jueves 30 de abril de 2009

Manuela

Manuela era hermosa, fresca, luminosa. Como una niña a veces, seria y responsable; otras como una madre o alguien que enseña y organiza. La verdad es que le tenía bobo, cada vez que le llamaba sentía una alegría que hacía que su corazón latiera rápido, y que estimulaba cada parte de su cuerpo. Había sido una suerte conocerla, no sólo por la compañía, por el cuidado, por el afecto. También porque había surgido entre ambos una relación especial, muy especial.

Habían sido tantas las cosas compartidas… Esos paseos nocturnos, los dos solos, en los que él la cuidaba, siguiendo sus pasos, mirando con deleite el caminar lento y acompasado, tan hermosa, tan segura de sí. Llevaban más de tres años juntos, durante ese tiempo habían ido conociéndose mutuamente, amoldándose uno al otro, aprendiéndose. Él se había puesto absolutamente en sus manos, confiado, sabiendo que ella, aunque dura y exigente a veces, siempre le daba lo mejor, siempre pensaba en él y le recompensaba con creces.

Recordaba ahora aquel día a partir del cual todo cambió. Habían sido amigos, compañeros, camaradas incluso, se cuidaban y se querían uno al otro compartiendo muchas cosas, pero, desde aquel día…

Estaban viendo la tele en casa, y él percibía su presencia de diferente forma, no era la de otras noches. Sus ojos parecían más grandes, miraban de otra forma, su boca entreabierta, húmeda, su cuerpo más cálido, como agitado, como deseando algo, inquieta, y aquel aroma, aquel olor de hembra deseosa… Él la miraba de tanto en tanto, rozaba sus manos con los ojos sonrientes. Entonces ella le acariciaba despacio, mirándole fijamente, provocando una vez más aquella reacción en él, que bajaba su mirada con el mayor de los respetos, deseoso no sabía bien de que. Ella, sonriendo dijo “hoy te voy a enseñar algo, y espero que aprendas rápido. Sé que lo harás, que eres listo” Y se levantó del sofá encaminándose hacia la cocina, riendo.

Pensó en seguirla, y se disponía a hacerlo cuando ella se giró de repente y cambió el tono. “¿Dónde vas?, ¿Te he dicho que vengas conmigo?. Tú, quieto ahí, sin moverte ni un milímetro”. La fuerza de aquella voz hizo que se detuviera y volviera a sentarse, mirándola ir, mientras él permanecía en el sitio inquieto, con el corazón acelerado, expectante. Sabía que algo iba a ocurrir; percibía su cuerpo de aquella forma tan nueva, tan cálida, tan excitante, tan…… Cesó de darle vueltas a la cabeza cuando la vio aparecer. No estaba seria, pero no sonreía; la boca entreabierta temblaba levemente, la mirada brillante, profunda. Su cuerpo moviéndose lentamente, sensual, incitando a no se sabe cuantas cosas. Se detuvo a su lado, cerca del sofá. Apagó el televisor con el mando a distancia, mientras le decía que la hiciera sitio, y en lo que él dejaba el asiento libre, acomodándose en el suelo a sus pies, ella fue colocando las cosas que trajo desde la cocina: un bol con frutas troceadas; fresas, melocotón, algunas cerezas deshuesadas, manzana; una servilleta, que usó de improvisado mantel para las viandas, un azucarero, y un pequeño tubo con leche condensada.

Se desvistió por completo ante los ojos atónitos. Aquello era nuevo para él, y estaba seguro de que iban a cruzar una puerta que les traería miles de cosas a ambos. Ya no apartaba los ojos de aquel cuerpo blanco, de aquellos senos firmes, duros, con los pezones oscuros y enhiestos, de aquel triángulo oscuro entre las piernas, brillante por la humedad y que exhalaba un olor dulce que lo llevaba hacia ella, que hacía que su cuerpo entero se estremeciera y la deseara, que hacía que su sexo se endureciera y creciera.

La vio sentarse, despacio, sintió sus manos acariciándole, enardeciendo aún más su deseo. Se acercó a ella, ansioso de más caricias, pero ella le detuvo. “Quieto, no te apresures, harás lo que yo te diga, estate atento”. Él una vez más se detuvo, aquella voz… deseaba acercarse, besarla, rozarse con ella, ¡lo deseaba tanto! Pero el respeto una vez más hizo que obedeciera, que esperara, que ella fuera quien le guiara de nuevo. Miraba sin perderse ni uno solo de sus movimientos; la vio abrir el bote de leche, y dejar que algunas gotas cayeran sobre las yemas de las manos ansiadas. Ella, entre golosa y seductora, se llevó los dedos a la boca, lamiendo despacio la crema blanquecina, mientras él sentía su propia boca queriendo paladear, abriéndose, queriendo gustar, y cómo su lengua se humedecía, glotona. Siguió el movimiento de las manos, bañadas de nuevo por aquel líquido dulce, y que se acercaron al fin a la boca hambrienta, penetrando en ella, dejando que la lengua recorriera cada pliegue, cada milímetro de piel, que se endulzara con aquel sabor, ansiando más y más.

“Hoy vas a aprender el deleite de perderse en el cuerpo del otro, de empaparse, de beber de una fuente de placer, y del orgullo de ser el instrumento para el placer del otro”, le decía con voz suave mientras iba sumergiendo en el azúcar algunos de los trozos de fruta del bol. Cogió uno, de fresa, y se lo acercó a la boca lamiéndolo despacio, glotona, sacando la lengua y jugueteando con el fruto. El movimiento hizo que él se acercara de nuevo a ella, buscando, y de nuevo la voz ordenándole no moverse. Y de nuevo él quieto, inquieto, sin poder aguantar mucho más, ansiando devorarlo todo, pero quieto, obediente. “Así me gusta, buen chico. Te voy a premiar por lo obediente que eres”.

Tomó otro de los pedazos de fruta azucarados y, poniéndolo en su mano abierta, se lo acercó a la boca. Él, se lanzó a comerlo, lamiendo la palma, buscando el rastro dulce, besando la piel mientras ella sonreía, satisfecha. Tomó otra porción, dejándola sobre el muslo, él sabía que debía esperar el gesto, y miraba de hito en hito la piel azucarada y el rostro admirado, esperando el gesto de aprobación. Cuando tuvo el permiso, cogió el premio y volvió a lamer hasta dejar la piel brillante. Ella sonreía, y su respiración se iba acelerando poco a poco. Roció de leche sus pezones y areolas, y se acomodó esperando. Él la miraba con ojos suplicantes, y a un gesto de la mujer se lanzó a beber de aquellos senos llenos y endurecidos. Mientras lamía, sintió las manos sobre su cabeza, aquellas manos que tanto placer le daban, y escuchaba aquella voz gimiendo entrecortada, alentándolo a seguir con el juego.

Ella se tumbó en el sofá, le miró un momento, “espera”, dijo. El quieto, fijándose en cada movimiento, deseando seguir, sintiendo las ansias crecer conforme la miraba rociar con la leche las frutas que quedaban en el bol, removiéndolas bien para que se impregnaran del líquido dulce. Luego la vio abriendo sus piernas, y coger uno a uno los frutos endulzados e introducirlos en su sexo húmedo, que exhalaba aquel aroma que llevaba toda la noche sacándole de sí, aquel aroma a hembra hambrienta. Él hubiera suplicado que le dejara, se hubiera abalanzado sobre el manjar que le estaban preparando, pero el gesto no aparecía, los ojos le ordenaban no moverse, y él, inquieto, sólo esperaba… esperaba… Y miraba como el bol se iba vaciando, y como las frutas iban desapareciendo entre los pliegues, y como el gel blanquecino lo llenaba todo, mezclándose con la humedad de la mujer. Cuando se sintió repleta, volvió a verter más leche sobre su sexo, masajeando el clítoris que estaba crecido y palpitante, apretándolo en la base, haciéndolo crecer aún más. Él, miraba la mano fijamente, notaba su lengua ansiosa, su boca salivando, y todo su cuerpo se estremecía, sabiendo por fin lo que la noche le tenía reservado.

Miraba la mano hurgando entre los pliegues, miraba el cuerpo agitado, respiraba el aroma dulce mezclado con los de los frutos, y no podía más, no podía más… Ella, leía en sus ojos el deseo, y, sin dejar de masturbarse frente a él, hundió la otra mano en su sexo, mojó los dedos con la mezcla de su propia humedad con el liquido lechoso, y acercó la mano a la boca babeante, dejando que disfrutara de su sabor. Él, sin poder más, se lanzó a lamer aquellos dedos y aquella mano que, poco a poco le guiaba hacia el deseado postre.

La lengua se paseaba por cada milímetro de piel, buscaba el sabor, el olor, apretaba, mordía, arañaba, ella se agitaba cada vez más, gemía cada vez más intensamente. La respiración cada vez más rápida, él buscaba cada vez más adentro, buscaba los pedazos de fruta con la lengua, más aprisa, más adentro, sintiendo cómo los músculos aprisionaban su lengua conforme se iba adentrando en ella, escuchando como los gemidos se transformaron en una especie de aullido animal, que le animó a seguir más hondo, mas aprisa, más fuerte. Con los espasmos, los últimos pedazos de fruta salieron y él, en su ansia por comer, mordía también los pliegues rosados, y el clítoris, llevándola a un vértigo eterno, doloroso y animal.

No era capaz de recordar cuanto tiempo había pasado desde aquella noche, sólo era consciente de los momentos sublimes que desde entonces habían compartido. Había aprendido a servirla tal y como ella deseaba, sintiéndose recompensado con sólo ver como el vértigo la transportaba, hasta no sabía bien donde. Con el tiempo él también gozó, y el verla beber de él fue una fuente más de placer. Seguían aprendiéndose ambos, despacio, sin prisas. Él era suyo… no pretendía más que hacerla sentirse orgullosa y feliz.

La noche ya bañaba las calles con su oscuridad, disfrutaba de esos momentos de tranquilidad después de la cena. Ella tomó el mando de la televisión apagándola, diciéndole “¿un paseito?”. Él, gozoso, se encaminó rápido hasta la puerta, y allí la esperó. La miró mientras se ponía una chaqueta. La miró mientras abría el cajón del aparador sacando la correa. Se sentó moviendo la cola, ladrando contento, esperando a que enganchara la correa al collar, y salió corriendo cuando vio la puerta abierta. Sintió el tirón de su cuello, y se detuvo obediente a sus pies, esperando a que ella cerrara la puerta con llave. Las manos acariciaron el abundante y brillante pelo “así me gusta, mi chico, que hagas caso de tu dueña”…

Fotografía: Joris Van Daele

Dolor y placer

Un poco de dentífrico sobre el clítoris y al instante quema, duele... Pero la perra nadine se moja, como queda patente en este video.

video

miércoles 29 de abril de 2009

Libre y esclava

Conversando hoy sobre papeles, folios y demás líos de oficina me ha venido a la cabeza un chascarrillo que hace unos cuantos años (ays, bastantes ya) se comentaba entre la comunidad bdsmera hispanohablante en Internet y era algo así como "¿Como hacer un bondage sin cuerdas?"
La cuestión, como casi todo en esta vida, consistía en tener voluntad. La voluntad de sujetar dos hojas de papel firmemente contra una pared, sin dejar que se muevan ni un milímetro de su posición inicial hasta que el Dom lo desee. La voluntad de superar el dolor, el entumecimiento de los brazos, las necesidad de moverse, las ganas de sentarse, o de cualquier otra cosa... la voluntad de estar ahí, atada "virtualmente" por tu Amo.

Luego he pensado en cuantas maneras hay de ejercer el dominio. No hablo de técnicas, que al fin y al cabo son casi siempre las mismas, sino de formas. La parafernalia llevada al extremo aplicando numerosas reglas y encorsetando esa voluntad del sum, o la "libertad" de las no-normas que fortalecen día a día esa voluntad de entrega por auto convencimiento, no por "seguir el guión". La atadura física o la atadura con ese par de folios...

Hay miles de formas, todas respetables desde luego, pero yo me siento afortunada; por ser libre, y por ser esclava, Su esclava.
Fotografía: Garth Knight

Inés, la subasta

Inés preparó el baño, le apetecía meterse un rato entre sales y espuma. Estaba contenta, había pasado todo el día pensando en la cena de esa noche, ¡hacía tanto que no veía a Jorge...!

Inés y Jorge mantenían una larga relación, habían vivido juntos durante un par de años, incluso estuvieron a punto de casarse, pero en el último momento se echaron atrás. Ella no quería dar el paso y Jorge, que la conocía bien, le facilitó las cosas. - ya lo intentaremos en otro momento-, dijo sonriendo.

Jorge era médico, e Inés ejercía su profesión de abogado en un despacho de cierto prestigio. Por las venas de Jorge corría el deseo de aventura y la solidaridad, Inés era una mujer calculadora. Se había planteado tener un sitio en su profesión antes de los 35; y a los 30 ya había avanzado mucho camino hacia su meta. Un día, Jorge había llegado a casa, tomó a Inés por los hombros y la empujó suavemente hacia una silla, se sentó frente a ella y le dijo sin más -me voy con los de Médicos sin Fronteras a Sudamérica-. Inés no dijo nada, permaneció callada durante un buen rato, mirándole a los ojos. Al cabo, respondió: -vale-, ambos se lanzaron a los brazos del otro, se abrazaron, lloraron. Después de aquel día solo se habían visto una vez, habían hablado por teléfono, se habían escrito; y esa noche, de nuevo, se volvían a encontrar.

Jorge había llamado, estaría todo el día en Madrid, pero por la tarde tomaría el tren y para la hora de cenar estarían juntos. La iba a llevar a ese restaurante que tanto les gustaba y luego...

Inés abrió los ojos, agudizó el oído..., el teléfono estaba sonando. Sintió ganas de dejar pasar la llamada, ya dejarían mensaje en el contestador. Pero... ¿y si era Jorge? Salió de la bañera y se puso el albornoz sin abrochar. Llegó hasta el teléfono, lo descolgó apresurada, sonreía.

-¡Perra!-

Inés se quedó inmóvil, pero respondió: -sí, mi dueño-. Al otro lado del teléfono, siguió la voz...

-Ponte la túnica blanca, a las 8,30 pasaré a recogerte, te espero dentro del coche, en la calle.

Las lágrimas corrían por las mejillas de Inés, que se esforzaba porque no se notase su estado y consiguió decir: -Sí, mi dueño-.

Colgó el teléfono y marcó un número. De inmediato la voz del buzón telefónico advirtió de que ese número se encontraba desconectado o fuera de cobertura, buscó un reloj y miró la hora: las siete y media. Volvió a marcar, y de nuevo el buzón de voz. Regresó al cuarto de baño, quitó el tapón de la bañera y dejó que el agua se vaciase. Entre tanto, hizo un nuevo intento de llamada, pero nada, el teléfono seguía desconectado o fuera de cobertura.

De nuevo en el baño, se metió bajo la ducha y dejó que el agua fría hiriese su piel, se secó, tomó un pequeño espejo y lo puso frente y debajo de su sexo, comprobó que no había rastro de vello. Secó la bañera, recogió las toallas mojadas y fue de nuevo al teléfono. Nada. Miró el reloj, las 19:55.

Se sentó junto al teléfono con la mirada puesta en la luz del atardecer que entraba por el ventanal de la terraza. Sin apartar la vista, tomó el teléfono y pulsó la tecla de rellamada: -¡Este número está desconectado o fuera de cobertura...!-. Se levantó y fue a su dormitorio, abrió la puerta del armario, apartó varias prendas y sacó una, la puso sobre su cama, luego fue hasta el mueble zapatero y extrajo unas sandalias de tacón y tiras plateadas. Sacó la prenda de la percha y se la puso, dejándola resbalar sobre su cuerpo. Era una especie de túnica que se estrechaba en el talle, de tirantes finos y muy escotada en el pecho y espalda; si uno de los tirantes se resbalaba, el pecho quedaba fácilmente descubierto. Levantó la falda y se calzó las sandalias, luego se sentó en el filo de la cama para ajustar las finas correas que las sujetaban a sus tobillos. Se puso de pie y se miró al espejo. Fue al baño y, frente al espejo, se dio unos toques de color en las mejillas, algo de sombra de ojos y pintó sus labios marcando bien el perfil. Salió del baño, buscó el reloj... las 20:20.

De nuevo pulsó rellamada en el teléfono, y de nuevo el buzón de voz. Entonces habló: -Jorge, no sé dónde estás y si estás bien, espero que sea falta de cobertura..., he intentado ponerme en contacto contigo porque no puedo verte esta noche. No pasa nada, solo que me ha surgido algo de última hora, estoy bien. Te quiero, ¡no puedes imaginar cómo te quiero...!, te lo explicaré en otro momento, ahora me tengo que ir...-

Inés colgó el teléfono y corrió hacia la puerta. Al dar los largos pasos, la abertura de la túnica dejaba al descubierto su pierna hasta la cadera. No miró si había alguien en el pasillo, corrió hacia el ascensor, pulsó el botón y miró, nerviosa, el indicador de piso..., al instante se abrió la puerta y pasó al interior, pulsando al mismo tiempo el botón de planta baja. Tal como había salido de su casa, salió del ascensor y corrió hasta la calle, reparó sin importarle demasiado en la mirada del conserje, y abrió la puerta de la calle sin detenerse, directa hacia el coche. En ese momento la puerta del vehículo se abrió y casi se tiró al interior.

Sentada en el asiendo delantero, junto a su adueño, respiró profundo, sin decir nada.

-Puntual, como siempre..., y obediente, como siempre...-. Dijo el hombre que, al tiempo que ponía en marcha el coche, pasó una mano sobre el muslo de Inés, separando las dos partes de la falda y dejando desnudas las dos piernas hasta el mismo sexo.

Circularon en silencio durante un rato hasta que salieron de la ciudad. Se hizo de noche y, por fin, el coche salió de la carretera y tomó una vía secundaria. Un poco más adelante, torció por un camino y, como un kilómetro más, se detuvo ante un caserón de apariencia desgastada. Bajaron del coche. No fue necesario que llamasen a la puerta cerrada porque, al llegar junto a ésta, un tipo joven vestido de negro salió a recibirles.

-Buenas noches, Señor-. Dijo el joven, mientras se apartaba dejándoles paso al interior.

Tras pasar un pequeño recibidor, desembocaron en una gran sala llena de gente. Hombres y mujeres de distintas edades, muchos de ellos desnudos o semidesnudos. Algunas mujeres lucían collares en sus cuellos. El hombre saludó a varias personas y continuó avanzando entre la gente, un par de pasos más adelantado que Inés que le seguía con la mirada baja pero sin apartarla de su dueño. Llegados al final de la estancia se toparon con una especie de entarimado, elevado como a un metro del suelo. En seguida se acercó un hombre mayor, de unos 60 años, acompañado de una mujer con apariencia de dominatrix, ambos se hicieron cargo de Inés y, al instante, la despojaron de la túnica dejándola completamente desnuda. La condujeron hasta arriba de la tarima y, entonces, el hombre mayor dio unos golpes, con una especie de bastón, sobre la madera, hasta que consiguió el silencio esperado. Todas las miradas, en ese momento, se dirigían hacia las tres figuras sobre el entarimado.

-¡Vamos a proceder -dijo el hombre-, a la subasta... Partimos de la cantidad... La perra será entregada al mejor postor!-.

Seguidamente comenzó la puja. Poco a poco, las cantidades iban subiendo. Por alguna parte alguien hacía una broma, y unas risotadas le respondían hasta que, pasado un rato, el subastador mantuvo una cantidad, que repitió hasta tres veces.

-¡Adjudicada por...!-

Bajaron a Inés de la tarima y se dirigieron hacia el hombre que había pujado más alto. Era un tipo de mediana edad, bien parecido, pero de mirada dura, fría. Entregó un sobre al subastador y, tomando a Inés del brazo, tiró de ella hasta que salieron de la estancia por una puerta distinta a la que habían entrado. Desembocaron en una habitación algo más pequeña y oscura, aunque bien iluminada. No hubo palabras. Dos hombres más jóvenes ayudaron a colocar a Inés en el centro de la habitación, la tumbaron en el suelo, pusieron correas de cuero en sus tobillos, engancharon las argollas de las correas a un gancho metálico y... las cadenas empezaron a tensarse tirando de los pies de Inés. Poco a poco su cuerpo se fue elevando, hasta quedar suspendida, cabeza abajo, a una altura suficiente para que sus manos, con los brazos extendidos, no rozasen el suelo. De inmediato, los dos hombres más jóvenes empezaron a manosear el cuerpo de Inés. La tocaban por todas partes, apretaban sus pechos, pellizcaban sus pezones, aplastaban sus nalgas, las palmeaban. Se las separaban con sus manos, y examinaban el agujero de su culo. Pellizcaban los labios de su coño, se lo abrían, lo penetraban con sus dedos o lo palmeaban. Luego, tomaron sendos gatos y comenzaron a azotarla, no hubo parte de su cuerpo que se librara de los azotes. Inés gemía, luego gritaba. Su piel se había tornado roja y en algunas zonas los verdugazos se iban inflamando. El hombre que la había comprado permanecía hasta ese momento mirando la escena. Luego, fue hacia la puerta y la abrió.

Al instante empezaron a entrar, hombres y mujeres, jóvenes y viejos… Se colocaron alrededor del cuerpo suspendido de Inés y comenzaron a tocarla, pellizcarla, palmearla. Algunos se masturbaban, otros se rozaban contra su cuerpo; otras la lamían, abrían sus nalgas y metían sus lenguas en su culo o su coño. La tomaron entre dos, y levantaron su cabeza de forma que algunos hombres se fueron turnando para follar su boca hasta correrse sobre ella. Varias mujeres habían encendido velas y derramaban cera derretida por todo el cuerpo de Inés.

Fuera, en la estancia más grande su amo hablaba con una morena elegantemente vestida de negro. Ésta se cogió de su brazo y ambos se dispusieron a salir a la calle. En la puerta, el hombre que había hecho la subasta les despidió...

-Buenas noches, Señor, por la mañana le será devuelta-.

El hombre y la morena subieron al coche y desaparecieron en la noche.

Donatio (2003)

martes 28 de abril de 2009

Nuevas fotos y video de Perro


Perro sigue haciendo méritos para que decidamos ponerle el culo rojo, y que le permita probar el néctar que mana del sexo de nadine. En las fotos se nos muestra con un tanga femenino, a petición nuestra. Y, obediente, se masturba para nosotros, como se puede ver en el video.

Creo que Perro debería estar más depilado, ¿no os parece?


video

Cedida (y III)


El Amo ordenó al perro lamer el culo de nadine, para prepararla para lo que vendría después.



...Pero antes, el Amo, quiso volver a sentir las caricias y el calor de la lengua y la boca de la perra. Y es que, como ya he comentado en otras ocasiones, nadine se emplea a fondo cuando lame una polla o un coño y, además, disfruta y se calienta como una perra haciéndolo.






Finalmente, el Amo folló por el culo a la perra que ya se encontraba muy caliente y empapada.


lunes 27 de abril de 2009

Exhibición de perra T por webcam


video

Cedida (II)

El Amo gustó de las tetas nadine, dedicando un buen rato a jugar con ellas.







Hacía tiempo que este Amo me venía manifestando que deseaba conocer a nadine y probar su boca, finalmente llegó ese momento.


Y la perra se lo traga todo...



domingo 26 de abril de 2009

Vertigo


Estoy frente a ti. Me miras y sé lo que debo hacer. Tus ojos sobre mi cuerpo son como tu voz, tus ojos que van llevando mi mano, poco a poco, despacio, sobre mi piel. Acaricio mi cuello según la cadencia de tu voz -¡Así, despacio, despacio!- Sé que mi coño se moja con cada roce. Tú también lo sabes, lo siento en tu voz caliente y en tus ojos profundos. Bajas mi mano hasta mis senos, que se endurecen bajo las yemas. Tomo el pecho y aprieto -¡Así, perra!- me caliento más y busco el pezón. Lo rodeo despacio. Mojo las puntas de mis dedos y vuelvo a tocarlos, los endurezco y hago que se erijan mostrándosete... son tuyos... -¡Aprieta!- Tomo el pezón entre índice y pulgar. Aprieto. Más. Más fuerte. Gimo y me empapo. Me gusta. Duele... Me mojo más. -¡Así puta, aprieta fuerte. Me calientas!- Mi dolor y tu calor me lanzan, me aprieto más, casi clavo las uñas, estiro, y siento la humedad resbalando. Y tus ojos... casi siento tu dureza, y ¡cómo me calienta!. La respiración se acelera y sigo apretando, sigue doliendo y sigue calentándome. -¡Toca tu coño!- Mi mano se empapa al momento. Me rozo y separo la mano, para mostrarte los dedos empapados de tí. Sonríes. -¡Mira que eres puta. Me gusta. Sigue tocándote, zorra!- Abro mi coño con la otra mano, y acaricio el clítoris en círculos, apretando, cada vez más aprisa. Siento como se endurece y crece cada vez más y más. Cierro los ojos y me dejo llevar por ti. -¡Así, sigue... sigue, mi perra!- Aumento el ritmo. Aprieto un poco más -¡Así, sigue. Sigue que te vas a correr. Vas a dármelo, ahora...!- Y mi mano apura el movimiento, y es como tu mano ahora, arriba y abajo el dedo sobre el clítoris, aprisa... más aprisa... y me rompo. Siento las sacudidas una tras otra y me corro para ti, por ti... ¡para ti!
Estoy mojada, por dentro y por fuera. No puedo verte ahora. Las lágrimas me ciegan, pero te veo igual. Sonrío. También tú sonríes, y acaricias mi cabeza... Gracias, mi Dueño!
Fotografía:blackvertising.de

sábado 25 de abril de 2009

Cedida (I)


Esta serie recoge la cesión de la esclava nadine a un Amo. En esta ocasión no estuve físicamente presente, aunque en momentos puntuales de la sesión hablé por teléfono con todos los participantes porque, hay que decir que, además del Amo y la perra, también participó un perro sumiso.

Al comienzo de la sesión, el Amo ordenó a la perra que se sentara de esta forma, luego la mandó tocarse y masturbarse.



Este es el momento en que entró en juego el perro sumiso, el Amo le ordenó que se acercase a cuatro patas a nadine, y que le comiera el coño.



El perro hizo un buen trabajo con su lengua y su boca.



La perra recibió placer antes de darlo ella.

Sin palabras


Entre aquellas dos columnas se había colocado la mujer, semidesnuda. Sus brazos se elevaban y, abiertos, apoyaba sus manos sobre la piedra. Correas invisibles la sostenían por las muñecas. Apoyada sobre sus pies desnudos mantenía las piernas separadas por la fuerza... de su voluntad.

Él, con girones del alma trenzó un azote que blandió ante unos ojos que iluminaban la estancia. Ante sí, un cuerpo ofrecido y un alma entregada. Sin apartar la mirada del rostro de la mujer, levantó el látigo y acarició sus pechos. Cada trallazo dejaba marcas invisibles y surcos en su alma. La fue rodeando... espalda, nalgas y muslos sintieron los azotes.

Ella no gritó. No suplicó. Sintió que sus piernas se aflojaban, que ya no la sostenían. Sus manos se crisparon y sus uñas arañaron la piedra, notó la tensión de aquellos lazos invisibles que apretaban sus muñecas, la sostenían y evitaban que cayese.

Bajó la mirada cuando se tuvo frente a ella. Él, con la punta de sus dedos la levantó por el mentón hasta que se cruzaron sus miradas. Brillantes hilos resbalaban por el rostro femenino... Se acercó a ella y besó su frente perlada de sudor, bajó hasta sus ojos y bebió sus lágrimas. La llevó entre sus brazos hasta el lecho y la cubrió con su cuerpo; entonces, ella, quiso decir... pero su voz fue acallada por unos labios que hablaban el mismo idioma.

Donatio (Septiembre 2001)

viernes 24 de abril de 2009

El culo de Perro



Perro nos ofrece su culo, quizás muy pronto lo veamos enrojecido por los azotes.

Gracias a nadine


Gracias.

Por hacerme descubrir que un beso, sólo es un beso cuando se bebe de tus labios.

Porque he sabido que el más elaborado de los discursos no es tan elocuente como el lenguaje de tus lágrimas.

Por hacerme sentir que el universo es la plaza de una aldea, ante la inmensidad de tu mirada.

Por hacerme temblar contigo.

Por tu risa.

Por tu piel.

Por tu alma, que ya no es sólo tuya.

Por recordarme que se puede seguir confiando en el ser humano.

Por demostrarme que existe el ser humano.

Por devolverme la vida.

Por hacerme sentir la necesidad de gritar, en este enloquecido mundo, que me siento feliz.

Porque siento que la vida sigue siendo bella.

Un beso, para ti... ¡pero qué beso! 

Donatio

Bolas

video

Este video es de ayer, recoge el momento en el que autoricé a nadine a extraerse la bolas que, durante ocho horas, había llevado en su coño.

jueves 23 de abril de 2009

Volviendo del trabajo


nadine, volviendo hoy del trabajo.

Nadie me dijo "no"


Tengo 38 años, una profesión que me aporta una suculenta entrada económica todos los años. Una hermosa mujer, que se gasta lo suyo y lo mío, con la que comparto ratos de sexo al más puro estilo purista.

Soy propietario de un maravilloso piso céntrico comunicado con mi estudio, lugar donde trabajo y vivo 14 de las 24 horas del día. Tengo un buen coche, alguna amante... Y, sobre todo, estoy acostumbrado a que nadie me diga “no”. Cualquiera diría que es suficiente para llenar una vida, sin embargo este vacío en mi alma me preocupa... Pero, de momento, no acudiré al sicólogo ni al confesionario.

Debo aclarar que de esas 14 horas que paso en mi estudio, no todas son de trabajo. ¡Sería tan... agotador! Hace tiempo encontré en Internet y, sobre todo, en los chats de ambiente D/s un lugar de diversión que me ha proporcionado momentos excitantes. Hubo ocasiones en las que me sentí como zorro en un gallinero, distrayendo a hermosas gallinitas desatendidas por unos gallos demasiado preocupados en competir unos con otros por lo afilado de sus espolones o la intensidad del rojo de sus crestas.

¡Qué divertido!, ese mundo virtual, donde puedes mover las almas como marionetas, unidas por invisibles hilos a una cruceta que manejas a tu antojo.

Pero esto es solo un preámbulo, porque lo que quiero contar es que en mis aventuras, en mis juegos D/s nadie me dijo “no”. Hasta que...

Era una tarde de julio, los termómetros marcaban por encima de los 40 grados, desde el ventanal de mi estudio podía ver las duras sombras de los viandantes sobre el adoquinado de la calle. Aún con el aire acondicionado podía sentir la sensación de calor abrasador que desprendía el suelo y que caía del cielo, atrapando a la gente en un horno sin paredes.

Esa tarde trabajé poco, en cambio estuve horas conectado a un chat. Poco a poco, el sol había ido cayendo y, como tantos días, contemplaba desde mi atalaya privilegiada el ocaso; ese momento en que los últimos rayos de sol tocan las espadañas de las numerosas iglesias esparcidas por toda la ciudad, dando la sensación de que todo el oro del mundo está al alcance de mis ojos. Fue, entonces, cuando llamaron a la puerta de mi estudio. Tardé unos segundos en reaccionar y miré el reloj, no esperaba a nadie a esa hora...

Al abrir la puerta encontré a Marta mirándome, sonriente, hermosa, guapísima... elegante.

—¿Me vas a dejar pasar?—. Preguntó.

—¡Claro, pasa... no te esperaba!

—Lo se —dijo poniendo malicia en su sonrisa—, además se que hoy estarás solo.

Me sorprendió que supiera eso, aunque no dije nada; seguramente se lo habría comentado anteriormente y no lo recordaba. Le dije que tenía hambre, y le pregunté si ella quería tomar alguna cosa; me respondió que no. Fui a buscar algo para mí y le pedí que me esperase.

Al cabo de unos minutos regresé con un sandwich y una cerveza. Entonces reparé que no había salido del chat al que estaba conectado y ella, en mi ausencia, se había puesto al teclado. Por encima de su hombro pude ver que tenía varios privados abiertos con conocidas mías y, por lo que observé, se estaba haciendo pasar por mí.

No dije nada, le arrebaté el ratón y cerré el chat sin despedirme, apagué el ordenador. Me quedé mirándola fijamente, entonces le ordené que fuese al centro de la habitación. Pude sentir como se aceleraba su respiración, obedeció y caminó hasta el centro de la estancia.

Tomé la cerveza y el bocadillo y me senté tras mi mesa de despacho en el otro extremo de la habitación, ella estaba frente a mi, de pie, con la mirada baja. Le ordené que se desnudara. Primero la blusa, luego su falda... el sujetador..., me miró y dije —¡todo! —; bajó sus bragas y luego se descalzó.

—¡Acércate!—, ordené.

Vino hasta mí. Entonces le pedí que se arrodillara a mis pies. Desabotoné mi camisa y me la quité, le ordené que me sacara los zapatos y calcetines. Luego me desabrochó el pantalón y le facilité que me lo quitara. Del slip me deshice yo mismo.

—¡Quédate así, perra!

Ella permaneció arrodillada a mis pies, con su miraba baja. Comí el sandwich y bebí la cerveza, algunas migas de pan cayeron sobre mi cuerpo y las sacudí hasta el suelo. Tomé el teléfono y marqué un número, al otro lado una cálida y sensual voz de mujer me saludó, y preguntó...

—¿Qué desea hoy mi Señor?

—Hazme una mamada—, respondí.

A través del teléfono, aquella voz cargada de erotismo me fue describiendo una felación que yo sentía tan real como cuando su boca se cerraba sobre mi verga y su lengua se enroscaba sobre el glande, provocando que mis manos sujetasen su cabeza y la empujase a tragarme por completo. No ahorré detalles al describirle cómo me sentía y al tiempo que, telefónicamente, ella mamaba mi erecto miembro, mi mano lo recorría de arriba abajo, en un vaivén que aceleraba el ritmo por momentos hasta que estallé en un orgasmo salpicando de semen mi cuerpo, parte del sillón donde estaba sentado y el suelo. La mujer del teléfono no dijo nada más, en silencio esperaba alguna orden o sugerencia mía. Sólo le dije adiós y colgué.

A mis pies, aquella perra de hermosas formas humanas permanecía arrodillada, durante todo el rato había sentido como su respiración se acelera por momentos. Le ordené que lamiera los rastros de mi semen. Así lo hizo, primero sobre mi vientre, mis muslos, el sillón; luego, a cuatro patas, lamió del suelo las gotas de semen y las migas de pan que habían caído.

—¡Ahora vístete y vete a tu casa!—, ordené.

Me miró buscando una explicación, pero reaccionó a tiempo, bajo su mirada, recogió sus ropas, se las puso y salió de la habitación sin mirar atrás.

Me dirigía a la ducha cuando sonó mi móvil. Era ella.

—Me has puesto muy cachonda, déjame volver, quiero que hagamos el amor.

—No—, dije.

—¡Por favor! —insistió—, no me hagas esto, no puedo irme a casa de esta forma.

—¡No!

—Necesito echar un polvo —dijo—, estoy empapada. ¡Si no me dejas volver buscaré a quien me folle!

—Como quieras —dije—. ¡Pero si no me obedeces y te vas sola a tu casa, no vuelvas a llamarme, ni a buscarme!

Cerré el teléfono.

***

El sol se despide de las cúpulas de palacios e iglesias, arrancando destellos dorados y violetas en un atardecer de julio. Han pasado dos años y sigo esperando su llamada, supongo que he de asumir, definitivamente, que eso es un “no”. 

Donatio (2001)

Exhibición por webcam





miércoles 22 de abril de 2009

El Espejo

Miraba su blanco cuerpo reflejado en el espejo. Pequeñas marcas rojas daban color a sus nalgas, recuerdo de la noche pasada. Los hombros y las piernas, entumecidos por la postura forzada mantenida durante tiempo, y su sexo y su ano, irritados por las penetraciones violentas que la llevaron al vértigo mil y una veces. En su cara, muestras de cansancio, pero con una mirada grande y límpida que iluminaba su expresión serena.

Miraba su reflejo, detenidamente. Su cuerpo cada vez más blanco llegó a desdibujarse sobre el azogue. Ya no veía nada, sólo luz. Una luz blanca intensa que irradiaba desde su propio interior, saliendo de un punto rojo, caliente, que se encontraba donde debía estar su corazón. Estaba asustada, no comprendía que estaba ocurriendo, y tenía miedo de dejar de ser. Entonces, como flashes, vio las imágenes. Los cuerpos frotándose, las manos ávidas, los sexos mojados, revivió uno a uno cada golpe, cada caricia, cada sacudida, cada lágrima…

El calor que sintió en su piel hizo que la imagen volviera de nuevo. Poco a poco sus ojos distinguieron de nuevo entre los tonos, aunque el blanco seguía invadiendo sus pupilas, el blanco de una sonrisa perfecta, de unos dientes que hacía tiempo se clavaron en su alma.

La fiesta

Rafa llevaba diez años casado. Durante ese tiempo había intentado transmitir a su mujer sus gustos y deseos sexuales pero, tras intentarlo de diferentes formas, se había dado por vencido; ella no aceptaba o encajaba bien determinados gustos del marido. Así que, Rafa, comenzó a tener algunos escarceos, solamente sexuales, con otras mujeres.

Tenía su mujer una amiga, que Rafa no tragaba por distintas razones  y, al mismo tiempo, él tenía la sensación de Marta, la amiga de su mujer, tampoco le tragaba mucho. Cuando salían juntos, las dos parejas o bien con otros amigos, Rafa no perdía ocasión para meter baza y poner de los nervios a Marta, la amiga de su mujer. Tanto es así, que ésta solía recriminarle su mal comportamiento con su amiga, justificándola y afeando la conducta de su marido.

Un día fueron invitados a una fiesta organizada por conocidos comunes, y el marido de Marta no se encontraba en la ciudad;  así que Lucía, la mujer de Rafa, planteó a éste la posibilidad de que Marta fuese con ellos y así no se perdía la fiesta.  A Rafa no le gustó mucho la idea, pero Lucía se puso acaramelada y al final convenció al marido de que no era tan grave, al fin y al cabo solo tenían que recoger a Marta y llevarla en su coche a la fiesta; y, terminada ésta, dejarla de nuevo en su casa.  Así lo hicieron. Durante la fiesta apenas se le vio el pelo a Marta, pero Lucía, al final, se sintió mal. En realidad se pasó un poco de copas o mezcló lo que no debía.  El caso es que pidió a su marido marcharse a casa.  Avisaron a Marta y le comentaron que podía seguir en la fiesta, quizás encontrase quien la llevase a casa o, en todo caso, podía tomar un taxi,  pero Marta insistió en acompañarles.

Cuando subieron al coche pensaron dejar primero a Marta en su casa, aunque debían dar un gran rodeo, pues vivía en una zona residencial a las afueras de la ciudad; pero en ese momento, Lucía ya había vomitado dos veces, así que fueron directamente al domicilio de Rafa y Lucía.  Una vez allí, Marta dijo que iba a  llamar a un taxi para que la acercara a su casa, pero Lucía, un instante antes de quedarse dormida, acertó a decir a su marido que no, que la llevase él mismo. Esperaron un rato y cuando comprobaron que Lucía se había quedado tranquila y plácidamente dormida decidieron salir hacia el domicilio de Marta.  Durante el camino apenas se hablaron. Cuando llegaron, era una casa de dos plantas rodeada de un pequeño jardín, Rafa bajó y abrió la puerta a Marta y, luego, la acompañó los metros que la separaban hasta la puerta de su casa.

En un momento, cuando Marta metió la llave en la cerradura, dando la espalda a Rafa, éste puso su mano sobre el culo de la mujer y, apretándolo, la empujó contra la puerta todavía sin abrir. Pegado a su espalda, casi aplastándola contra la puerta, le dijo: ¡te voy a follar, zorra!  En ese momento sintió como el cuerpo de la mujer se desplomaba, sus piernas habían dejado de sostenerla. Fue él mismo quien, tomando la mano de la mujer, la hizo girar la llave y empujar la puerta cerrándola tras de sí. Empujó a Marta contra la puerta y, sin detenerse, le subió la falda del vestido metiendo su mano y apartando la braga empapada. Le encajó los dedos y los retorció en el interior de su coño. Luego tanteó con la otra mano, hasta que consiguió dar con el interruptor de la luz.  Se quedó quieto, mirando a la mujer. Ésta tenía las ropas revueltas y en sus ojos había un brillo que no había visto antes.

-¡Eres una perra!-, le dijo. Y ella, bajando la mirada al suelo dijo: -sí-

 -¡Desnúdate!-, ordenó el hombre.

Marta se sacó el vestido, se quitó la ropa interior y sacó sus medias.  

-¡Arrodíllate!-, ordenó Rafa. Y Marta se arrodilló ante él. Luego, el hombre desabrochó su pantalón y extrajo su polla hinchada, la tomó en su mano, y la encaró hacia Marta.  Ésta, avanzó de rodillas, hasta que estuvo a la altura de la polla  y, cuando fue a alcanzarla con su boca Rafa la apartó, al tiempo que empujaba a la mujer que rodó por el suelo.  El hombre caminó hacia el fondo de la estancia, se colocó al comienzo de la escalera y hablo a Marta...

-¡Ven perra!-.

La mujer se puso a cuatro patas, y empezó a caminar hacia donde estaba él.  Cuando casi estaba a su lado, Rafa subió un par de peldaños,  la mujer avanzó ese espacio.  Luego él fue subiendo pequeños tramos hasta que Marta le alcanzaba. Así coronaron el último escalón.

-¿Tu dormitorio?-. Preguntó Rafa. La mujer señaló con su mirada y él se dirigió hacia la puerta; la abrió, encendió la luz y esperó dentro hasta que Marta, a cuatro patas, recorrió el camino y penetró en la habitación. Cuando estuvo la mujer ante él, se inclinó, la tomó de su melena y tiró hacia arriba  hasta que Marta, gimiendo, estuvo de pie.  Luego, la empujó con fuerza hasta que cayó sobre la cama en una postura extraña, pero con las piernas entreabiertas. Rafa se lanzó sobre ella y la penetró directamente, con fuerza,  al mismo tiempo que la mordía en los labios y los pezones. Después de follarla durante unos minutos, sacó su polla y giró a la mujer, la puso de rodillas, levantó su grupa y le encajó la polla en el culo. La mujer gritó, quiso rebelarse, pero él le empujó la cabeza con fuerza, clavándola en la cama.

 La folló por el culo hasta que sintió que le venía el orgasmo, entonces, sacó la polla del culo de Marta, la volvió a girar y, tomándola otra vez del pelo, levantó su cabeza y le metió la polla en la boca, se la clavó hasta la garganta. Sintió la náusea de Marta, al tiempo que se corría.

-¡Trágalo!-, ordenó el hombre. En ese momento, las lágrimas rodaban por el rostro de Marta arrastrando la máscara de las pestañas y la sombra de los ojos que pintaban su cara de regueros oscuros.  Él tomó la cabeza de Marta entre sus manos, la miró y le dijo: -¿Sabes que eres una perra?-. Ella, mirándole, dijo: -Sí, lo soy-.  En ese momento, el hombre bajo una mano hasta el coño de la mujer, lo tocó y puso su mano mojada ante los ojos de Marta.

-¡Te calientas! Esta es la forma en la que una zorra como tú se pone cachonda-. No dijo más.

Se apartó de ella, ajustó sus ropas y salió de la casa.

Donatio (2003)

martes 21 de abril de 2009

Nuevas fotos de Perro



Perro sigue alegrándose de habernos conocido, y nos envía estas fotos.

Jugando con la fusta







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lunes 20 de abril de 2009

La hormiga

Hace tiempo me contaron esta historia. Gustaba una pareja, amo y sumisa, salir al campo y jugar. La mujer era hermosa y, solía el amo, atarla a una encina. Entonces cubría sus muslos desnudos con melaza y se sentaba, frente a ella, a esperar que una hilera de hormigas rojas y cabezonas comenzasen a escalar, subiendo lentamente desde los pies de la mujer.

Una de las hormigas..., ponedle el nombre que os plazca, era especialmente glotona. Su talante era descarado, bravucón incluso, para ser hormiga cabezona. Mordisqueaba la piel de la mujer, ensañándose a veces. Pero la sumisa, al contrario de rechazar esas punzadas, comenzó a disfrutarlas. El amo gozaba viendo la escena. Como la mujer daba grititos, que más que de molestia eran de placer, repitieron el juego durante un tiempo.

la hormiga..., bueno como le hayáis llamado, en cuanto la veía atada al árbol se lanzaba en atropellada carrera para estar, cuanto antes, sobre aquella dulce piel de la hermosa mujer. Podría decirse que hormiga cabezona y mujer sumisa establecieron una rara amistad, algo incomprensible para el resto de las hormigas, que creían que..., cómo le hayáis llamado, era una abusona.

Decía que entre aquella mujer y la hormiga se había producido una atracción especial, aunque pasaba algo curioso. El bichito, cuando subía por la pierna endulzada, nunca pasaba de la ingle de la mujer. Un día, aquella pareja dejó de ir por el sitio. La hormiga se quedó sola, a pesar de estar rodeada por miles de bichos de su especie. Hasta que, un día, llegó al lugar otra pareja, pero ésta no jugaba como la anterior. Simplemente se sentaban en el prado y conversaban, compartían la merienda y se daban algún que otro achuchón.

La hormiga, como le hayáis llamado, se quedó mirándoles, se acercó despacio y... poco a poco, fue escalando por el tobillo de la mujer. Cuando estuvo a la altura de la pantorrilla, asestó un mordisco que hizo gritar a la chica. Ésta, levantándose la falda, encontró al bicho colgado de su piel enganchado por su fuerte mandíbula que seguía apretando. La mujer quiso desprenderlo, pero el bicho seguía mordiendo. La chica estuvo a punto de aplastarle pero, en última instancia, sintió compasión y esperó a que el animalillo se soltara solo, a pesar de que le había hecho sangrar un poco. Tomó con cuidado la hormiga y la puso sobre la palma de su mano. Ambos seres, mujer e insecto, cruzaron sus miradas; y ella vio, en los ojos de la hormiga colorada y cabezona, un fondo de ternura. De esa forma nació una hermosa amistad entre mujer e insecto, que prolongaron durante tiempo.

Un día, cuando la mujer y la hormiga se contaban sus confidencias, porque sepan ustedes que las hormigas rojas y cabezonas también tienen sentimientos, apareció aquella pareja que gustaba de los juegos en la encina. El hombre, como siempre hacía y sin importarle la presencia de la otra mujer, ató a su sumisa al árbol, desnudó sus piernas y cubrió esa desnudez con melaza; así esperaron a que el pequeño ejército de hormigas se acercase. Así lo hicieron.

Pero la hormiga, como le hayáis llamado, no acudió. La mujer se impacientó, la buscó, buscó su mordedura. Aquella mordedura descarada, distinta a las demás. Pero la hormiga no acudió, porque seguía, sobre la palma de la mano, conversando con la mujer que supo ver un fondo de ternura en su mirada.

Terminado el juego, el hombre desató a la mujer. Ésta, se limpió la melaza, se vistió y se quedó mirando a la otra mujer. Le atrajo su extraña postura sentada en el suelo, con una de sus manos levantada a la altura de sus ojos. Se fue acercando poco a poco, atraída por la curiosidad. Cuanto más cerca estaba, iba cambiado la expresión de su cara hasta descubrir que la mujer sostenía una hormiga roja y cabezona sobre la palma de su mano. Y esa hormiga, era su hormiga. Aquella que tan deliciosamente la mordía. De repente, la mujer del árbol se lanzó sobre la mano de la otra mujer, le arrebató la hormiga y la lanzó sobre una piedra. Sin dar tiempo a más, puso su pie sobre el insecto y lo aplastó; al tiempo que, mirando a la otra mujer le decía... -“era una hormiga mala, y te iba a sacar los ojos”-. Dijo eso, mientras expresaba una extraña sonrisa de complacencia.

Siento no tener más facilidad para transmitiros la historia que, un día, me contaron; pero, con mis pobres palabras, he compartido un suceso que me conmovió.

Donatio (2002)

domingo 19 de abril de 2009

La Sesión


Roberto caminaba delante de mí por el pasillo. Llegó hasta una de las puertas y la abrió, esperando a que yo pasara a la habitación. Entré y me quedé a un par de pasos de la puerta, expectante. Era una sala amplia de paredes estucadas en un marrón muy oscuro, casi negro. En el centro de la habitación, una especie de cuadrilátero de unos dos metros de lado, tapizado en cuero negro que tenía en cada una de sus esquinas una barra de metal pintada de negro, con argollas metálicas colocadas a diferentes alturas, y unos pasadores de rosca que debían servir para ajustar la altura de las barras, que se unían en su parte superior con varios barrotes algo más gruesos que se disponían paralelos al cuadrilátero. En conjunto, el artilugio resultaba como una cama con dosel, aunque un tanto extraña. En la pared que había frente a mí, tras aquel mueble que presidía la habitación, y colgados ordenadamente, se veían fustas, látigos, paletas, cañas, varas, bastones, gatos, cadenas, cuerdas y correajes de diferentes formas, tamaños y grosores. Me quedé impresionada con un látigo de doma que, extendido, rodeaba aquel arsenal.

Tras de mí escuché la voz de Roberto y sin verla pude imaginar la sonrisa en su boca.
-Menuda colección, ¿verdad?
-Sí
-Puedes mirar bien, si lo deseas
-Gracias

Caminé hacia la izquierda. En la pared lateral había una especie de aparador suspendido de la pared, a media altura, sobre el que descansaban distintos tipos de capuchas de cuero, antifaces, mordazas, cuerdas, cintas de embalaje y bolsas de plástico transparente. En ese momento, mirando toda la colección de accesorios, e imaginando los diferentes usos que se les podría dar, comencé a temblar y noté como mi sexo se mojaba. Seguí caminando despacio, observándolo todo. Pasé cerca de la pared que vi nada más entrar a la habitación. Sólo me habían dado permiso para mirar, y suprimí mis ganas de pasar la mano por aquellos elementos de cuero y metal colgados, que llamaban mi atención haciendo que me excitara cada vez más. Sentía que mi humedad aumentaba. Sabía que cualquiera de esos artilugios podría ser utilizado conmigo, y temblé más.
-Te gusta, ¿a que sí, zorra?
-Sí, mucho –dije casi en un susurro.
-Te empapas con sólo ver el arsenal de cosas que hay aquí. Ten por seguro que probarás algunas de ellas, de una u otra forma
Miré a Roberto, turbada, y mi asentimiento fue acallado por unos golpes que sonaron en la puerta.
-Pasa

La voz de Roberto sonó alta y clara, enérgica. Cada vez que escuchaba ese tono, algo se removía en mi interior, haciendo que me estremeciera. La puerta se abrió despacio. Quien había llamado era Victoria, que se mantuvo en el umbral después de cerrar la puerta tras entrar. Parecía una puta, con un jersey rojo fuerte de algodón, ajustado y muy escotado que dejaba bien patentes sus grandes pezones, una minifalda negra excesivamente corta y unas sandalias negras de tiras que se ataban a los tobillos y de tacones altísimos. El rojo intenso en sus labios y uñas daba el toque final de puta barata.

-Hola. Buenas tardes, Roberto, Lola.

Victoria seguía quieta frente a la puerta, mirando al suelo, temblando, y con una sonrisa nerviosa en su cara morena. Resultaba curioso el contraste entre su aspecto y su actitud, entre sumisa y avergonzada.

-Buenas tardes, Victoria.
-Hola, Victoria.

La sonreí, intentando que se tranquilizara, aunque yo misma estaba tan nerviosa como ella. Nuestros ojos se cruzaron y sentí como respiraba algo más aliviada.

-Victoria. Desnúdate, deja tu ropa sobre esa silla y quédate ahí.
-Sí, Roberto.

Mientras Victoria se iba desnudando, continué caminando despacio. La excitación y el miedo se adueñaron de mi cuerpo haciéndome temblar y acelerando mi respiración. En ese momento me percaté de una cruz de San Andrés, firmemente sujeta a la pared donde se encontraba la puerta, al lado de donde estaba Victoria, que temblaba como una hoja mientras se iba quitando prendas.

Frente al aparador que había visto antes, adosado en la pared contraria, había otro gemelo, pero con diferente contenido. Esta vez eran cajas de diferentes tamaños en las que había desde guantes de látex y condones, hasta pesas de distintos tamaños, diferentes tipos de pinzas, velas, agujas hipodérmicas, especulos de un solo uso, aparatos de vacío, consoladores, un par de arneses y vibradores.

Todo aquello estaba dispuesto guardando orden, casi como si se tratara de una mesa quirúrgica. Incluso había una botella de antiséptico, otra de alcohol, una caja de gasas y unas cuantas toallas marrones limpias, dobladas y colocadas con cuidado.

Me di la vuelta enfrentándome de nuevo al cuadrilátero central. Victoria estaba ya desnuda y seguía temblando. Sus grandes pezones no dejaban de vibrar a causa del temblor. Parecía indefensa, allí desnuda mirando al suelo, dudando en cómo colocarse y mirando sin objetivo claro. Roberto, que estaba al otro lado de la habitación, vino hacia mí. Al pasar al lado de Victoria metió la mano entre sus muslos, haciéndola que los abriera más y manoseando el coño un rato. Los temblores de Victoria aumentaron, y comenzó a mover su cabeza de forma característica, ladeándola hacia uno de sus hombros, con los ojos cerrados y el ceño fruncido, casi con expresión de dolor contenido. Cuando la mano de Roberto pasó del coño a la boca parecía que iba a desplomarse de un momento a otro. Y cuando, con la otra mano, Roberto apretó con fuerza uno de sus pezones, Victoria emitió un grito y dio un respingo. Yo sentía mis pezones duros y crecidos, y sabía que mi braga estaba empapada.

Los miraba y disfrutaba del gesto de dolor de Victoria, y del dominio de Roberto sobre ella. Continué mirando, expectante y cada vez más caliente. Mis ojos no podían apartarse de las manos de Roberto, que tocaban sin contemplaciones el cuerpo de Victoria, eso me calentaba aún más, y esperaba mi turno de pie, con las manos cruzadas a la espalda, agitada y sintiendo mi respiración que se había hecho más profunda.

-Desnúdate, Lola.

Sin dejar de tocar los pezones de Victoria, la voz de Roberto sonó de nuevo enérgica, decidida. Yo, reaccioné como si hubieran tocado un resorte en mí. Obediente, fui desnudándome despacio, dejando mi ropa sobre la esquina del aparador que estaba a mi espalda. Una vez estuve desnuda, Roberto vino hasta mí y, pasando una de sus manos por mi nuca me atrajo hacia él, besándome y metiendo su lengua en mi boca con fuerza, mientras tocaba mi coño con la otra mano, penetrándome, apretando mi clítoris crecido y hurgándome sin miramientos.

-Mira como estás, ¡zorra!

Me sentí orgullosa de mi humedad, de escuchar el tono con que se había dirigido a mí, de ser suya. Se separaron nuestras bocas por un instante. Vi el gesto de satisfacción de mi Amo, y sonreí. Miró directamente a mis ojos, recorrió mi vientre llenándolo de mi propia humedad y me mordió la boca con fuerza. Yo, temblaba sintiendo el dolor en mis labios, que sonreían entre los dientes de Roberto.

Separó su boca de la mía, tomó mi mano y me llevó hasta el cuadrilátero. Hizo un gesto a Victoria para que se acercara hasta donde nos encontrábamos Roberto y yo, y una vez estuvimos las dos juntas, nos colocó de espaldas a él, y fue recorriendo nuestros cuerpos despacio, desde los hombros hasta las nalgas, acariciándonos a un tiempo y haciéndonos gemir y temblar bajo sus manos.

-Túmbate, Victoria, colócate bien en el centro, boca arriba
-Sí, Amo

Mientras Victoria hacía lo que se le había ordenado, Roberto comenzó a palmear mis nalgas. Yo disfrutaba de sus golpes, sintiendo como mi piel se calentaba, sintiendo como con cada azote mi coño se dilataba y como mi humedad comenzaba a bajar entre mis muslos.

-Ahora, la atarás firmemente en aspa. No quiero que pueda moverse ni un milímetro

Tras decirme esto, Roberto comenzó a desnudarse. Me dirigí hacia la pared trasera, y seleccioné unas cinchas de cuero con hebillas y unas muñequeras y tobilleras en piel. Con ellas sujeté firmemente cada una de las extremidades de Victoria a los barrotes del cuadrilátero. Estaba hermosa allí, gimiendo desnuda sobre la superficie negra, con los ojos cerrados y temblando. Me gustó verla, y disfruté viendo su expresión dolorida mientras tensaba sus miembros con el cuero para que quedara abierta hasta el máximo, ofrecida, e indefensa.

-Colócate sobre ella, mirando hacia sus pies y con su cabeza entre tus rodillas

Me coloqué como Roberto me había dicho, de rodillas y con mis manos cruzadas a la espalda. Victoria era menuda y dejaba espacio suficiente para que me colocara de rodillas y para que mi coño quedara sobre su cara, abierto. Roberto desapareció de mi vista, yo sabía que estaba cogiendo alguno de los objetos que estaban en la pared tras de mí y temblé de nuevo, mientras veía el cuerpo de Victoria bajo el mío y sentía su respiración agitada entre mis piernas. De repente, sentí las manos en mis pechos. Roberto, situado tras de mí, apretaba y estiraba mis pezones haciéndolos crecer y aprisionándolos después con unas pinzas metálicas de las que pendían unas pesas. Mi respiración era cada vez más agitada. Sentí mis pezones estirados. Dolían. En ese momento, cerré los ojos, y me concentré en mi propio cuerpo.
El sonido de los golpes hizo que mirara de nuevo. El gato iba enrojeciendo las piernas y el pubis de Victoria que gemía, intentando moverse sin conseguirlo. Después Roberto pasó a sus tetas, que vibraban con cada trallazo. Yo sentía mi coño caliente y dilatado, y sabía que estaba mojando la cara de Victoria con mi propia humedad. Ver como se enrojecía su piel me excitaba, me hacía ansiar los azotes, me hacía calentarme aún más.

-Abre bien tu coño, zorra, y que esta perra lo lama, ¡vamos!

Con mis manos abrí los labios de mi sexo, estaban mojados y calientes, bajé la mirada para que Victoria accediera bien a mi clítoris y lo vi crecido. Sobresalía entre mis labios como si fuera una polla pequeña, y lo posé sobre los labios de Victoria, que lo buscó con su lengua. Lamía deprisa, como con ansia. Pasado un rato disminuyó el ritmo y sentí entonces concentrarse mi placer en mi clítoris, calentándome más. Seguí el movimiento de la lengua con mis caderas, y así las pesas se bambolearon, moviendo al tiempo mis pezones que se estiraron más, aumentando el dolor que sentía... y también el placer.

-¿Lame bien la perra?
-Sí, mi Dueño, lame bien

Tras escuchar la respuesta que salió de mi boca, casi inaudible a causa de mi excitación, Roberto dejó el cuerpo de Victoria y pasó a azotar mis pechos, con golpes acompasados y lentos. Con cada golpe del gato, las pinzas vibraban, estirando mi piel al máximo. El dolor de mis pezones era muy intenso, pero el placer que provenía de mi clítoris mezclaba las sensaciones, llevándome a un grado de excitación cada vez mayor. El ritmo de los golpes cambió, ahora Roberto se había colocado a nuestro lado e iba descargando golpes sucesivamente sobre el cuerpo de Victoria y sobre el mío, de una en una. Mi temblor iba en aumento y dejé caer el peso de mi cuerpo sobre la cara de Victoria que intentó zafarse y buscar aire, ahogada bajo mi coño. Los golpes cada vez eran más fuertes, los pechos y las piernas de Victoria estaban enrojecidos, hermosos, y yo sabía que mi pecho estaría igual. El dolor de mis pezones se hacía insoportable, pero aguanté como pude, sabiendo también que el cuerpo de Victoria bajo el mío estaría soportando el mismo dolor, mientras con su cabeza buscaba un hueco para encontrar aire. Ya no chupaba mi clítoris, solo intentaba librarse, ahogada, y yo, en medio de mi dolor, sintiendo como el gato nos calentaba, viendo la expresión de Roberto, esos ojos que tanto me decían, disfruté de la asfixia de Victoria debajo de mí.

Cesaron los golpes del gato. Pude incorprorarme un poco, aliviando así la presión sobre Victoria que comenzó a toser. Roberto me miró sonriendo y acercándose a mí buscó mi boca. Mientras me besaba quitó las pinzas de mis pezones, sentí las punzadas, cómo el dolor se hacía más intenso, pero las manos de Roberto acariciando y apretando mis pezones me aliviaron.
- Como me gustas, mi puta

Su voz, la sonrisa de sus labios, y su mirada, que era una mezcla de excitación, agradecimiento y orgullo fueron como un bálsamo. Que nuestros labios y lenguas se mezclaran de nuevo no me impidió sonreír abiertamente y musitar un gracias estremecido.

-Desata a la perra, démosla un respiro
-Sí, mi Dueño

Me levanté del cuadrilátero. Victoria seguía respirando agitadamente, con el rostro congestionado y empapado de mi humedad. La miré directamente a los ojos y acaricié su pelo un momento. Ella me sonrió, pero rápido evitó mi mirada. Fui desatando las cintas una a una, acariciando al tiempo sus miembros , que debían estar entumecidos. Estaba empapada por el sudor y enrojecida por las marcas del gato. Su rostro mostraba esa expresión de vicio que sólo salía en estos momentos, en los que mostraba sin tapujos todo lo que escondía en su día a día.

Se había mostrado esquiva desde que nos conocimos, defendiéndose del sexo como si fuera algo sucio, pero Roberto había inoculado en ella su veneno, y había conseguido que las barreras que ella se había empeñado en levantar, fueran cayendo una a una, irremediablemente.

Al mismo tiempo, en mí, Roberto hizo crecer otras cosas. Me había enseñado a disfrutar de un cuerpo entregado, iluminando un pedazo más de mi alma para mí desconocido hasta entonces. Un lugar que también disfrutaba, porque era fruto de mi entrega y porque me sabía guiada por él. Un lugar oscuro y cruel y que me daba un poco de miedo pero que, al mismo tiempo, me estimulaba y me calentaba, haciendo que me empapara...

El placer de su boca


La boca de nadine es el paraíso. Digo que es una maestra en el arte de la felación con todas las razones. Disfruta haciéndolo, se aplica, goza con el placer del hombre al que lame, chupa, traga...
No importa el tamaño del miembro viril, nadine lo engulle hasta el fondo de su garganta y lo saborea como el mejor manjar que pueda entrar por su boca.
A los hombres nos gusta que nos la mamen, nos la chupen..., pero si además la mujer que lo hace disfruta con esa práctica, el placer que sentimos se eleva a cotas inexplicables con palabras.






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sábado 18 de abril de 2009

Sesión con un Amo invitado (y III)


A continuación, nadine fue liberada de las pinzas en sus tetas, pero no las de su coño que iban aprestar una nueva función.




El Amo invitado procedió, entonces, a realizar una exploración vaginal a la perra. Al final de esta entrega hay un pequeño video de ese momento.


De nuevo, nadine, fue azotada y preparada para el final de la sesión.



El invitado la penetró doblemente con un plug y un sustancioso dildo; para, finalmente, follarla por el culo hasta que consumó su placer.



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Vida perra

Necesito contar esto, aunque no se si habrá alguien que me escuche.  Tampoco sé si tengo derecho a contarlo, al fin y al cabo solo soy un fiel servidor y hago lo que me ordena mi amo, para eso fui educado, y para eso vivo.  Pero, llegado a este punto de mi vida, o digo lo que llevo dentro o se concienzudamente que mis días están contados.  Mantengo la esperanza de que me sirva de desahogo, de válvula de escape para la tensión que acumulo en mi interior.  Por lo tanto, aún sabiendo que no tengo derecho a quejarme, voy a contarlo.

Estoy al servicio de mi amo desde hace cinco años.  Él me rescató de la soledad cuando me dejó mi anterior dueño, con el que, hasta ahora, había compartido los mejores años de mi vida,  y me educó a su manera. Fue paciente conmigo, supo calmar mis recelos iniciales y ganar mi confianza;  por eso le he obedecido ciegamente desde entonces,  a pesar de los trances duros por los que me ha hecho pasar.

No solo estoy entregado a él, le pertenezco, sino que le estoy agradecido por darme aquello que jamás pensé en volver a tener y que él, con su sabiduría, su dominio acertado, su paciencia..., ha mejorado incluso.  Mi amo está casado  y mantiene con su mujer una extraña relación.  No me gusta esa mujer, nunca me ha gustado.  Yo era feliz con mi dueño, le obedecía con gusto  a él, solo a él.  Pero, por él, entré en el juego.

Tardó en llegar, habían pasado dos años desde que me tomó en su propiedad,  pero al fin llegó aquella noche.  Terminada la cena, mi amo me mandó seguirle.  A él y a su mujer.  Fue la primera vez que entré a su dormitorio, lugar donde me estaba expresamente prohibido pasar.  Estaba anímicamente excitado.  Para mí aquello suponía una novedad, y estaba ansioso por conocer el entorno.  Sin moverme, atento a las órdenes de mi amo, miraba con curiosidad.  Pegado a la puerta, cerrada tras de mí, observé como mi amo empezaba a desnudar a su mujer;  primero desabotonaba su blusa y abría el escote con sus dedos,  luego empezaba a besarla, pero..., más que besos eran pequeños mordiscos cuya intensidad incrementaba al acercarse a sus labios;  o cuando bajaba por el cuello de la mujer, recorriendo el espacio hasta sus pechos y luego, una vez había descubierto sus pezones, se lanzó a besarlos y mordisquearlos con avidez

La escena, que había comenzado tibia, aumentaba de temperatura por segundos,  hasta que el ambiente de la habitación comenzó a hacerse húmedo y yo, que permanecía quieto, expectante, como me había ordenado mi amo, también sentía que el calor invadía mi cuerpo y la excitación, ahora, se centraba en mi sexo.  Despacio, mi amo, despojó de la blusa a su esposa, luego se deshizo del sujetador  y tomando sus pechos entre sus manos los apretó  hasta que un suspiro intenso de la mujer, conmovió toda la estancia. El hombre se pegó a la mujer y volvió a comer su boca, al tiempo que con sus manos subía la falda y dejaba desnudos sus muslos.  Eso me excitó más, ante aquella visión, olvidé las antipatías que generaba su actitud hacia mí.  Pero, sobre todo, experimenté dos sensaciones encontradas.  De una parte me sentía feliz al ver a mi amo gozando de aquella forma, abrazando a su mujer, besándola, acariciándola, deseándola...  y al tiempo, sentía una profunda frustración porque no era a mí a quien dedicaba sus atenciones.

Empujó a la mujer sobre la cama, y ésta cayó de espaldas.  Se dejó caer sobre ella y siguió besando, estrujando y mordiendo sus pechos y pezones y ella respondía con gemidos y pequeños grititos.  Luego él, se fue resbalando hasta quedar arrodillado entre los muslos de su esposa, que colgaban a un costado de la cama. Arrastró la falda hasta que la quitó, y se lanzó con avidez sobre la zona cubierta por las bragas. Besó, mordió..., de la misma forma que había hecho con los pechos, luego la despojó también de esa prenda y, con gesto ceremonioso...  separó sus piernas tirando con sus manos de las rodillas. Se apartó a un lado, dejando libre el espacio para que yo pudiese contemplar aquel sexo mojado, rosado y abierto. Entonces, me ordenó acercarme.

Caminé despacio, mis pasos eran titubeantes. Cuando estuve a su altura, me ordenó acercarme más al sexo de la mujer, y él mismo, con su mano, empujó mi cabeza hasta que sentí la humedad y el calor de aquel coño en mi cara.  No tuvo que decirme más, entendí lo que esperaba de mí  y sin saber muy bien cómo debía hacerlo, empecé a lamer aquella carne abierta.  Primero despacio. Luego, aprecié los gemidos de la mujer, cómo se intensificaban cuando yo movía mi lengua de una forma u otra  y empecé a marcar el ritmo.  Me gustó.  Yo que había sido entrenado para servir,  estaba siendo dueño de una situación extraordinaria. Tenía en mi lengua el placer de aquella mujer y una sensación extraña, pero enormemente placentera, me recorrió por dentro. –“¡Te vas a enterar!”-,  pensé,  al tiempo que encajaba mi lengua en el interior de aquel coño mojado.  Y con el mismo ímpetu de mi embestida, ella saltó de la cama como empujada por un resorte invisible,  lanzó un grito y empujó mi cabeza hasta el punto que sentí ahogarme.  Su placer fue intenso, pero cedió a tiempo para que yo pudiese respirar, antes de perecer entre sus fuertes muslos. Quedó temblando sobre la cama, sus piernas separadas, los muslos empapados.  Oí, entonces, la voz de mi amo.  Me volví hacia él, y alegró mi vista y mi cuerpo, cuando vi que blandía ante mis ojos  su enorme y suave polla.

-¡Ven!-, me dijo.  Y como tantas otras veces, me lancé hacia esa maravilla de verga, hasta alcanzarla con mi lengua  y recorrerla de arriba a abajo  despacio, rápido...  el tallo, el glande...  ¡eso sí que me gustaba!  Para eso había sido educado, entre otras cosas.  Mi amo y yo.  No necesitaba más.  Cuando sentía palpitar aquel tronco bajo mis caricias, me olvidé por completo de la presencia de la mujer, y cuando sentí la fuerza de aquel chorro caliente estrellarse contra mi cara, mis ojos, mi boca y mi lengua...  di por bien empleado el trabajo que me habían hecho hacer a la mujer. Después, mi amo, me ordenó abandonar la habitación y satisfecho por haberle servido una vez más, por haber sido objeto de su placer,  salí de la estancia, dejándolos a solas.

Me usó mi amo, en otras ocasiones, después de aquella noche.  Pero, como siempre, él y yo, solos.  Hasta que, pasadas unas semanas, después de haberse retirado al dormitorio con su mujer, me vino a buscar.  Le seguí cuando vi que nos dirigíamos a su cuarto, pero mis pasos se detuvieron en seco solo un instante, hasta que él se volvió y me miró. La puerta estaba abierta,  pasó primero, luego yo. Lo que vi esta vez, me impactó más que la primera.

Sobre la cama estaba su mujer, desnuda, pero esta vez no estaba tumbada, sino arrodillada, dando la espalda a la puerta y, por tanto, a nosotros. La cabeza hundida en el colchón, la espalda arqueada, y su grupa levantada, expuesta ante nuestros ojos.  La orden de mi amo fue rotunda

-¡Fóllala!

No dudé, no podía permitirme dudar.  Me acerqué hasta ella, y tomándola con mis manos por las caderas, empujé con mi verga hasta encontrar la entrada de su coño.  La verdad, no me fue difícil.  Resbalaba, de lo mojado que estaba, y de lo que rezumaba al exterior.  Empujé con fuerza, apretaba mi cuerpo contra ella,  apretaba con mis manos sus caderas y arremetía con furia.  ¡Fóllala, fóllala...!, me repetía a mí mismo  para no pensar en nada más. Hasta que un grito de la mujer rompió la rutina de mi pensamiento y, entonces, sentí que no podía controlar la corriente que se generaba en la parte baja de mi espalda y que me recorría en dos direcciones: hasta mi cerebro y hasta mi verga, empujando con su fuerza y vaciando mis testículos. Me corrí dentro de ella. Durante unos segundos permanecí pegado a su espalda,  cuando me retiré, vi como un reguero espeso y blanco resbalaba al exterior desde su coño abierto

-¡Lámela!-, ordenó mi amo.

Y automáticamente mi lengua se pegó a su coño, desde atrás, antes de que las primeras gotas cayesen sobre las sábanas, lamí, detestaba hacer eso, pero lamí aquel coño. Y debí hacerlo bien, porque la mujer gritó otra vez, cayendo al tiempo de bruces sobre la cama. A partir de ahí, es cuando comenzaron mis desgracias.

Una mañana, después de que mi amo se marchase al trabajo me llamó su mujer. Tenía orden de obedecerla, así que fui hasta ella. No dijo nada solo me miró, y levantándose la falda me ofreció la visión de su coño desnudo. Me quedé quieto. Ella aguantó la pose un breve tiempo más, antes de decir: -“cómelo”-. Me negué.  No, eso no me lo había ordenado mi amo.  ¿O sí?  No, me había dicho que la obedeciera como si fuese él mismo, pero no que tuviese que comer su coño. No, no, no

-¡Come!-, repitió alzando la voz.  Me negué. Ella soltó un resoplido airado y dejó caer su falda.

-¡No te muevas de ahí!-, me dijo, y fue hasta su habitación.  Regresó al instante, trayendo un cinturón en su mano, posiblemente de su marido, mi amo.

-¡No te muevas!-, me increpó  y, alzando la correa en el aire, empezó a golpearme con ella.  Traté de buscar refugio  pero ella me cerró el paso, aprovechando mi miedo. Me atrapó contra la pared, y descargó su furia contra mí. Los correazos cruzaban cualquier parte de mi cuerpo. Me azotó hasta que se agotó. Entonces caí rendido.

-¡Si mi marido se entera de esto -dijo entonces-, acabo contigo!  Ya puedes ponerte en pie, y volver a tu sitio -continuó...-, ¡yo te voy a enseñar a obedecer de verdad!

Después de aquello, continuó llamándome cuando el marido se marchaba  y cada día me pedía algo más. Tuve que lamer todo su cuerpo, su coño, su culo. Tuve que follarla una y otra vez. Hasta por el culo, me hizo follarla. Se meó sobre mí.  

Todavía no entiendo por qué lo he hecho. Quizás por miedo a que mi amo me deje,  aunque no me gusta su mujer, la detesto. Cada mañana, cuando él sale para el trabajo,  comienza para mí un calvario. Pero no quiero volver a quedarme solo.

Y, sobre todo, no quiero volver a deambular por las calles, dejando atrás la comodidad de mi perrera, construida expresamente para mí en la parte soleada del jardín.  Mejor esto, que caer en manos de cualquier desaprensivo, husmear en las basuras lleno de pulgas o, lo que es peor,  ser atrapado por el lazo del perrero municipal, y acabar mis días con una inyección letal.

La verdad... ¡qué vida más perra, arrastramos algunos perros!

Donatio (2003)

El alma presa


Parece un juego,

pero tú y yo sabemos la verdad.

Tu alma habla,

tu alma grita su cautiverio

contra la indiferencia estúpida de quiénes te rodean.

Con labios de sangre,

gime una y otra vez.

Tu alma está presa.

Alguien, esta vez,

le ha puesto cadenas de amor.

Los estúpidos se burlan de tu cara iluminada.

Tu alma y yo lo sabemos:

los dedos de la envidia no alcanzarán jamás la risa

verde de tus ojos.

Tu alma está presa.

 

Donatio (2001)

viernes 17 de abril de 2009

Sesión con un Amo invitado (II)



Tras una primera tanda de azotes, que aplicamos a la perra el invitado y yo con dos gatos al tiempo, pinzamos las tetas y los labios del coño de nadine. Todavía mantenía las bolas en su culo.

A continuación, el invitado disposo de la perra para su placer. No hay que hacer mas comentarios, pues las imágenes son suficientemente elocuentes.








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jueves 16 de abril de 2009

Cedida

En el momento de la espera, mi cabeza da mil vueltas, aunque no podría precisar ninguna. Mi cuerpo en tensión, la respiración agitada, los sentidos disparados. Deseos de servir, de satisfacer al máximo, de no fallar, de comportarme correctamente. Deseos…Y Su voz de tanto en tanto “tranquila”. Y Su piel en la mía “buena perra”. Y, sí, mi sexo empapado. Buena puta.

Cuando llegó el invitado el tiempo se detuvo. Nunca sé cómo describir esa sensación; el preámbulo a la escena es cederlo todo, dejar de controlar, no ser, solo sentir, no pensar… Fui haciendo lo que se me ordenaba, se habló de mí pero yo no estaba, era un simple objeto de placer, perra obediente. Aunque por ráfagas surgieron milésimas de segundos de lucidez; el reconocimiento de la piel desconocida, el tono diferente, otro tipo de vergüenza, otra humillación. Pero al tiempo otro orgullo, un ímpetu doble. Otros ritmos y cadencias, otro olor, otra dureza…

Aunque la escenografía sea similar a otras, en una cesión nada tiene que ver con lo conocido. Bueno, nada no. La entrega es igual… ¿es igual? No lo sé, ese límite es dificilísimo de delimitar. Solo sé lo que siento cuando al final veo la expresión en los ojos de mi Dueño, sobre todo cuando veo su sonrisa complacida, cuando nuestras pieles se juntan y, sin hablar, nos lo decimos todo, nos hacemos uno, aunque lo hayamos sido durante todo el acto. Y eso… Eso es el cielo!!

Fotografía: Kevin Hundsnurscher

nadine se masturba tras ser azotada

Tras azotar el precioso culo de nadine, le pedí que se masturbara ante la cámara. Este es el resultado.

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miércoles 15 de abril de 2009

Sesión con un Amo invitado (I)

Unos meses antes de que nadine fuese marcada, en un viaje que hicimos, invité a un Amo de esa ciudad para compartir a mi esclava con él en una sesión. Ya he puesto algún video de ese día, ahora pongo las fotos, pero las iré subiendo en varias entregas para que no se haga excesivamente largo.

La esclava sabía, porque yo así se lo había advertido, que la sesión iba a ser dura. Estas primeras fotos recogen el momento de la espera de la llegada del Amo invitado.


La esclava nadine esperaba con unas bolas en su culo.

Cuando llegó el invitado, le presenté a mi esclava y se la ofrecí para que hiciese con ella lo que deseara.



Lo primero que él le pidió a nadine fue que se desnudase ella, y luego le desnudase a él. Mi perra, siempre obediente, hizo lo que se le ordenó.



No tardó el Amo invitado en disfrutar de algo en lo que nadine es una experta: una buena mamada que él dirigió a su gusto.



martes 14 de abril de 2009

Entrega


Sea del tipo que sea la relación BDSM: por sesiones, 24/7, con amor, sin amor, heterosexual, homosexual, monógama, polígama, sadomasoquista o sólo de dominio-sumisión... Aunque alguien sea un ser vicioso y sexual y disfrute empapándose, exhibiéndose y follando brutalmente. Aunque se goce de la humillación. Aunque para algunos pueda parecer que una sesión se hace con sumo gusto. Aunque uno se sienta masoquista y sea capaz de disfrutar de los golpes...
Caminar por el mundo de la sumisión significa dar, entregarse. Ese punto, la entrega, es lo que diferencia el mundo BDSM del “vainilla” (no me gusta nada este término, pero en este momento no encuentro otro más gráfico para poder hacer la diferencia, porque decir “normal” me gusta aún menos)
La palabra entrega tiene varias acepciones, de entre todas ellas, personalmente creo que “Dedicación de tiempo y esfuerzo a una actividad o labor”, es la que se acerca más a nuestro concepto BDSM.
Dedicar tiempo, si se tiene y es para algo placentero, es fácil y nada costoso.
Pero también se habla de esfuerzo, y el esfuerzo es “la acción enérgica del cuerpo o del espíritu para conseguir algo”, lo que significa que para conseguir ese algo, hay que hacer un ejercicio positivo de voluntad; uno se esfuerza cuando toma impulso, cuando se empeña, cuando se tiene afán, ahínco, ardor, cuando cuesta trabajo, sudor, cuando hay un cierto sacrificio. A veces uno entrega cosas u actos fáciles, o incluso a veces no aparece en su totalidad ese concepto de entrega, porque se disfruta con lo que se hace. A veces la obediencia, la humillación, el abandono, los golpes, resultan placenteros, llevan al éxtasis y son deseados... no cuestan ese esfuerzo. ¿Es eso sumisión, o no lo es?
Pero en la auténtica sumisión, en la auténtica forma de darse hay momentos en que uno querría salir corriendo, dejarlo todo, gritar no puedo más, o detente, o no quiero esto...
Pero uno calla, y deja de pensar, y cede, y acepta eso que es menos placentero o fácil (o que es más costoso), precisamente porque hay entrega. Precisamente porque la manera de sentir es sumisa.
Con esto no quiero decir que la sumisión sea igual a sufrimiento. Creo que los que me conocen saben bien mi forma de pensar con respecto a esto. En otro post lo dejo muy claro... “Es un juego. Pero un juego con unas reglas, un juego en el que los jugadores, aunque no lo parezca, están al mismo nivel, donde cualquiera puede abandonar la partida en el momento en que no satisfaga. En el que las reglas, son de dos, dos que proponen, dos que se comprometen, y dos que arriesgan, al mismo nivel.”
Lo que no es de recibo es soportar lo que sea por el hecho de soportar. Es ahí donde hay que sacar la balanza y saber que platillo pesa más, el del esfuerzo o el de los momentos gratificantes. Con el tiempo cosas que costaban dejarán de hacerlo, pero si se progresa, habrá otras nuevas que costarán, ni más ni menos que las antiguas, si no de otra manera... esto es una escalera. Y el buen dominante sabrá hacer que ese esfuerzo sea superado, y recompensado, y que el sumiso se sienta orgulloso de haberlo superado, y que desee nuevos esfuerzos. Eso se va repitiendo paso a paso a lo largo de la relación que está viva.
La sumisión cuesta, que nadie se engañe. No es algo que salga sin más y fácilmente. Pero... ¡que gusto cuando se sube un peldaño más!


Fotografía: Nikki Flynn

Perro nos envía esta foto


Perro, un seguidor de nuestro blog, nos envía esta foto dedicada.

nadine, marcada y anillada

Hacía tiempo que nadine deseaba llevar mi marca. Cuando ella lo insinuaba yo le respondía que sí, que mi deseo era marcarla, pero que aún no era el momento. La sumisa, en general, es ansiosa; desea y quiere que las cosas sean "ya".
No, no son las cosas así. Todo es posible, deseable, pero a su tiempo. Una marca no es algo vanal, no es solo un tatuaje, una cicatriz a fuego... Ha de contener la esencia de una relación Amo/esclava y, aunque la relación funcione, se ha de caminar y madurar lo suficiente para saber que somos uno para el otro, que nada ni nadie nos moverá del sitio que ocupamos en el ser del otro. Por eso le pedí a nadine que fuese paciente, ¡qué difícil es serlo cuando se ansía algo!
Y llegó el momento. Ahora quedaba elegir la forma de hacerlo. Siempre me ha gustado el fuego, encierra misterio y algo romántico. Pero me gusta exhibirla, y sabía que llevarla a un taller de tatuaje, colocarla sobre una camilla y desnudar parte de su cuerpo ante la mirada de "otros", resultaría especialmente humillante para ella y muy de mi agrado. Por eso elegí tatuarle mi inicial "D" sobre su sexo y, aprovechando el momento, decidí que también era el momento de iniciar el anillado de sus labios vaginales.
Aquí están las fotografías, así como un pequeño video, de esos momentos.










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Beatriz

Beatriz detuvo el coche cerca de la casa, apenas le dio tiempo a cerrar la puerta cuando advirtió la presencia de Cosme que se acercaba a ella sonriente.

-Buenos días, señora, bienvenida de nuevo...

-Hola, Cosme-, respondió la mujer mientras sujetaba la falda de su vestido, que el viento levantaba por encima de sus muslos.

-Tengo instrucciones para usted, señora -dijo el hombre-, el señor me ha indicado que pase usted a la casa, y que permanezca en ella hasta nuevas instrucciones.

La mujer le miró. El mozo había hablado en un tono cortés, sereno, aunque ella había sentido un estremecimiento en su cuerpo, adivinando la voz de Jaime tras las palabras del criado.

-Está bien, Cosme, ¿podría llevarme el equipaje hasta la casa?

-Por supuesto, señora, lo que usted necesite.

Cosme era un hombre de unos 50 años, su familia había trabajado desde tiempo para la familia de Jaime. Era alto, de piel oscura, pelo canoso y abundante... y una sonrisa luminosa de perfecta dentadura. En ocasiones, Beatriz se había fijado en sus manos grandes, de dedos largos. Alguna vez que la había ayudado a subir o bajar del caballo había apreciado el áspero roce de sus manos, encallecidas por el trabajo en las cuadras. Sin embargo, Cosme era algo más que un mozo de cuadra, era el amigo más íntimo de Jaime. Alguna noche se había desvelado y, ante la ausencia de Jaime en su cama, había sentido curiosidad. Entonces, saliendo de la habitación, les había oído a los dos, sus risas, sus palabras en tono confidente. Pasaban noches enteras conversando y bebiendo bourbon frente a la chimenea del salón. Pero Jaime nunca le había hablado sobre Cosme, y ella no se había atrevido a preguntar, aunque la curiosidad por saber la corroía por dentro.

Había deshecho sus maletas, guardado sus cosas en el armario y cajones de la cómoda, y había cambiado su vestido y zapatos de tacón por una blusa, unos tejanos ajustados y unas zapatillas. Tras la ventana de su habitación veía las ramas de los árboles agitarse por la fuerza del viento. El otoño había comenzado a pintar de tonos ocres, amarillos y rojizos lo que antes había sido una gama de verdes luminosos. Miró su reloj… era mediodía y tenía hambre.

-¿Vendrá pronto?-, pensó para sí.

Decidió bajar a la cocina a buscar algo de comer. No entendía por qué había tan poco personal de servicio en la casa; no estaba la cocinera y sólo había visto a su llegada a la casa a María, una chica joven de raza gitana, que Jaime había contratado un año antes. Era tosca en sus movimientos cuando llegó, no sabía nada sobre servir una mesa y, mucho menos, cómo atender a unos invitados; pero en el último año, esa piedra en bruto había sido transformada en un diamante puro. A su belleza natural de pelo negro y ojos oscuros, María había añadido el trato delicado. Aprendió formas educadas y discretas, tanto que, de no atraer la mirada de los demás por su hermosura, pasaría totalmente desapercibida aún estando presente.

Abrió el frigorífico y vio que estaba bien atendido. Se preparó una ensalada, tomó algo de jamón y queso y bebió una taza de café. Estuvo a punto de salir cuando recordó las palabras de Cosme; “el señor quiere que le espere dentro de la casa”. Volvió a mirar su reloj, instintivamente. También miró el reloj de la cocina, apenas un minuto adelantado al suyo.

-¿Cuándo vendrá?-, volvió a preguntarse.

Caminó por la casa revisando cada rincón, cada mueble... El lugar había sido una granja que el padre de Jaime reformó, convirtiéndola en una hermosa casa de campo, donde la madera llenaba un espacio importante creando un clima cálido, acogedor. Los pasos de Beatriz terminaron en la biblioteca, que era su estancia preferida en esa casa. Muy amplia, con dos grandes muebles con estantes que hacían ángulo recto en dos de las paredes. La pared exterior estaba ocupada por un gran ventanal que daba al jardín posterior de la casa, y la pared donde se situaba la puerta de acceso estaba completamente llena de cuadros, algunos de ellos retratos de antepasados de Jaime. Entre esos cuadros había uno de dimensiones reducidas; casi pasaba desapercibido entre los demás. El lienzo estaba enmarcado con una moldura ancha laminada en oro envejecido y, cosa incompresible, estaba colocado a una altura que, dado el tamaño del lienzo, hacía difícil poder descubrir sus detalles.

Beatriz se había sentido atraída por ese cuadro y, un día en que se encontraba sola en la casa, había colocado una de las sillas de asiento de cuero cerca de la pared y, subida sobre la silla, descolgó el cuadro y se acercó con él a la ventana. Quedó fascinada por el preciosismo de la lámina, por la recreación de detalles en un espacio tan pequeño, por la delicadeza de las tonalidades y..., sobre todo, por el tema escogido por su autor. Recreaba una escena en un lugar campestre, quizá una granja. El centro lo ocupaba la figura de una mujer desnuda, rodeada por grotescas figuras de hombres, alguno de ellos uniformados, con apariencia de militares. Los demás parecían simples labriegos. El conjunto de la escena recogía la brutal violación de esa mujer por los hombres que la retenían.

Después de contemplar detenidamente el cuadro se sentía agitada, acalorada incluso, y... nerviosa. Era duro, ¡pero a la vez tan hermoso! Pensó que el autor quizá había querido transgredir el amable estilo romántico que ocupó parte de la obra pictórica de mediados del siglo XIX. Esbozando una sonrisa volvió a colocar el cuadro en su lugar. En principio pensó en comentárselo a Jaime, pero luego se dijo que quizá esa experiencia debía guardarla para ella sola. Ahora recordaba aquel momento, una de sus primeras visitas a la casa varios años atrás.

Siguió recorriendo la estancia despacio. Se detuvo cerca de los estantes repletos de libros, fijando su mirada en la gran mesa de roble que ocupaba el centro de la habitación, recordando de repente la primera noche…

Fue un viernes. Durante meses, Jaime le había hablado de su casa de campo, de su infancia entre caballos y animales de granja, de cómo Cosme, mucho mayor que él, le había enseñado secretos de las aves que anidaban en el cercano bosquecillo, de cómo una vez Cosme y él habían ido a buscar ranas al riachuelo que bordeaba la alameda. Habían cogido una bien grande y Cosme la había atado por sus extremidades, tensándola y atándola en cruz a unas estaquitas clavadas en la tierra. Luego, encendiendo un cigarrillo, se lo habían pasado uno al otro y, de tanto en tanto, Cosme había acercado el extremo incandescente a la piel brillante de la rana. Al relatarlo, Jaime se reía, como quien cuenta una gracieta juvenil, ante la cara extrañada que mostraba Beatriz al escucharle.

Aquel fin de semana habían quedado con unos amigos para pasarlo en la casa, pero Jaime quiso estar un día antes a solas con ella, para enseñarle todo por primera vez. La cena había sido deliciosa, habían tomado una botella de chianty, habían hablado, reído, se habían mirado de esa forma tan especial.

-Tomemos una copa en la biblioteca-, había dicho Jaime. Era final de mayo, hacía una temperatura ideal…

-Espera que me adelante-, dijo Jaime. Y pasando delante de ella, encendió las velas de unos candelabros.

La brisa que entraba por una de las hojas entreabiertas del gran ventanal movía las llamas de las velas suavemente, y la luz de la luna terminaba por dar a la estancia un ambiente entre mágico y excitante. Jaime sirvió dos copas y acercó una a Beatriz, que la tomó en su mano sin apartar la mirada de los ojos del hombre, que parecían aún más brillantes en la semioscuridad, como los de un felino. Ambos sonreían. Tomaron un sorbo de licor y depositaron sus copas sobre la mesa.

Jaime la alcanzó por los hombros y la acercó a su cuerpo... ella tembló al sentir las puntas de los masculinos dedos rozándola. Él buscó su boca, y la besó. Beatriz, entreabriendo sus labios se dejó invadir por ese aliento que la subyugaba, aromatizado ahora por el bourbon. Jaime la estrechó por la cintura y la apretó contra sí. Ella le devolvió el abrazo.

No supo cuanto tiempo estuvieron así. Sólo se dio cuenta que él estaba tras de ella, que apartaba su pelo susurrándole al oído palabras hasta ahora inéditas. Sintió como su mirada se oscurecía cuando él le colocó aquel pañuelo sobre sus ojos. Apenas reaccionó cuando él, anudando la seda en su nuca, apretó...

Fue en ese momento cuando todo su cuerpo tembló. Sintió que sus piernas se aflojaban, que su cuerpo se abría, que una oleada de calor la recorría desde su centro en todas direcciones… y, de nuevo aquellas palabras, casi susurros, que Jaime le decía al oído. Palabras que hablaban de entrega, de voluntad, de sumisión…

Luego, sintió las manos de su amado en sus hombros. Los dedos de él, que desplazaban suavemente los finos tirantes de su vestido… y sus labios, carnosos y cálidos, que abrasaban su piel recorriendo el hombro hasta la base del cuello. Temblaba toda. Deseaba adelantar sus manos y tocarle, pero algo le decía que debía permanecer quieta. Sintió como el vestido se le deslizaba y dejaba al descubierto uno de sus pechos. Sintió de inmediato la reacción de su pezón cuando lo acarició la fresca brisa que entraba desde el exterior. Después... un instante que pudo durar un segundo, o toda una noche. La espera se hizo tensa. Su cuerpo expectante permanecía inmóvil. Sólo podía oírse ella misma respirando agitadamente, sintiendo que una corriente húmeda empapaba el interior de sus muslos.

De pronto, advirtió en su pecho una sensación punzante, fría... y húmeda. Sus sentidos se pusieron alerta, adivinó entonces que él estaba acariciando su pecho con un trozo de hielo, que desplazaba en zigzag en dirección a su pezón ya endurecido. Lo sintió frío en su areola, notó la caricia en la punta del pezón y se estremeció por completo, notando todo su cuerpo erizado. Luego, el hombre le desnudó el otro pecho y jugó también con el hielo. Cada vez sentía más calor, a pesar de la caricia fría.

Y la boca... que se cerraba sobre su pezón endurecido, cambiando la sensación fría por el aliento cálido. Y la lengua que se enroscaba sobre él, lamiéndolo con ansia. Y los dientes, que se cerraban mordiéndolo y haciéndola gemir con más intensidad. Sintió como las manos levantaban la falda del vestido. Notó los dedos apartando la braga. Fue consciente de cómo perdía el equilibrio y se precipitaba al vacío, hasta que su espalda topó con la mesa. Sintió las manos fuertes de él elevándola, tomada por sus nalgas. Sintió como separaba sus piernas, cómo su falda levantada casi cubría su cara. Notó los dedos, arañando en sus entrañas…y sintió la fuerza de su verga abriéndose paso entre los labios de su sexo, empapados por el deseo.

Con los ojos vendados se habían agudizado más sus otros sentidos, y pudo oler su aroma mezclado con su deseo. Del exterior llegó el aroma de las rosas y el jazmín. Se escuchó a sí misma, jadeante, y le escuchó a él sin entender aquellas palabras que profería en un ronco acento, hasta ahora desconocido para ella. Y sintió cómo él la apretaba con sus manos, y cómo la embestía con su sexo como hasta ahora nunca había sentido… no supo si fue ella, o fue él, o fueron ambos a la vez... sólo supo que estaba inundada, y al tiempo le había inundado a él.

Cuando Jaime le quitó el pañuelo de los ojos fue como si regresase de otra dimensión. Tomó conciencia del lugar, se advirtió desarreglada, sintió una extraña sensación de suciedad. Quiso decir, pero él cubrió su boca con la suya,

la tomó en sus brazos y la subió hasta el dormitorio. La desnudó por completo, preparó el baño y ahí pasaron parte de la noche, abrazados, hasta que el frío del agua hizo incómoda su estancia. Entonces siguieron abrazados en la cama, hasta bien entrada la mañana del sábado.

Despertó de ese recuerdo como despertó aquella mañana, plena de una agradable y extraña sensación. Advirtió que la tarde había caído. Las sombras inundaban la biblioteca, y sintió frío. Alcanzó la puerta y salió de la habitación. En el resto de la casa, alguien había encendido las luces. Llamó a María, pensando que habría sido ella. La buscó por el salón, llegó hasta la cocina. Pero la muchacha no se encontraba allí. Subió las escaleras, volvió a llamarla…Tampoco respondió. Entró en su habitación y se puso una suave chaqueta de punto, miró el reloj y se sorprendió de lo tarde que era.

-¿Cuándo vendrá?-, se preguntó otra vez.

Le dio pereza bajar a buscar algo de comer, así que se dejó caer en la cama y encendió el televisor. Estuvo pasando canales de televisión sin detenerse en ninguno de ellos, al final apagó el aparato y la luz de la habitación, y se quedó sobre la cama, pensando...

Su recuerdo la llevó hasta aquel sábado, cuando la llegada de Juan y Margarita les sorprendió aún acostados. Eran una pareja amiga de Jaime, igual que Alfonso y Adela, éstos matrimonio de más edad que todos ellos, que llegaron más tarde, cuando ya estaban comiendo. Fue un día agradable, se sentía muy bien acogida por las amistades de Jaime y estaba feliz. El día había sido caluroso y apeteció estar en la piscina, donde pasaron casi todo el tiempo. Luego, al caer la tarde, montaron a caballo hasta el anochecer y cenaron en el porche...

Se esforzaba por recordar, pero era todo cuanto había en su mente, y no era por el tiempo que hubiese pasado. Tampoco fue capaz de recordar qué pasó después de la cena, ni siquiera cuando terminaron de cenar. Sólo que sintió pesadez en sus párpados, como una sensación de sopor, quizá provocada por el vino; y aquella especie de sueño extraño, un sueño del que sólo llegaban pequeños detalles a su mente… Unas manos que la desnudaban. Manos en sus hombros, en su espalda, en su pecho, su vientre, sus muslos... Y besos..., y risas..., miradas... No conseguía ordenar nada más. Se esforzaba, pero resultaba imposible. Sólo tenía clara la sensación de aquel despertar, el escozor, una suave molestia que sentía en su sexo y en su ano, y aquellas marcas rojizas que cruzaban sus pechos. Volvió a pensar en aquel viernes, la primera noche en la biblioteca, y sonrió.

El ladrido de un perro la despertó. Estaba helada. Se había quedado dormida sobre la cama, vestida. Se incorporó y fue al baño, tomó una ducha caliente y bajó a la cocina. Tomó café y se preparó unas tostadas. Seguía sin haber señal de la cocinera, ni de María. Decidió, harta ya, salir de la casa. Había dormido mal, Jaime no se había presentado, no había llamado... estaba cabreada, muy cabreada.

Abrió la puerta y la luz del sol le cegó los ojos.

-¡No salga, señora, por favor'!-, oyó gritar a Cosme.

Se paró en seco, sintió rabia, y las lágrimas rodaron por sus mejillas. Giró sobre sí misma, y cerró dando un portazo. –“Debería odiarte” –, dijo pensando en Jaime. Anduvo nerviosa por la casa. De una habitación a otra, inquieta, miraba por las ventanas. Quiso entretenerse leyendo pero no conseguía concentrarse, sólo pensaba en él… Y le deseaba.

Tampoco ese día apareció la cocinera. De nuevo buscó en el frigorífico y comió lo que pudo sin tener que cocinar. No se encontraba con fuerzas de nada. Estaba tomando un café y fumando un cigarrillo mientras miraba al exterior por la ventana, cuando la puerta se abrió de repente y un resorte la giró de inmediato...

La desilusión pintó su cara. Era Cosme que traía un paquete en sus manos, lo dejó sobre una mesita y dijo... –“el señor me ha dado esto para usted”-.

-¿Ha venido?-, preguntó Beatriz sin disimular su ansia.

Cosme salió sin decir nada, ella le siguió unos pasos hasta la puerta mientras le gritaba pidiéndole información sobre Jaime, impotente y desesperada ante el silencio del hombre.

Volvió sobre sus pasos hasta la mesita donde estaba el paquete. Sobre él había un sobre, lo tomó en sus manos, lo abrió y extrajo el pliego de papel ahuesado. “Mi querida Beatriz, ¿has de ser siempre tan impaciente? Dentro de esta caja hay un vestido, póntelo sin llevar nada más y ve, a las cinco en punto, hasta la puerta de las caballerizas. Te amo. Jaime”.

Nerviosa, arrancó la envoltura del paquete. Una gran sonrisa iluminaba ahora su cara. Abrió la caja y levantó el vestido... blanco, largo y de escote redondo, sin ningún adorno. –“¡Qué extraño modelo!”-, se dijo para sí. Subió corriendo las escaleras, se quitó la ropa que llevaba, miró el reloj: las 4,30. Fue hasta el baño, cepilló su pelo rubio. –“¡No estoy maquillada!”-, se dijo. Sonrió y pensó... –“No me ha dicho nada sobre el maquillaje!”-. Se puso el vestido, buscó unos zapatos..., se decidió por unas sandalias con poco tacón y bajó presurosa las escaleras. Llegó hasta la puerta y... se detuvo en seco.

Aún faltaban unos minutos para las cinco. Trató de calmar su agitación. Respiró profundo, exhalando su aliento con fuerza. Miró el reloj y se decidió a abrir la puerta, sonriente. Salió al porche y caminó despacio, conteniendo sus ansias.

Cruzó el espacio que separaba la casa de las caballerizas. No veía a nadie. Buscó el coche de Jaime con la mirada, no estaba a la vista. Se acercó al lugar. La fuerte luz exterior impedía distinguir en el interior del pabellón, iba a entrar, cuando salió Cosme... No dijo nada, sólo la miraba.

-¿Dónde está el señor?-, preguntó Beatriz.

Cosme no respondió, y avanzó hacia ella. A la mujer no le gustó aquella mirada y retrocedió unos pasos, se giró y se encontró el camino cortado por otros dos desconocidos.

-¿Qué pasa?-, preguntó volviéndose a Cosme, -¿qué es esto?-...

Detrás de Cosme, desde el interior de las caballerizas, aparecieron otros dos hombres, vestían unas camisetas negras, sin mangas, y unos pantalones de tipo camuflaje.

-¡Desnúdese, señora!-, dijo seriamente Cosme.

-¿Qué...?-, es lo que pudo decir la mujer, mientras los hombres la cercaban más.

-¡Desnúdese!-, repitió Cosme.

Beatriz se sintió aterrada y sintió cómo la rabia, la impotencia y las lágrimas se apoderaban de ella.

-¡Desnúdese!, no lo ponga difícil, señora-, sentenció Cosme.

Beatriz, sollozando, comenzó a quitarse el vestido, dejándolo caer a sus pies.

-Déme el vestido, señora-, dijo Cosme.

Ella dudó un momento, luego se agachó y levantó el vestido, extendió su brazo y se lo entregó a Cosme. Se sintió vergonzosamente expuesta. Uno de los hombres se le acercó por la espalda y la tomó por los brazos, sujetándoselos atrás. Ella reaccionó e intentó zafarse. Enseguida, los demás se abalanzaron sobre ella. Se sintió elevada y transportada hasta la entrada de las caballerizas.

La tumbaron de espaldas, sobre el suelo. Sintió como la sujetaban por piernas y brazos. Sintió una boca que violaba su boca. Quiso cerrarla y se sintió mordida en los labios. Manos como garras arañaron su sexo, dedos como zarpas la rompieron por dentro. Gritó cuando se sintió penetrada. Manos que apretaban sus pechos y retorcían sus pezones. Luego fue otro, y otro…No sabía en qué momento era quién, hasta que Cosme tomó su cara entre sus manos y le habló...

-Señora, ahora voy yo, ¡entérese bien...!

La penetró con fuerza una vez y otra, y otra... Pese al dolor, al cansancio, a las heridas..., no podía apartar sus ojos de la cara de aquel hombre. Luego la levantaron, la pusieron boca abajo sobre una bala de paja, la sujetaron por los brazos y, de nuevo, la voz de Cosme...

-¡Siéntame, señora...!-. La agarró por el pelo. Levantó su cabeza hacia atrás al tiempo que la penetraba por el ano. Beatriz sintió que se partía en dos. El dolor fue tan intenso que casi desfalleció.

-¡Dadle la vuelta!-, oyó decir de nuevo al empleado. Tumbada sobre la paja, su espalda arqueada..., se sintió penetrada de nuevo por Cosme, pero ya no podía más y se abandonó.

Ya no la sujetaban. Uno de los hombres intentaba meterle su miembro en la boca cuando al fin Cosme, lanzando un alarido bestial, se dejó ir dentro de ella, y al tiempo, los demás derramaron sus corrientes lechosas sobre su piel cubierta de sudor, tierra, paja...

Magullada, herida y ultrajada, no sabía que tiempo había durado todo aquello, sólo se sentía rota. Las lágrimas se habían secado en su cara y el semen, también seco, daba a su piel sensación de acartonada. Se incorporó como pudo y salió del cobertizo. Su mirada era turbia pero lo vio; vio su vestido dispuesto de una extraña forma, sobre una horquilla clavada en una bala de paja. Daba la impresión de ser una bandera derrotada.

Caminó hasta la casa. Subió las escaleras. Despacio. Sintiendo cada parte de su cuerpo mancillada y dolorida. Llenó la bañera de agua. Se sumergió en ella. Tiró del tapón, vaciándola. Sin salir, abrió la ducha y dejó que el agua fría hiriera su cuerpo. De repente se iluminó su mente... -¡el vestido! ¡El vestido en el cuadro!-. Salió presurosa de la ducha, se enrolló una toalla y bajó lo más rápido que pudo hasta la biblioteca. Abrió presurosa y buscó el cuadro en la pared... no estaba.

Entonces reparó en las luces encendidas y escuchó la voz de Jaime...

-Hace rato que te espero, amor mío-. Se giró y le vio sentado.

Al otro extremo de la sala, a sus pies, desnuda, arrodillada y sentada sobre sus talones estaba María. Jaime acariciaba su pelo negro. Beatriz le miró a la cara sin decir nada, y bajó su mirada de nuevo hasta la muchacha. Confirmó entonces lo que había creído ver: el vientre abultado de la joven María denunciaba su embarazo. Miró a la mesa de roble y vio sobre ella el cuadro y un gran libro.

-¡Acércate, amor mío!, le dijo Jaime.

Beatriz, temblando, se fue acercando despacio. Él levantó el cuadro, mostrándoselo. Ella buscó el detalle del vestido, colgado sobre una horquilla clavada en un montón de paja.

-¡Es mi bisabuela!-, dijo Jaime. Y abriendo el libro sacó de entre sus páginas un par de fotografías, una de ellas en blanco y negro, y las puso sobre la mesa de forma que Beatriz las pudiese ver. Ambas fotografías reflejaban la misma escena del cuadro.

-Ésta -dijo Jaime señalando la que parecía más antigua-, es mi abuela; y esta otra es mi madre.

Beatriz, asombrada, le miró a los ojos. Entonces él, sonriente, le dijo...

-Beatriz, amor mío, ¿quieres ser mi esposa?

Donatio

lunes 13 de abril de 2009

nadine, enculada


video
Este video fue grabado en una sesión en la que participó un Amo invitado (de la que ya se ha puesto otro video). En esta ocasión el invitado disfrutó follando el culo de nadine.

Sesión de agujas con la perra T.









Fue una larga sesión con la esclava nadine y la perra T. Las fotografías recogen el momento de las agujas sobre el cuerpo de la perra T.

miércoles 8 de abril de 2009

Sadomasoquismo


Cuando Freud comenzó a elaborar su teoría de la sexualidad, ya a las atipias sexuales se las llamaba perversiones. Esto ocurría a fines de mil ochocientos y primeras décadas del siglo pasado. El Psicoanálisis designó como perversión a cualquier acto sexual que no fuera el "normal", siendo entendido como tal el coito dirigido a obtener el orgasmo por penetración genital y con una persona del sexo opuesto. Después de todo lo que ha llovido, actualmente, se habla de parafilias, “desórdenes sexuales caracterizados por fantasías sexuales especializadas, así como necesidades y prácticas sexuales intensas”. Incluso últimamente algunos sexólogos, acotando un poco más la cuestión, han planteado la idea de llamar inadecuaciones sexuales a aquellas parafilias que se dan entre personas adultas, de mutuo acuerdo y que no producen daños graves ni escándalo público. Esta idea surge del hecho de que muchas veces se estigmatiza a quien sufre una parafilia que no afecta a otras personas ni a la sociedad y que es vivida por quien la sufre sin conflictos.
La eterna manía de etiquetarlo todo. Personalmente, entre ser una “inadecuada sexual” o una perversa, prefiero la segunda acepción, pero… ¡DSM-IV manda!
En principio, los gustos sexuales en sí no han de ser “perversos” o sintomáticos de conductas patológicas, siempre y cuando no sean el único medio para encontrar placer, ni aparezca un claro descontrol de la conducta. El fetichismo, por ejemplo, no es patológico, pero… existió alguien que únicamente llegaba al orgasmo cuando veía moscas, esto, no me negarás, resulta cuanto menos risible, ¿no? La obsesión es lo patológico, de modo, que no nos sintamos raros.
A pesar de esto, algunos aún les da miedo hablar de sadismo y de masoquismo. ¡Cuantos dominantes dicen no ser sádicos, y acto seguido preguntan si gustan los azotes, la cera, o las agujas, o sumisos que niegan el dolor, pero que piden una buena tunda! Particularmente, creo que hay que llamar las cosas por su nombre, y si uno gusta de infligir dolor o de recibirlo, en mayor o menor medida, se es sádico o masoquista en esa misma medida. Pero es que yo soy muy clara hablando, no me lo tengas muy en cuenta ;).Cuando en los juegos de D/s aparece el dolor yo prefiero hablar de SM, pero es mi modo, no es ni tiene por qué ser norma.
¿Métodos o útiles que sirven para los juegos de SM? … Infinidad, no voy a hacer aquí una lista de utensilios sado. Cualquier cosa puede servir, sólo depende de la imaginación y los posibles de cada cual. Sólo quiero resaltar ahora lo que creo fundamental en este tema.
Tenemos claro que el consenso es primordial en la D/s. En el SM con mayor necesidad, y además un apunte... La seguridad. Pueden llevarse a cabo prácticas extremas con la mayor seguridad, utilizando simplemente un poco de sentido común y teniendo en cuenta la anatomía y la fisiología. Juega todo lo que desees, pero sin perder la cabeza, sabiendo en todo momento lo que te traes entre manos. El dominante debe estar atento a las reacciones del sumiso, y la palabra o signo de seguridad se hace imprescindible en este tipo de juegos. Siempre informarse bien antes de intentar un nuevo juego, recabar información sobre riesgos y consecuencias, ser precavido, e ir despacio. No hay por qué llegar al tope en la primera sesión.
Pero, que esto no te abrume. La D/s y el SM son mundos apasionantes en los que uno se descubre a sí mismo y descubre nuevas cosas en los demás, puedes cambiar tu percepción de muchas cosas, y, aunque no lo parezca, podrás hacer brillar intensamente los lugares más oscuros de tu Alma.

martes 7 de abril de 2009

D/s



Si hablamos de Dominantes y sumisos, podemos pensar en distintos tipos de carácter, de hecho, lo son, pero en nuestro mundo, no todo es lo que parece. Conozco dominantes que son suaves y dulces en su vida diaria, y sumisos con una gran personalidad ( de algunos incluso dicen que somos muy bordes). El rol adoptado, no tiene por qué corresponder con el carácter de cada cual, primera regla a tener en cuenta por aquél que desee darse una vuelta por estos lares.
Otra cosa en la que hacer hincapié dentro del mundo de la D/s, es que es sexo.. ¡Claro que es sexo! Pero no es simplemente eso. Situaciones cotidianas podrán adquirir una nueva dimensión, terminarán empapándose de un algo excitante y sexual (hasta ir a pagar un recibo al banco, sí, cualquier situación). No es genitalidad. Es, y no es… lo impregna todo, porque está en la mente, en la intención con que se hacen las cosas. No es lo que se hace, sino cómo se hace.
Algo más, y fundamental... Es un juego. Pero un juego con unas reglas, un juego en el que los jugadores, aunque no lo parezca, están al mismo nivel, donde cualquiera puede abandonar la partida en el momento en que no satisfaga. En el que las reglas, son de dos, dos que proponen, dos que se comprometen, y dos que arriesgan, al mismo nivel. Ya sabes el dicho... O jugamos todos, o se rompe la baraja. Atención a las dominancias que encubren un yohagoloquequieroquesoyelquemanda, atención a las sumisiones que son formas de obtener un beneficio propio, o un yotedoyaverquéesloquesaco. Jugamos con el cuerpo, pero, sobre todo, con el Alma, y esa, hay que cuidarla siempre.
Muchos jugadores se ciñen al manual del perfecto jugador, otros improvisan, otros juegan al ajedrez con el manual de las tres en raya. Todo sirve, con una única condición, a mi modo de ver, una única regla, o mejor dos; sinceridad y respeto. Parece simple, ¿no?, Y lo es.


Pero... Ya sabemos que al género humano le gusta complicar las cosas, que somos imperfectos aunque nos empeñemos en aparentar lo contrario, y que a veces sale el depredador que llevamos dentro, con lo que el juego se puede transformar en un campo de batalla, por eso, otra condición muy necesaria para que la partida sea satisfactoria… no correr demasiado, no sea que se nos caigan los dados del cubilete.


Ojo, vista y al toro, pero sabiendo bien con quién nos jugamos las cosas.

lunes 6 de abril de 2009

BDSM


BDSM, D/s, SM… ¿Qué es toda esta colección de siglas?.

Distintas maneras de llamar, así de simple. No te asustes si es la primera vez que te enfrentas con ellas, son menos complicadas de leer que las de algunos partidos políticos. Muchos se empeñan en rodear todo este mundo de parafernalia, modos, maneras, posturas, que son muy respetables y muy atractivas, pero, para el que se acerca de primeras a este mundo, quizá solo sirven de elemento de distracción, e impiden que se adentre en la esencia, a mi modo de ver, de esta forma de vivir las relaciones, esencia que, para mí, es un modo de sentir, de hacer, de disfrutar. Así de simple… y así de complicado.
Antes de entrar en materia resaltar un punto fundamental, el más fundamental. Las relaciones de D/s o el BDSM han de ser consensuadas, yo no las entiendo de otra manera, si no es así, se trata de maltrato y de abuso. Son roles que se adoptan libremente, y nada hay que impida cesar la relación, esto no es un contrato a tiempo indefinido, es más… sería interesante revisarlo cada cierto tiempo, ya que lo que hoy es blanco, mañana quizá sea ya de un tono grisáceo. Y donde dije digo…

En cualquier caso, cada cual ha de saber bien qué desea y hasta dónde está dispuesto a dar o recibir. El diálogo y la sinceridad absolutas son, por ello, imprescindibles para la buena marcha de la relación.
El termino BDSM es utilizado mayoritariamente en la cultura anglosajona, particularmente, prefiero hablar de D/s y de SM; Dominación/sumisión, y Sadomasoquismo, porque creo que definen perfectamente dos actitudes que no han de venir siempre unidas.

sábado 4 de abril de 2009

El Viaje VI

El silencio sonaba llenándolo todo. El aire fresco de la madrugada acariciaba sus cuerpos desnudos. Sentía cada centímetro de su piel, revivía cada momento estremeciéndose, sabía de marcas, de dolor, dolor que percibiría al día siguiente, dolor que la haría recordar, y sonreír de nuevo, como tantas otras veces. Le veía a su lado, dormido plácidamente, con una expresión de paz, casi como un niño inocente en su cuna. Rozó su pelo negro, sus labios suaves. Con su mirada acariciaba cada milímetro de piel en aquél rostro adorado y tan conocido. Se perdía en la contemplación y recordaba... Y sabía. Y sentía.
Recordaba esos ojos ahora cerrados con miles de expresiones. El dominio, el cariño, la ternura, la alegría, el orgullo, la seriedad en algunos momentos, la expresión cuando hablaba de miles de cosas. Tantas cosas dichas y sentidas. Sentía... El ardor en su piel. La alegría de haber sido usada, de haber servido como la ordenaron, de dar, de sentir, de querer, de adorar, de sentir el hilo que los ataba, que los unía a cada paso, sabía. Sabía que la guiaban con mano firme a lo más alto. Sabía que nada temía en su compañía. Sabía que era suya, como de nadie. Sabía que todo lo podía en ella. Sabía del cariño, de la ternura, de la total confianza, del respeto que había entre ambos. Estaba feliz..
Se perdía en la contemplación de aquella cara, de aquellos ojos que se abrieron, somnolientos y sonrientes. Se fundieron en un abrazo eterno, uno del otro. Comenzaba un día más en aquel viaje, lleno de experiencias, sensaciones, de cosas inimaginables que a ambos les hablaban de ellos mismos y del otro. Un devenir de cosas que hacía el lazo más fuerte, el deseo más intenso, la entrega más verdadera, que crecieran las ganas de compartir y saber.
Seguirían viajando, de la mano.

Primavera 2001

El Viaje fue un relato iniciático. Seguramente no es mi mejor relato, ni el más jugoso, ni el mejor escrito, pero tiene una carga simbólica muy fuerte para mí. Con el tiempo sigo sonriendo al releerlo, por tantas cosas!


nadine de Donatio

viernes 3 de abril de 2009

Siguiendo su rastro

... Como tarde llegué a ese bar de pueblo silencioso -el pueblo, que no el bar-; el espacio del local lo llenaba un murmullo que delataba un hecho ocurrido, sin duda extraordinario para aquellas gentes.
No tardé en confirmarlo... por encima del acre olor a sudor que desprendían aquellos cuerpos flotaba en el ambiente su aroma de hembra... ¡inconfundible!
Sonreí..., otra vez se me habían adelantado. Tomé una cerveza helada y salí de nuevo al sol... Mi suerte, como mi británica puntualidad de otros tiempos, estaba cambiado; el aire acondicionado del coche se había estropeado.
Con las ventanillas bajadas, el aire de la campiña abrasando mi piel, seguí su rastro. "Aquello que vale la pena, cuesta", -pensé...-, ¡menos mal que mi paciencia es infinita!

Donatio (2001)

El Viaje V

Las primeras sombras de la noche les envolvían. Llegaron a un hostal en aquél pueblo callado, adormecido, perdido no se sabía dónde. Estaban silenciosos y sonrientes, y más sonrientes pero menos silenciosos entraron en la habitación. Era sencilla, pero cómoda, y estaban felices de estar en un sitio donde descansar por fin. Decidieron refrescarse un poco y cenar, había un pequeño bar en el mismo hostal, y pensaron comer algo allí mismo.
-Te quiero muy guapa esta noche, que todos vean mi propiedad, que sientan el orgullo de mi sierva, y el orgullo de su amo -. Él eligió para ella un vestido negro, largo y de tirantes, que marcaba las curvas de su generoso pecho, una braga negra de encaje, y un sujetador del mismo color que resaltara sus senos. Se vistió tal y como él deseaba, y maquilló ligeramente su rostro, haciendo más apetecibles sus grandes ojos verdes y su boca. Bajaron riendo, cogidos de la mano, y ella orgullosa, gozosa de estar con él, y disfrutando de su aroma, de su piel, de los ojos que la hablaban, de su presencia.


Cuando entraron al bar, el efecto de siempre. La pareja que formaban se rodeaba de un halo de muchas cosas. Se sentía el hilo tenue que los unía, el deseo, la entrega, el poder de él, el orgullo de ella…. Siempre los ojos extraños se fijaban, envidiosos, atraídos, intrigados por aquello que los envolvía. No había mucha gente en el bar. Se sentaron en una mesa en el centro, y comieron frugalmente sin que las sonrisas, las miradas cómplices y las caricias dejaran de volar entre ellos. Casi acabando los cafés, él le acercó la llave de la habitación –Sube- ella obedeció.


Se levantó despacio, cruzó el pequeño restaurante y se encaminó hacia la habitación. Su cuerpo ya se estremeció cuando vio la llave y escuchó la orden. Sabía que sería usada... ¿Cómo? No importaba eso, sólo que su señor la reclamaba, de la forma que fuera, y eso bastaba para que su piel se erizara, para que su respiración se acelerara, y para que el calor invadiera su cuerpo. Entró en el cuarto. Sobre la cama había un sobre y un pañuelo. Abrió el sobre despacio. Todo se había transformado en esa liturgia previa, en ese estado que la hacía percibir las cosas de distinta forma. Leyó la nota, eran unas instrucciones –Desnúdate, ponte el pañuelo cubriendo tus ojos y espérame tumbada en la cama-


Cumplió las ordenes, fue desnudándose poco a poco, colocando cada pieza sobre una silla, con cuidado, sintiendo como si su Dueño la mirara al hacerlo, y estremeciéndose al sentir. Tapó su mirada con la tela, apretando bien para que ni un resquicio de luz llegara a sus ojos, y se tendió sobre el lecho, quieta y esperando. Escuchaba, esperaba... Su oído se agudizaba deseando distinguir el más mínimo sonido que le hablara de él. Toda su piel estaba encendida, sus pechos erizados y entre sus piernas abiertas, su sexo palpitaba, deseoso. La puerta se abrió despacio, ella tembló más, inquieta, callada, excitada. Sintió unos labios en uno de sus hombros, más calor, más temblor, más humedad. Cesó el contacto por un momento que se hizo eterno, ella esperaba ansiosa, entregada.


Cuerdas que se deslizaban por sus muñecas, por sus tobillos, cuerdas que la abrían, que la hacían estar más expuesta, inmóvil… Manos que inspeccionaban su cuerpo, que erizaban sus pezones, que comprobaban su humedad, que la llevaban al cielo…. Y ella quieta, sabiéndose nada, dispuesta a darlo todo, cualquier cosa...


Primavera 2001


nadine de Donatio

La entrega de nadine


video

jueves 2 de abril de 2009

El Viaje IV


Pasaban las horas sin sentir. No tenía idea de hacia dónde iban ni de lo que la esperaba. Disfrutaba. Del calor que la envolvía, de la luz, de la música compartida, de la presencia… de Su presencia. Nada importaba, ni dónde, ni cuándo, ni qué. El simple hecho de verlo a su lado la llenaba de tranquilidad, provocaba una sonrisa en sus ojos y hacía que se estremeciera su alma sabiéndose suya. Hablaban de todo y de nada dándole vueltas a las cosas, a la vida, a los pequeños hechos cotidianos… reían... Se sentía la amistad, la ternura, la complicidad, el deseo. Ese hilo tenue que les unía, tenue pero fuerte, yendo de alma a alma manteniéndolos atados uno al otro en el viaje…. ¿Hacia dónde? … No sabía. Pero se sabía en las mejores manos, se sentía cuidada, querida, enseñada, exigida, usada, tenida, guiada… dónde, como y cuando su Señor quisiera.

Pensaba en su vida pasada y se reía de ella misma por dentro. Hace años creía sentir, creía querer, creía saber dar. Ahora sabía que no fue así. Después de conocerlo, su vida se transformó en un devenir de sensaciones. Ella le dio su mano confiada al pié de una escalera para que la guiara, y desde entonces no habían dejado de subir peldaños juntos poco a poco, pero sin parar, hacia muy arriba. Él fue investigando en su vida, se zambulló en sus secretos, en sus miedos, en sus ansias y deseos, en su alma. Para ella fue algo nuevo, siempre se había guardado. Le mostró cada rincón de su mente, todo lo bello y todo lo oscuro de su interior, abriéndose del todo, dándose entera, en cuerpo y alma, dejándose moldear por y para Él. Conforme se iban conociendo crecía la confianza, el deseo de dar, la alegría por servir, la plenitud por recibir… cualquier cosa. Una mirada, una caricia, una sonrisa, un azote… placer... dolor...

Su mente se entretuvo en una escena ocurrida hacía tiempo… estaba desnuda ante su Dueño, de pié, erguida ante Él. Sus manos la recorrían, despacio, apretando sus pezones, hurgando entre las piernas donde el calor y la humedad iban en aumento. –Hoy te pediré más- le había dicho. Cubrió sus ojos con un pañuelo, no veía nada. Sólo sentía las manos que apretaban, hurgaban y acariciaban, sentía su propio deseo, y el silencio.

Algo frío rozó sus pezones, los abarcó y fue aprisionándolos poco a poco, sin pausa. Dolía. Una vuelta más, el dolor aumentaba, y la mano debajo de nuevo, buscando en sus pliegues calientes y mojados, la mano que entró en su boca, los dedos que ella lamía con ansia, caliente. Las manos que jugaron con aquello que apretaba, aumentando el dolor, traccionando. Sentía arder sus pezones, sus pechos tirantes, casi no podía soportar… pero la voz la calmaba, y la mano la llevaba al cielo. Dolor y placer. Seguía quieta, silenciosa, respirando agitadamente, sintiendo sus pechos torturados, sintiéndole a él, y sabiéndose suya, ofreciéndolo todo.

Destapó sus ojos y la ordenó mirar. Se vio reflejada, los pezones aprisionados con unas pinzas de las que colgaban unas pesas que estiraban sus pechos hacia abajo. Dolor. Pero vio Su cara. Sus ojos brillaban complacidos, mirándola y una sonrisa iluminaba la cara adorada. Él liberó sus pezones despacio, de nuevo una punzada los atravesó haciéndola temblar, los acarició despacio y alivió el dolor lamiéndolos suavemente. La abrazó fuerte y la besó con una inmensa ternura, ella le miraba con los ojos brillantes por las lágrimas pero iluminados por una sonrisa.

Aquél día subieron un peldaño más, Él la enseñó el verdadero significado del dolor, de esa forma de entrega. Del por qué la sonrisa al día siguiente cada vez que se rozaba y dolía de nuevo, del ritual del dolor ofrecido para el placer del otro… del no ser nada, y darlo todo.

La luz abandonaba los campos que recorrían aparentemente sin rumbo. Una sombra al final del horizonte se iba haciendo poco a poco más grande, otro pueblo. Se adentraron en él, dando vueltas por sus calles. Él sabía dónde iban. Ella no sabía nada… sólo de quién era.


nadine de Donatio

Belleza entregada




A veces me dicen que soy un tipo con suerte, por poseer una sumisa, esclava, como nadine. Suelo decir que no es cuestión de suerte, que para tener a una mujer como ella hace falta mucho más que un golpe de fortuna. Pero sí he de reconocer que soy muy afortunado, me lo repito cada vez que contemplo su belleza que es mucho más que su físico.

Acre

Cuando entro al local apenas puedo ver. No es que la oscuridad sea excesiva, pero fuera la luz es muy fuerte. Poco a poco mis ojos se acostumbran y comienzo a ver mejor. Conozco el sitio, está a treinta kilómetros de un lugar concreto y a miles del norte de mi vida. Camino por la gran sala hacia el final de la barra, ocupo un taburete, y espero a que el camarero me atienda. Pido una copa, güisqui, solo y sin hielo. El camarero, único en ese momento, me mira mal; si no pone hielo tendrá que ocupar la copa con licor, y eso no es bueno para su negocio. Me sirve y dejo un billete sobre la madera de la barra. Sin decir nada me trae el cambio y se retira.

Apenas hay clientes, es temprano para ese sitio, un par de tipos y yo. Una chica habla con ellos. Echo un vistazo y distingo dos o tres chicas más que se mueven en la penumbra al son de música de salsa. El sonido no está demasiado alto. A pesar de la cutrez general se está bien. Poco a poco, las chicas danzantes van acercándose a la luz. De momento son dos, mulatas. Deben ser colombianas –pienso–. Son altas, una lleva el pelo muy corto y teñido de rubio, la otra luce una larga melena negra completamente lisa. Visten como visten las mujeres en esos sitios, es decir, no visten. Se giran mostrándome sus generosas nalgas, la estrechez del tanga se pierde en la raja de sus culos. Una calza zapatos de fino tacón y altas plataformas, la otra unas botas rojas acharoladas que cubren sus largas piernas hasta medio muslo.

Espero a que se me acerquen. Una me entra por detrás, hacia mi izquierda, me dice algo tan suavemente que no lo entiendo. La otra está justo delante de mí, aparta mis piernas apoyando sus manos en mis rodillas y se mete entre mis muslos. No dice nada, solo sonríe, mostrándome una dentadura perfecta. Se roza contra mis muslos y la dejo hacer. Siento a la otra a mi espalda. Pienso si debería excitarme, y parece que la que tengo delante me adivina el pensamiento porque, sin decir nada, lleva su mano a mi entrepierna buscando mi polla. Por encima de la música, escucho algo como: hhhhmmm!!

Se da la vuelta, pegando su culo a mi bulto, moviéndose cadenciosa. La tomo por la cintura y la empujo fuera de mí. Me mira extrañada, y al instante está su compañera ofreciéndoseme.

- ¿Te gusto yo más?...- Niego con la cabeza. la primera intenta venderse.

- Te hago lo que quieras, amor.

Vuelvo a negar con la cabeza. Esta tarde no me apetecen colombianas, estoy cansado de ellas. Me aburren sus acentos tan dulzones, ese “mi amor” arrastrado todo el tiempo en sus labios.

Me vuelvo a la barra y doy un trago al güisqui. Entran un par de tipos más y por el fondo, de una puerta situada a la izquierda, van apareciendo varias chicas. Más mulatas y una rubia, muy delgada y muy alta con pinta de rusa o país vecino, que van repartiéndose por la sala. Algunas se han parado con los tipos recién llegados y se escuchan unas risotadas. Sigo con la vista a la rusa, da igual que no lo sea a mí me lo parece. Su aspecto es tímido, parece muy joven, camina despacio por el local. Va desvestida con un escueto bikini y sandalias de tacón altísimo. Observo que no se relaciona con las demás, y va a situarse en una zona de semipenumbra. Se apoya sobre una mesa pequeña y alta, y enciende un cigarrillo. Las volutas que exhala van cambiando de color en tanto se expanden en el aire del local.

Se me ha acercado otra mulata, me llama guapo y me roza el muslo.

-¿Subimos?-, me dice.

Niego con la cabeza sin decir nada. Ella insiste y se me inclina, en parte para mostrarme sus tetas, en parte para hablarme al oído. Con acento dulzón y arrastrado dice:

- Hacemos lo que quieras, mi amorrr...

No digo nada, y a falta de respuesta se aparta de mí; espera unos segundos y, como paso de ella, se retira ondulando sus caderas. Me percato de que otra me mira. Parece que ha estado pendiente de la escena anterior, porque me sonríe.

No es de color, parece de la tierra. También viste distinto, un short blanco muy corto y una camiseta, aparentemente celeste, que deja desnudo todo su vientre. Es morena y parece joven. Me fijo en sus pies y apenas lleva tacón en sus sandalias, no son sandalias de puta, cualquier chica las lleva por la calle. Como no dejo de mirarla se arranca y viene hacia mí. Apenas a un metro descubro que parece más joven que en la distancia, su pelo castaño parece muy suave, lo luce en una media melena. Cuando está a mi lado, sin dejar de sonreír, me pregunta:

- ¿No te gustan las colombianas?

- No, respondo seco.

- ¿Por qué?-, insiste ella.

- Las negras no son viciosas, -respondo-, y ella suelta una fuerte carcajada.

- ¿Y las blancas sí?

- Tú no tienes pinta de puta, aunque en el fondo lo seas más que todas éstas -ella sonríe, y sigo- pero esas putas, lo hacen por dinero, no por vicio.

- ¿Piensas que yo lo hago por vicio?

- Eres joven, guapa, tienes un bonito cuerpo..., vamos que estás lo que se dice muy buena. Podrías estar, ahora, en cualquier boutique de la capital jodiendo a las chicas que no tienen cuerpo para vestir lo que venden allí; y no aquí, para que te jodan cuatro viejos babosos como esos -digo señalando a los que se afanan en tocar el culo a una mulata de pelo rubio y rizado-.

Me vuelve a sonreír y apoya su mano derecha sobre mi hombro.

- Así que yo lo hago por vicio, según tú.

- Eso creo.

- Entonces..., ¡soy lo que buscas...!

- Esta tarde sí.

- Subamos entonces.

- No, todavía no, tómate una copa conmigo

- ¡Claro! –dice–, y arrastrando un taburete se sienta frente a mí, cruzando sus piernas. Hace un gesto al camarero, y al cabo de unos minutos se acerca depositando una copa sobre la barra, ante ella.

-Me llamo Gloria, -dice-.

- Ese no es nombre de puta.

- Es mi nombre, ¿y el tuyo?

- Carlos.

- ¿Es tu verdadero nombre?

- No, pero las putas me conocen así.

Espero a que tome un sorbo y vuelva a dejar el vaso. Entonces, pongo mi mano abierta sobre su muslo desnudo y lo acaricio, es suave, muy suave.

- ¿Qué me vas a dar? –pregunto-.

- Lo que tú quieras -responde ella, sin dejar de mirarme-.

- Lo quiero todo.

Ella sonríe y dice: -lo tendrás todo.

- Y ¿cuanto me va a costar?

- Si estamos una hora, soy toda tuya por 15.000.

- Pienso darte por el culo.

- No, -responde-.

- ¿No?

- No, el culo no

- Entonces..., ¿por qué me has dicho que te darás entera?

- Lo que quieras, pero el culo no lo hago.

- Me he equivocado –respondo-, creo que no debemos perder más tiempo.

- ¡Joder! -exclama seria-, ¿es que no te es bastante con mi coño y mi boca?

- Yo te pago y tú me das, quiero hacer lo que me plazca. Así que decídete, no tengo mucho tiempo que perder.

Se baja del asiento y toma su copa en la mano, hace ademán de marcharse, camina dos, tres pasos... se gira y desanda rápido.

- Está bien, pero te costará otras 10.000.

- De acuerdo –digo–, vamos arriba.

Camina a un par de pasos delante de mí, la observo desde atrás y las mulatas me observan a mí. Salimos por la puerta del fondo a la izquierda, ya conozco esa zona. Giramos otra vez a la izquierda y empezamos a subir...

A mitad de la escalera meto mi mano derecha entre sus muslos, desde atrás, y aprieto. Ella se detiene, sin girarse. Avanzo mi mano y busco con mis dedos sus labios bajo el short, arrastro la mano hacia atrás y aprieto su culo. He recuperado el peldaño que me adelanta, estoy a su altura, la giro contra la pared y aprieto sus tetas con mis manos.

- Abre la boca -le digo-, y me pego a ella como una lapa. Le meto la lengua hasta donde me alcanza en el interior de su garganta sin dejar de apretar sus tetas. Siento sus pezones duros bajo las palmas de mis manos y pienso en las pollas que habrán ocupado el lugar que ocupa ahora mi lengua. Me separo de ella y adelanto un peldaño, le extiendo mi mano y la toma con la suya, de esa forma subimos los escalones que nos quedan.

- Espera, -me dice una vez hemos llegado al piso superior-. Y se aparta un momento tras un mostrador, en lo que parece una pequeña recepción. Abre la portezuela de una taquilla y toma una llave. Luego, abre otra puerta y coge una caja de condones.

- Se han terminado en la habitación, -dice-.

La sigo por el estrecho pasillo, hasta que se detiene ante una puerta, introduce la llave y empuja. Pasamos adentro.

En el interior de esa habitación, domina la misma cutrez que en el piso inferior. Sobre una mesilla hay un pequeño peluche con forma de oso y, en el suelo en un rincón, un par de zapatos de plataforma y alto tacón. Me quedo mirándola.

- La habitación es de una de las chicas, la tomo prestada cuando tengo un cliente. Yo no pernocto aquí, vengo todas las tardes y me vuelvo a casa cuando quiero. Pon una peli -me dice-.

- ¿Para qué?

- Para entonarnos

- Yo no necesito entonarme, -respondo-.

- Da igual –insiste- ponla de todas formas, son las normas.

Tomo un par de monedas y las introduzco en la ranura que hay junto al televisor, que se ilumina con la imagen de una mulata chupándosela a un tipo rubio.

- ¡Joder con las morenas! –exclamo-, y la chica se sonríe.

Saco de la cartera el dinero tratado y se lo entrego, luego me dice:

- Tengo que lavarte.

- No, me lavo yo solito, pero puedes mirar.

Me sigue al baño, conozco el procedimiento. Me desnudo y cuelgo la ropa en un perchero. Abro el agua caliente del bidé, rápidamente ella mete su mano y deja que el chorro de agua moje su dorso.

- Es por si está demasiado caliente, -dice-.

Su gesto, aunque automático, me ha parecido tierno. Hay un bote de gel, pongo un poco sobre mi mano y me agacho sin rozar el bidé. Restriego el jabón sobre mi polla y mis huevos, luego paso la mano por mi culo y me enjuago; ella me alcanza una toalla.

- Es limpia -dice desdoblándola-.

Me seco y me aparto, sin dejar de mirarla.

- Ahora yo, -dice mientras se quita el short, y se agacha-. Me mira cuando se lava el coño y agrega:

- No me gusta que los clientes me vean cuando hago esto.

Espero a que termine. Está frente a mí solo con la escueta camiseta y las sandalias; lleva el vello púbico recortado. Tranquilamente pasa una toalla por su sexo y lo seca, luego se la pasa por detrás para secarse el culo. Cuando ha terminado me acerco a ella y le levanto la camiseta. Me quedo mirando sus pechos, no son muy grandes, pero son preciosos, de areola sonrosada y pezón sobresaliente y duro. Tomo sus tetas en mis manos y las aprieto, no decimos nada, solo se escuchan los gemidos de la cinta porno del televisor.

Me inclino sobre su pecho izquierdo y lamo el pezón, lo atrapo entre mis labios, lo chupo, acabo por morderlo y ella lanza un gritito, pero no se mueve ni dice nada. Bajo mi mano derecha hasta su coño, acaricio el corto vello, y resbalo la mano hasta que mis dedos se abren paso entre sus labios. Aprieto. Entonces ella se mueve e intenta recular. Le meto los dedos con fuerza y la retengo. Sigo chupando el pezón y muevo mis dedos en el interior de su coño. Se ha lavado hace un instante y se ha secado, no se ha puesto lubricante... pero está mojada.

Aprieto más mis dedos, mientras muerdo con más fuerza. Aprecio un gemido que le sale de dentro. Me aparto y salgo a la habitación.