Subió la escalera despacio, con una sonrisa leve en sus labios, relajada, pensando qué cosas puede llegar a idear la mente humana. Se acercó a la ventana para aspirar una vez más el aire nocturno, se quitó la camiseta y fue hacia la cama. Al pasar cerca del espejo miró su cuerpo, no era perfecto pero la gustaba, tenía un buen culo, se giró para mirarse y vio algo nuevo en su carne, en su hombro, varias marcas, rojas, pequeñas, formando un ovalo en su carne blanca… un mordisco dado con unos dientes perfectos…...

Bienvenidos

Llevaba caminando tiempo. Tanto, que mis pies ya casi no sentían el suelo, adormecidos, insensibles. Mis ojos estaban velados, mi piel ya no percibía nada. Todo era plano, caminaba adormecida por un mundo frío, con una luz gris que lo bañaba todo, igualándolo, mate, sin calor, sin brillo... Nada.
Hasta que un día, me detuve y miré dentro de mí. Alguien me tendió una mano, encendió una luz, y dio calor a mi cuerpo y a mi alma. El caminar se transformó en un devenir de sensaciones; calor, dolor, humedad, alegría, llanto, dulzura. De no sentir, pasé a tocar el cielo, pasé a hundirme en el barro, pasé a Vivir, como nunca.
Conforme hemos ido avanzando juntos, nos hemos ido fundiendo, formando un todo a pesar de la dualidad. Dos que dan, dos que reciben... las dos caras de la misma moneda.
Caminar a su lado me ha hecho crecer, afianzarme, aprender muchas cosas y vivir con intensidad y ganas renovadas. Es mi Dueño, sí, pero es más cosas. Quizá ahí está el secreto, o, simplemente, esa es la magia. Encontrar a esa persona en quien te reconoces, ante quien eres tú, con tus miserias y tus bondades, con quien compartes todo, hasta lo más oscuro, y con quien te sientes segura y en paz.
Son años ya de caminar de la mano. No es un camino fácil, quizá sea incomprensible para muchos, pero es el nuestro, y ahí estamos, compartiendo momentos blancos y negros, sonrisas, lágrimas, dolor, esperanza, pero siempre unidos. Compartiendo el Alma...
Desde aquí nos gustaría poder compartirla también con todos vosotros, los que nos visitéis. Y esperamos que participéis en nuestro sitio.
Muchas gracias a todos, y bienvenidos.
nadine de Donatio
 
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