Beatriz detuvo el coche cerca de la casa, apenas le dio tiempo a cerrar la puerta cuando advirtió la presencia de Cosme que se acercaba a ella sonriente.
-Buenos días, señora, bienvenida de nuevo...
-Hola, Cosme-, respondió la mujer mientras sujetaba la falda de su vestido, que el viento levantaba por encima de sus muslos.
-Tengo instrucciones para usted, señora -dijo el hombre-, el señor me ha indicado que pase usted a la casa, y que permanezca en ella hasta nuevas instrucciones.
La mujer le miró. El mozo había hablado en un tono cortés, sereno, aunque ella había sentido un estremecimiento en su cuerpo, adivinando la voz de Jaime tras las palabras del criado.
-Está bien, Cosme, ¿podría llevarme el equipaje hasta la casa?
-Por supuesto, señora, lo que usted necesite.
Cosme era un hombre de unos 50 años, su familia había trabajado desde tiempo para la familia de Jaime. Era alto, de piel oscura, pelo canoso y abundante... y una sonrisa luminosa de perfecta dentadura. En ocasiones, Beatriz se había fijado en sus manos grandes, de dedos largos. Alguna vez que la había ayudado a subir o bajar del caballo había apreciado el áspero roce de sus manos, encallecidas por el trabajo en las cuadras. Sin embargo, Cosme era algo más que un mozo de cuadra, era el amigo más íntimo de Jaime. Alguna noche se había desvelado y, ante la ausencia de Jaime en su cama, había sentido curiosidad. Entonces, saliendo de la habitación, les había oído a los dos, sus risas, sus palabras en tono confidente. Pasaban noches enteras conversando y bebiendo bourbon frente a la chimenea del salón. Pero Jaime nunca le había hablado sobre Cosme, y ella no se había atrevido a preguntar, aunque la curiosidad por saber la corroía por dentro.
Había deshecho sus maletas, guardado sus cosas en el armario y cajones de la cómoda, y había cambiado su vestido y zapatos de tacón por una blusa, unos tejanos ajustados y unas zapatillas. Tras la ventana de su habitación veía las ramas de los árboles agitarse por la fuerza del viento. El otoño había comenzado a pintar de tonos ocres, amarillos y rojizos lo que antes había sido una gama de verdes luminosos. Miró su reloj… era mediodía y tenía hambre.
-¿Vendrá pronto?-, pensó para sí.
Decidió bajar a la cocina a buscar algo de comer. No entendía por qué había tan poco personal de servicio en la casa; no estaba la cocinera y sólo había visto a su llegada a la casa a María, una chica joven de raza gitana, que Jaime había contratado un año antes. Era tosca en sus movimientos cuando llegó, no sabía nada sobre servir una mesa y, mucho menos, cómo atender a unos invitados; pero en el último año, esa piedra en bruto había sido transformada en un diamante puro. A su belleza natural de pelo negro y ojos oscuros, María había añadido el trato delicado. Aprendió formas educadas y discretas, tanto que, de no atraer la mirada de los demás por su hermosura, pasaría totalmente desapercibida aún estando presente.
Abrió el frigorífico y vio que estaba bien atendido. Se preparó una ensalada, tomó algo de jamón y queso y bebió una taza de café. Estuvo a punto de salir cuando recordó las palabras de Cosme; “el señor quiere que le espere dentro de la casa”. Volvió a mirar su reloj, instintivamente. También miró el reloj de la cocina, apenas un minuto adelantado al suyo.
-¿Cuándo vendrá?-, volvió a preguntarse.
Caminó por la casa revisando cada rincón, cada mueble... El lugar había sido una granja que el padre de Jaime reformó, convirtiéndola en una hermosa casa de campo, donde la madera llenaba un espacio importante creando un clima cálido, acogedor. Los pasos de Beatriz terminaron en la biblioteca, que era su estancia preferida en esa casa. Muy amplia, con dos grandes muebles con estantes que hacían ángulo recto en dos de las paredes. La pared exterior estaba ocupada por un gran ventanal que daba al jardín posterior de la casa, y la pared donde se situaba la puerta de acceso estaba completamente llena de cuadros, algunos de ellos retratos de antepasados de Jaime. Entre esos cuadros había uno de dimensiones reducidas; casi pasaba desapercibido entre los demás. El lienzo estaba enmarcado con una moldura ancha laminada en oro envejecido y, cosa incompresible, estaba colocado a una altura que, dado el tamaño del lienzo, hacía difícil poder descubrir sus detalles.
Beatriz se había sentido atraída por ese cuadro y, un día en que se encontraba sola en la casa, había colocado una de las sillas de asiento de cuero cerca de la pared y, subida sobre la silla, descolgó el cuadro y se acercó con él a la ventana. Quedó fascinada por el preciosismo de la lámina, por la recreación de detalles en un espacio tan pequeño, por la delicadeza de las tonalidades y..., sobre todo, por el tema escogido por su autor. Recreaba una escena en un lugar campestre, quizá una granja. El centro lo ocupaba la figura de una mujer desnuda, rodeada por grotescas figuras de hombres, alguno de ellos uniformados, con apariencia de militares. Los demás parecían simples labriegos. El conjunto de la escena recogía la brutal violación de esa mujer por los hombres que la retenían.
Después de contemplar detenidamente el cuadro se sentía agitada, acalorada incluso, y... nerviosa. Era duro, ¡pero a la vez tan hermoso! Pensó que el autor quizá había querido transgredir el amable estilo romántico que ocupó parte de la obra pictórica de mediados del siglo XIX. Esbozando una sonrisa volvió a colocar el cuadro en su lugar. En principio pensó en comentárselo a Jaime, pero luego se dijo que quizá esa experiencia debía guardarla para ella sola. Ahora recordaba aquel momento, una de sus primeras visitas a la casa varios años atrás.
Siguió recorriendo la estancia despacio. Se detuvo cerca de los estantes repletos de libros, fijando su mirada en la gran mesa de roble que ocupaba el centro de la habitación, recordando de repente la primera noche…
Fue un viernes. Durante meses, Jaime le había hablado de su casa de campo, de su infancia entre caballos y animales de granja, de cómo Cosme, mucho mayor que él, le había enseñado secretos de las aves que anidaban en el cercano bosquecillo, de cómo una vez Cosme y él habían ido a buscar ranas al riachuelo que bordeaba la alameda. Habían cogido una bien grande y Cosme la había atado por sus extremidades, tensándola y atándola en cruz a unas estaquitas clavadas en la tierra. Luego, encendiendo un cigarrillo, se lo habían pasado uno al otro y, de tanto en tanto, Cosme había acercado el extremo incandescente a la piel brillante de la rana. Al relatarlo, Jaime se reía, como quien cuenta una gracieta juvenil, ante la cara extrañada que mostraba Beatriz al escucharle.
Aquel fin de semana habían quedado con unos amigos para pasarlo en la casa, pero Jaime quiso estar un día antes a solas con ella, para enseñarle todo por primera vez. La cena había sido deliciosa, habían tomado una botella de chianty, habían hablado, reído, se habían mirado de esa forma tan especial.
-Tomemos una copa en la biblioteca-, había dicho Jaime. Era final de mayo, hacía una temperatura ideal…
-Espera que me adelante-, dijo Jaime. Y pasando delante de ella, encendió las velas de unos candelabros.
La brisa que entraba por una de las hojas entreabiertas del gran ventanal movía las llamas de las velas suavemente, y la luz de la luna terminaba por dar a la estancia un ambiente entre mágico y excitante. Jaime sirvió dos copas y acercó una a Beatriz, que la tomó en su mano sin apartar la mirada de los ojos del hombre, que parecían aún más brillantes en la semioscuridad, como los de un felino. Ambos sonreían. Tomaron un sorbo de licor y depositaron sus copas sobre la mesa.
Jaime la alcanzó por los hombros y la acercó a su cuerpo... ella tembló al sentir las puntas de los masculinos dedos rozándola. Él buscó su boca, y la besó. Beatriz, entreabriendo sus labios se dejó invadir por ese aliento que la subyugaba, aromatizado ahora por el bourbon. Jaime la estrechó por la cintura y la apretó contra sí. Ella le devolvió el abrazo.
No supo cuanto tiempo estuvieron así. Sólo se dio cuenta que él estaba tras de ella, que apartaba su pelo susurrándole al oído palabras hasta ahora inéditas. Sintió como su mirada se oscurecía cuando él le colocó aquel pañuelo sobre sus ojos. Apenas reaccionó cuando él, anudando la seda en su nuca, apretó...
Fue en ese momento cuando todo su cuerpo tembló. Sintió que sus piernas se aflojaban, que su cuerpo se abría, que una oleada de calor la recorría desde su centro en todas direcciones… y, de nuevo aquellas palabras, casi susurros, que Jaime le decía al oído. Palabras que hablaban de entrega, de voluntad, de sumisión…
Luego, sintió las manos de su amado en sus hombros. Los dedos de él, que desplazaban suavemente los finos tirantes de su vestido… y sus labios, carnosos y cálidos, que abrasaban su piel recorriendo el hombro hasta la base del cuello. Temblaba toda. Deseaba adelantar sus manos y tocarle, pero algo le decía que debía permanecer quieta. Sintió como el vestido se le deslizaba y dejaba al descubierto uno de sus pechos. Sintió de inmediato la reacción de su pezón cuando lo acarició la fresca brisa que entraba desde el exterior. Después... un instante que pudo durar un segundo, o toda una noche. La espera se hizo tensa. Su cuerpo expectante permanecía inmóvil. Sólo podía oírse ella misma respirando agitadamente, sintiendo que una corriente húmeda empapaba el interior de sus muslos.
De pronto, advirtió en su pecho una sensación punzante, fría... y húmeda. Sus sentidos se pusieron alerta, adivinó entonces que él estaba acariciando su pecho con un trozo de hielo, que desplazaba en zigzag en dirección a su pezón ya endurecido. Lo sintió frío en su areola, notó la caricia en la punta del pezón y se estremeció por completo, notando todo su cuerpo erizado. Luego, el hombre le desnudó el otro pecho y jugó también con el hielo. Cada vez sentía más calor, a pesar de la caricia fría.
Y la boca... que se cerraba sobre su pezón endurecido, cambiando la sensación fría por el aliento cálido. Y la lengua que se enroscaba sobre él, lamiéndolo con ansia. Y los dientes, que se cerraban mordiéndolo y haciéndola gemir con más intensidad. Sintió como las manos levantaban la falda del vestido. Notó los dedos apartando la braga. Fue consciente de cómo perdía el equilibrio y se precipitaba al vacío, hasta que su espalda topó con la mesa. Sintió las manos fuertes de él elevándola, tomada por sus nalgas. Sintió como separaba sus piernas, cómo su falda levantada casi cubría su cara. Notó los dedos, arañando en sus entrañas…y sintió la fuerza de su verga abriéndose paso entre los labios de su sexo, empapados por el deseo.
Con los ojos vendados se habían agudizado más sus otros sentidos, y pudo oler su aroma mezclado con su deseo. Del exterior llegó el aroma de las rosas y el jazmín. Se escuchó a sí misma, jadeante, y le escuchó a él sin entender aquellas palabras que profería en un ronco acento, hasta ahora desconocido para ella. Y sintió cómo él la apretaba con sus manos, y cómo la embestía con su sexo como hasta ahora nunca había sentido… no supo si fue ella, o fue él, o fueron ambos a la vez... sólo supo que estaba inundada, y al tiempo le había inundado a él.
Cuando Jaime le quitó el pañuelo de los ojos fue como si regresase de otra dimensión. Tomó conciencia del lugar, se advirtió desarreglada, sintió una extraña sensación de suciedad. Quiso decir, pero él cubrió su boca con la suya,
la tomó en sus brazos y la subió hasta el dormitorio. La desnudó por completo, preparó el baño y ahí pasaron parte de la noche, abrazados, hasta que el frío del agua hizo incómoda su estancia. Entonces siguieron abrazados en la cama, hasta bien entrada la mañana del sábado.
Despertó de ese recuerdo como despertó aquella mañana, plena de una agradable y extraña sensación. Advirtió que la tarde había caído. Las sombras inundaban la biblioteca, y sintió frío. Alcanzó la puerta y salió de la habitación. En el resto de la casa, alguien había encendido las luces. Llamó a María, pensando que habría sido ella. La buscó por el salón, llegó hasta la cocina. Pero la muchacha no se encontraba allí. Subió las escaleras, volvió a llamarla…Tampoco respondió. Entró en su habitación y se puso una suave chaqueta de punto, miró el reloj y se sorprendió de lo tarde que era.
-¿Cuándo vendrá?-, se preguntó otra vez.
Le dio pereza bajar a buscar algo de comer, así que se dejó caer en la cama y encendió el televisor. Estuvo pasando canales de televisión sin detenerse en ninguno de ellos, al final apagó el aparato y la luz de la habitación, y se quedó sobre la cama, pensando...
Su recuerdo la llevó hasta aquel sábado, cuando la llegada de Juan y Margarita les sorprendió aún acostados. Eran una pareja amiga de Jaime, igual que Alfonso y Adela, éstos matrimonio de más edad que todos ellos, que llegaron más tarde, cuando ya estaban comiendo. Fue un día agradable, se sentía muy bien acogida por las amistades de Jaime y estaba feliz. El día había sido caluroso y apeteció estar en la piscina, donde pasaron casi todo el tiempo. Luego, al caer la tarde, montaron a caballo hasta el anochecer y cenaron en el porche...
Se esforzaba por recordar, pero era todo cuanto había en su mente, y no era por el tiempo que hubiese pasado. Tampoco fue capaz de recordar qué pasó después de la cena, ni siquiera cuando terminaron de cenar. Sólo que sintió pesadez en sus párpados, como una sensación de sopor, quizá provocada por el vino; y aquella especie de sueño extraño, un sueño del que sólo llegaban pequeños detalles a su mente… Unas manos que la desnudaban. Manos en sus hombros, en su espalda, en su pecho, su vientre, sus muslos... Y besos..., y risas..., miradas... No conseguía ordenar nada más. Se esforzaba, pero resultaba imposible. Sólo tenía clara la sensación de aquel despertar, el escozor, una suave molestia que sentía en su sexo y en su ano, y aquellas marcas rojizas que cruzaban sus pechos. Volvió a pensar en aquel viernes, la primera noche en la biblioteca, y sonrió.
El ladrido de un perro la despertó. Estaba helada. Se había quedado dormida sobre la cama, vestida. Se incorporó y fue al baño, tomó una ducha caliente y bajó a la cocina. Tomó café y se preparó unas tostadas. Seguía sin haber señal de la cocinera, ni de María. Decidió, harta ya, salir de la casa. Había dormido mal, Jaime no se había presentado, no había llamado... estaba cabreada, muy cabreada.
Abrió la puerta y la luz del sol le cegó los ojos.
-¡No salga, señora, por favor'!-, oyó gritar a Cosme.
Se paró en seco, sintió rabia, y las lágrimas rodaron por sus mejillas. Giró sobre sí misma, y cerró dando un portazo. –“Debería odiarte” –, dijo pensando en Jaime. Anduvo nerviosa por la casa. De una habitación a otra, inquieta, miraba por las ventanas. Quiso entretenerse leyendo pero no conseguía concentrarse, sólo pensaba en él… Y le deseaba.
Tampoco ese día apareció la cocinera. De nuevo buscó en el frigorífico y comió lo que pudo sin tener que cocinar. No se encontraba con fuerzas de nada. Estaba tomando un café y fumando un cigarrillo mientras miraba al exterior por la ventana, cuando la puerta se abrió de repente y un resorte la giró de inmediato...
La desilusión pintó su cara. Era Cosme que traía un paquete en sus manos, lo dejó sobre una mesita y dijo... –“el señor me ha dado esto para usted”-.
-¿Ha venido?-, preguntó Beatriz sin disimular su ansia.
Cosme salió sin decir nada, ella le siguió unos pasos hasta la puerta mientras le gritaba pidiéndole información sobre Jaime, impotente y desesperada ante el silencio del hombre.
Volvió sobre sus pasos hasta la mesita donde estaba el paquete. Sobre él había un sobre, lo tomó en sus manos, lo abrió y extrajo el pliego de papel ahuesado. “Mi querida Beatriz, ¿has de ser siempre tan impaciente? Dentro de esta caja hay un vestido, póntelo sin llevar nada más y ve, a las cinco en punto, hasta la puerta de las caballerizas. Te amo. Jaime”.
Nerviosa, arrancó la envoltura del paquete. Una gran sonrisa iluminaba ahora su cara. Abrió la caja y levantó el vestido... blanco, largo y de escote redondo, sin ningún adorno. –“¡Qué extraño modelo!”-, se dijo para sí. Subió corriendo las escaleras, se quitó la ropa que llevaba, miró el reloj: las 4,30. Fue hasta el baño, cepilló su pelo rubio. –“¡No estoy maquillada!”-, se dijo. Sonrió y pensó... –“No me ha dicho nada sobre el maquillaje!”-. Se puso el vestido, buscó unos zapatos..., se decidió por unas sandalias con poco tacón y bajó presurosa las escaleras. Llegó hasta la puerta y... se detuvo en seco.
Aún faltaban unos minutos para las cinco. Trató de calmar su agitación. Respiró profundo, exhalando su aliento con fuerza. Miró el reloj y se decidió a abrir la puerta, sonriente. Salió al porche y caminó despacio, conteniendo sus ansias.
Cruzó el espacio que separaba la casa de las caballerizas. No veía a nadie. Buscó el coche de Jaime con la mirada, no estaba a la vista. Se acercó al lugar. La fuerte luz exterior impedía distinguir en el interior del pabellón, iba a entrar, cuando salió Cosme... No dijo nada, sólo la miraba.
-¿Dónde está el señor?-, preguntó Beatriz.
Cosme no respondió, y avanzó hacia ella. A la mujer no le gustó aquella mirada y retrocedió unos pasos, se giró y se encontró el camino cortado por otros dos desconocidos.
-¿Qué pasa?-, preguntó volviéndose a Cosme, -¿qué es esto?-...
Detrás de Cosme, desde el interior de las caballerizas, aparecieron otros dos hombres, vestían unas camisetas negras, sin mangas, y unos pantalones de tipo camuflaje.
-¡Desnúdese, señora!-, dijo seriamente Cosme.
-¿Qué...?-, es lo que pudo decir la mujer, mientras los hombres la cercaban más.
-¡Desnúdese!-, repitió Cosme.
Beatriz se sintió aterrada y sintió cómo la rabia, la impotencia y las lágrimas se apoderaban de ella.
-¡Desnúdese!, no lo ponga difícil, señora-, sentenció Cosme.
Beatriz, sollozando, comenzó a quitarse el vestido, dejándolo caer a sus pies.
-Déme el vestido, señora-, dijo Cosme.
Ella dudó un momento, luego se agachó y levantó el vestido, extendió su brazo y se lo entregó a Cosme. Se sintió vergonzosamente expuesta. Uno de los hombres se le acercó por la espalda y la tomó por los brazos, sujetándoselos atrás. Ella reaccionó e intentó zafarse. Enseguida, los demás se abalanzaron sobre ella. Se sintió elevada y transportada hasta la entrada de las caballerizas.
La tumbaron de espaldas, sobre el suelo. Sintió como la sujetaban por piernas y brazos. Sintió una boca que violaba su boca. Quiso cerrarla y se sintió mordida en los labios. Manos como garras arañaron su sexo, dedos como zarpas la rompieron por dentro. Gritó cuando se sintió penetrada. Manos que apretaban sus pechos y retorcían sus pezones. Luego fue otro, y otro…No sabía en qué momento era quién, hasta que Cosme tomó su cara entre sus manos y le habló...
-Señora, ahora voy yo, ¡entérese bien...!
La penetró con fuerza una vez y otra, y otra... Pese al dolor, al cansancio, a las heridas..., no podía apartar sus ojos de la cara de aquel hombre. Luego la levantaron, la pusieron boca abajo sobre una bala de paja, la sujetaron por los brazos y, de nuevo, la voz de Cosme...
-¡Siéntame, señora...!-. La agarró por el pelo. Levantó su cabeza hacia atrás al tiempo que la penetraba por el ano. Beatriz sintió que se partía en dos. El dolor fue tan intenso que casi desfalleció.
-¡Dadle la vuelta!-, oyó decir de nuevo al empleado. Tumbada sobre la paja, su espalda arqueada..., se sintió penetrada de nuevo por Cosme, pero ya no podía más y se abandonó.
Ya no la sujetaban. Uno de los hombres intentaba meterle su miembro en la boca cuando al fin Cosme, lanzando un alarido bestial, se dejó ir dentro de ella, y al tiempo, los demás derramaron sus corrientes lechosas sobre su piel cubierta de sudor, tierra, paja...
Magullada, herida y ultrajada, no sabía que tiempo había durado todo aquello, sólo se sentía rota. Las lágrimas se habían secado en su cara y el semen, también seco, daba a su piel sensación de acartonada. Se incorporó como pudo y salió del cobertizo. Su mirada era turbia pero lo vio; vio su vestido dispuesto de una extraña forma, sobre una horquilla clavada en una bala de paja. Daba la impresión de ser una bandera derrotada.
Caminó hasta la casa. Subió las escaleras. Despacio. Sintiendo cada parte de su cuerpo mancillada y dolorida. Llenó la bañera de agua. Se sumergió en ella. Tiró del tapón, vaciándola. Sin salir, abrió la ducha y dejó que el agua fría hiriera su cuerpo. De repente se iluminó su mente... -¡el vestido! ¡El vestido en el cuadro!-. Salió presurosa de la ducha, se enrolló una toalla y bajó lo más rápido que pudo hasta la biblioteca. Abrió presurosa y buscó el cuadro en la pared... no estaba.
Entonces reparó en las luces encendidas y escuchó la voz de Jaime...
-Hace rato que te espero, amor mío-. Se giró y le vio sentado.
Al otro extremo de la sala, a sus pies, desnuda, arrodillada y sentada sobre sus talones estaba María. Jaime acariciaba su pelo negro. Beatriz le miró a la cara sin decir nada, y bajó su mirada de nuevo hasta la muchacha. Confirmó entonces lo que había creído ver: el vientre abultado de la joven María denunciaba su embarazo. Miró a la mesa de roble y vio sobre ella el cuadro y un gran libro.
-¡Acércate, amor mío!, le dijo Jaime.
Beatriz, temblando, se fue acercando despacio. Él levantó el cuadro, mostrándoselo. Ella buscó el detalle del vestido, colgado sobre una horquilla clavada en un montón de paja.
-¡Es mi bisabuela!-, dijo Jaime. Y abriendo el libro sacó de entre sus páginas un par de fotografías, una de ellas en blanco y negro, y las puso sobre la mesa de forma que Beatriz las pudiese ver. Ambas fotografías reflejaban la misma escena del cuadro.
-Ésta -dijo Jaime señalando la que parecía más antigua-, es mi abuela; y esta otra es mi madre.
Beatriz, asombrada, le miró a los ojos. Entonces él, sonriente, le dijo...
-Beatriz, amor mío, ¿quieres ser mi esposa?
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