sábado 30 de mayo de 2009
nadine se masturba para mí, parte 2: la hortaliza
nadine se masturba para mí, parte 1: su clítoris
viernes 29 de mayo de 2009
El peón

Desde hacía años llegaba a media mañana a su estanco, situado en una céntrica y concurrida calle. Se sentaba en un amplio y viejo sillón de mimbre, herencia de la aventura colonial de su bisabuelo, encendía el primer Montecristo del número 3, y repasaba la libreta donde anotaba todo lo referente a su actividad clandestina.
Pero don Sebastián de los Santos y Rodríguez de Sotomayor tenía los pulmones destrozados, por lo que eran frecuentes sus crisis de tos; en momentos eran tan fuertes que necesitaba de la mascarilla de oxígeno conectada a la botella que, detrás del sillón de mimbre, ya formaba parte del mobiliario.
Federico A. también parecía formar parte del mobiliario de la tienda. Sentado tras su caja registradora, solo abandonaba su puesto si oía el suave zumbido del avisador. Si un día no sonaba acababa sumido en un extraño desasosiego, como si le faltase la razón de su existencia; miraba una y otra vez el pequeño aparato electrónico que sustituyó al primer timbre, como si mirándolo repetidamente terminase por llegar a don Sebastián el mensaje de que necesitaba oírlo. Cuando esto sucedía, saltaba de su asiento y corría al interior de la trastienda, donde su señor parecía a punto de fenecer. Mientras el corpachón del dueño parecía debatirse entre la vida y la muerte, convulsionado por la tos..., Federico A. tomaba la mascarilla en su mano y acercándola a la boca de don Sebastián, repetía una y otra vez... "oxígeno, don Sebastián, oxígeno..., lo que sus pulmones y esta habitación necesitan es oxígeno..."
Al rato, don Sebastián levantaba la mano derecha, entre cuyos dedos aún sostenía el cigarro, en señal de que se encontraba mejor. Entonces, Federico A. le retiraba la mascarilla y permanecía quieto, como a la espera. Don Sebastián carraspeaba su garganta y escupía al suelo unas oscuras flemas, abría uno de los cajones de su mesa y extraía un pañuelito de celulosa que, sostenido entre dos dedos, terminaba por dejar caer al suelo. Federico A. se arrodillaba, tomaba el pañuelo y limpiaba el escupitajo de su señor, luego levantaba su vista y contemplaba la media sonrisa cargada de desprecio con que le despedía don Sebastián.
-¡Mira que eres pelota!-, le solía decir Adelaida, la empleada cincuentona de mirada cetrina, cuando Federico A. regresaba a su puesto tras la caja registradora.
Entonces, Federico A., como hacía casi treinta años, le respondía de la misma forma...
- No soy un pelota, Adelaida, soy un peón, sólo un peón al servicio de mi señor.
Donatio (2002)
jueves 28 de mayo de 2009
Plug anal


miércoles 27 de mayo de 2009
Por el culo




martes 26 de mayo de 2009
Complicidad

Mili
Emilia –Mili– subió a al coche, como hacía todos los viernes por la tarde desde hacía tres años. Lo que había comenzado como una escapada para salir de la rutina doméstica, había terminado formando parte de esa rutina.
Aquel día había hecho calor… la primavera rompía exultante en cada rincón de la ciudad donde hubiese un parterre, seto o árbol y, ella misma, sentía dentro de sí una especial gana de vivir.
Desde el interior del coche, aún aparcado junto a la acera de la calle, observó como una solitaria mariposa revoloteaba ante sus ojos al otro lado del parabrisas y fue a posarse sobre la antena de radio del coche aparcado delante… El insecto no paraba de batir sus alas, aunque pausadamente; segundos más tarde emprendió de nuevo el vuelo realizando, como si de una exhibición se tratara, una bellísima espiral, ante la atenta mirada de Mili, para terminar desapareciendo con su rápido aleteo…
“¡Eso es!” –pensó Mili de inmediato–. Esa era la cadencia y el ritmo con que César le aplicaba las caricias con su lengua…, exactamente como el vuelo de una mariposa… Mili puso en marcha su automóvil y condujo despacio, sin apartar su pensamiento de la lengua que conseguía llevarla al paroxismo del placer…
César había llegado hasta ella año y medio antes, y supuso un revulsivo en su vida de ama de casa. Jamás en sus 43 años de edad, y diecinueve de matrimonio, había sentido como sentía con César…; con él era todo tan diferente, siempre solícito y dispuesto a llevarla al más salvaje de los orgasmos que se producían en cadena ante la insistencia de su lengua.
Qué diferencia con la de su marido… al que hacía tiempo había desistido pedirle que se lo hiciera…, tres lengüetazos faltos de interés sobre los labios de su sexo y ya parecía cansado.
César era diferente… ¡y cómo se entendían entre ambos! Apenas sin palabras, Mili solía tumbarse desnuda en cualquier lugar, entreabría sus piernas y, en seguida, él sabía qué hacer… Ella adoraba a César cuando la lengua de éste jugueteaba con sus pezones y se enredaba en ellos haciéndolos levantar, consiguiendo que la mujer sintiera esa corriente que la hacía separar la espalda de su punto de apoyo. Pero la locura llegaba cuando la diestra lengua de César alcanzaba su entrepierna y comenzaba a juguetear entre sus ingles… Mili se dejaba hacer y…, ahora, sabía que era exactamente eso –el vuelo de una mariposa–, lo que César reproducía con la lengua sobre su sexo; la cadencia de movimientos repetidos sin que mostrase, en ningún momento, síntomas de agotamiento. El ritmo que imponía a sus caricias pasando de una suavidad casi imperceptible a los movimientos más frenéticos y salvajes que hacían convulsionar todo su cuerpo.
El semáforo en rojo le recordaba el calor que, desde hacía rato, sentía en todo su cuerpo, que era más intenso entre sus muslos… Con la mano derecha se acariciaba la piel del cuello y bajaba por la abertura de su blusa, hasta el inicio del canal que separaba sus pechos, por el cual resbalaban unas gotitas de sudor que acrecentaban su excitación. En los últimos meses, Mili se había vuelto más transgresora en su relación con César. Al principio se había limitado a recibir las caricias de su lengua, sin importarle que él alcanzase su propio placer…, ella se sentía dueña de César y, éste, sabía perfectamente que su misión era proporcionarle satisfacción, pero… ¿por qué no ir más allá? –había pensado–. Así que, ahora era habitual que César la encontrase desnuda, arrodillada y apoyada sobre sus codos, con la cabeza hundida en el suelo y con la grupa levantada… expuesta.
Entonces él la tomaba con su lengua desde atrás, y no sólo el sexo de la mujer recibía sus atenciones, sino que la apretada rosa que cerraba el paso a su ano debía ser excitada hasta abrir un camino que, Mili, había negado a su marido tantas veces como éste había intentado traspasar. Pero ahora, desde que ella adoptaba esta posición, sí le estaba permitido gozar a César; cuando había conseguido extraer con su lengua el máximo placer de la mujer… su verga poderosa entraba en ella, siempre desde atrás, hasta que derramaba su semilla en las entrañas de la mujer.

Mili había aparcado el coche…, no podía, ni quería, apartar a César de su pensamiento; su excitación era tal, que lo primero que hizo al llegar al centro comercial fue ir directamente al aseo. Encerrada en aquel pequeño habitáculo, llevó la mano a su entrepierna, el calor era intenso…; rápidamente se desabrochó el pantalón y hundió la mano bajo sus bragas, sumergió tres de sus dedos en las profundidades de su quebradura. Se acarició los labios con la lengua. Lloraba de placer y bebía sus lágrimas intensas y saladas. Metía y sacaba sus dedos tan hondo que rozaba el útero con las puntas de sus uñas. Luego, chupaba la tierna humedad arrancada de los pliegues de sus mucosas y, de nuevo, volvía a hundir sus dedos hasta lo más hondo de su ser. Con la otra mano se pellizcaba los pechos, sus pezones se rebelaban como dos puntas de lanza que la atravesaban de dolor. Su cabeza era como una maraña de sarmientos enredados y, bajo sus cabellos, brotaba el sudor que le resbalaba por la frente, las mejillas y el cuello. De repente, Mili sintió como en su interior estallaban todas sus glándulas y brotaban al exterior, como una fuente desbocada, todos sus bálsamos. Mordiéndose con fuerza los labios ahogó la expresión de un intenso y salvaje orgasmo que la tiró sobre la taza del wáter, donde permaneció sentada hasta que pudo recuperar el aliento.
Mili, en ese momento, se sentía exultante, hermosa, ¡viva!… Deseable y provocativa como una de esas actrices de películas porno que su marido gustaba ver de madrugada a través de la televisión por satélite… “¡Imbécil –pensó–, lo te que estás perdiendo!”
Sus pasos se detuvieron ante una de las estanterías, cogió un paquete de comida para perros y, antes de depositarlo en la cesta, lo volvió a dejar en su lugar, cogiendo otro de una marca recientemente anunciada en televisión, aunque más caro que el que llevaba de costumbre. Puso el paquete en la cesta y sonrió… “¡Mi César merece lo mejor!” –pensó para sí–, mientas la mejor de sus sonrisas iluminaba el centro comercial.
Donatio (2000)
lunes 25 de mayo de 2009
domingo 24 de mayo de 2009
Sesión con un sumiso (y IV)









sábado 23 de mayo de 2009
Sesión

Ella es una mujer sumisa. Una hermosa mujer, de cuerpo con generosas formas. Joven, sobre todo en espíritu. Es... viciosa, hembra sobre todo. Y se nota, en especial, cuando está caliente. Pero, no me andaré con tapujos, ella es... una puta.
No, no se vende. Pero siente, y se gusta, como una puta. Tiene Amo. Ambos se están aprendiendo mutuamente y cada día consiguen un pequeño avance, aunque éste sea imperceptible. Sobre todo van ganando en algo importante, básicamente importante: la confianza.
Ella, a veces, titubea, teme. Le asusta el dolor, pero llegará a amar el dolor. Hay cosas en su mundo,
Por alguna causa, ¿quizás el destino, la coincidencia o la casualidad? ¿O la causalidad? El caso es que, un día en que ella estaba especialmente sensibilizada, excitada, caliente, empapada, y no sólo en su coño, sino en su cerebro que lo tenía tan licuado y caliente como su sexo; ese día, su amo le dijo: -”Esta tarde tengo preparado algo para ti”-.
No le dijo mucho más. Luego, más tarde la llamó por teléfono y le dijo cuándo pasaría a recogerla, y le pidió que se vistiera con falda, sin ropa interior. A la hora convenida él la esperaba a la puerta de su casa, en el coche. Ella apareció, hermosísima. Siempre que está caliente se pone especialmente bella. Abrió la puerta del coche y subió, no dijo nada, sabía que, en momentos así, no debía decir ni hacer nada... sólo esperar. Su Amo la sonrió, puso el coche en marcha y condujo despacio. En un momento, él puso su mano sobre el muslo de la mujer y, poco a poco, fue levantando su falda. Introdujo su mano debajo y buscó la humedad que desprendía aquel coño caliente. Al poco, sus dedos tocaron los labios empapados. Ella se estremeció y dejó escapar un suspiro, al tiempo que sentía la tensión de sus pechos y el dolor en sus pezones. Así fueron durante un rato, ¿cuánto…?
Ella no sabía decirlo, quizás unos minutos, quizás horas. Sólo era consciente del calor que quemaba su cuerpo, de la humedad entre sus piernas, de sus pezones endurecidos que parecían querer atravesar la tela del vestido. Pero... ni una sola palabra por parte de los dos. Al fin, se detuvo el coche. Habían salido de la carretera y entrado en un camino sin asfaltar, era un lugar casi desolado, a excepción de una construcción que parecía estar abandonada. Bajaron del coche. El hombre tomó a su sumisa por el brazo y caminaron hacia la puerta del edificio, empujó y una pequeña puerta metálica se abrió, pasaron dentro.
El aspecto era de abandono, con apariencia de haber servido de almacén de algo, aún había cajas de madera amontonadas. Pasaron entre dos pilas de cajas y caminaron unos pasos hacia el interior del local. Poco a poco, sus ojos se acostumbraron a la penumbra. Los de la sumisa se abrieron más, mucho más, cuando fijó su mirada en una cadena que colgaba de una polea, a su vez suspendida en una viga de hierro del techo. En el extremo de la cadena, un gancho. No hubo tiempo para más, la voz del amo ordenó...
-¡Desnúdate!
Sin dudar un instante, aunque temblorosa... la mujer empezó a desnudar su cuerpo. Cuando sólo tuvo las medias y los zapatos miró a su amo...
-¡Todo!-, dijo él. Así, se descalzó y sacó sus medias.
Ahí estaba, en medio de no sabía dónde, dentro de un lugar nada acogedor, frío, sucio.
-¡Es el momento!-, dijo el Amo alzando más su voz. Al instante..., se oyeron unos pasos detrás de la mujer. Poco a poco se iban acercando. Luego, se detuvieron. El Amo se acercó a ella y la presencia de su espalda comenzó a rodearla hasta que estuvo a su frente.
Era otro hombre, y traía en su mano unas cuerdas. El Amo tomó un cabo de cuerda y se puso a la espalda de la mujer.
-¡Las manos!, ordenó.
Ella, obediente, puso sus manos atrás, él se las cruzó y comenzó a pasar la cuerda sobre sus muñecas. Apretó. Luego dio unas vueltas sobre sus antebrazos..., apretó. Una vez inmovilizados sus brazos, el Amo tomó una cuerda más larga, la puso sobre el cuello de la mujer, desde la nuca, la cruzó sobre sus pechos, la llevó hasta su espalda pasando sobre los brazos. Apretó. Volvió la cuerda hasta los pechos, atrás, delante. Fue cruzando y apretando, y luego fijó con un nudo. Bajó el cabo de cuerda hasta su cintura y rodeó de nuevo su cuerpo. Dos, tres vueltas... apretó y fijó. Desde la espalda pasó el cabo entre sus piernas, lo centró en su coño y estiró. Ella, gimió. La cuerda áspera se había clavado en su coño, todo lo profundo que podía. Pasó una lazada a la altura de la cadera, apretó otra vez y bajó la cuerda, pasándola entre sus piernas, y siguió hasta la espalda. Apretó y fijó el nudo.
Poco a poco... el cuerpo iba quedando cruzado y apretado por aquella soga, los muslos, las pantorrillas, los tobillos unidos por varias vueltas de la cuerda. Al fin, a la altura de los tobillos terminó con un fuerte nudo. La mujer sentía que el frío había abandonado su cuerpo. Ahora ardía, no sólo por su excitación, sino porque el roce de la cuerda había enrojecido su piel y provocado calor. Se sentía incómoda, abandonada entre aquella maraña de cuerda, pero sabía que la cuerda a la altura de su coño, y la de sus muslos estaba empapada.
El Amo hizo un gesto al otro tipo, que hasta entonces había permanecido como mero espectador. Ambos la tomaron y la tumbaron en el suelo. Sintió dolor en sus brazos cuando el peso de su cuerpo los aplastó bajo su espalda. Luego... aquel chirrido la hizo estremecer. Un motor se puso en marcha y el gancho de la cadena comenzó a descender sobre su mirada, lentamente se acercaba más. El Amo lo tomó en su mano y lo llevó hasta el nudo de los tobillos, lo enganchó y comprobó que estuviese bien sujeto. De nuevo el motor se puso en marcha y el chirrido de la cadena la hizo temblar. Al poco sintió la tensión en sus tobillos. Luego sus piernas se elevaron del suelo...
Los hombres la ayudaron, cuando su cuerpo se dobló. Sujetaron su cabeza. La espalda se separó del suelo y, al fin, quedó colgada a un palmo del piso, con la cabeza casi rozándolo. Siguieron subiendo, poco a poco hasta que su cabeza quedó a unos 80-
-¡Bien, puta! Dijo su Amo, hablándole muy cerca del oído. Estás en una situación que no te gusta pero..., a cambio, te voy a dar algo que te encanta. Vas a hacer una cosa que te enloquece. Te vas a comer las pollas de todos esos tíos, y te vas a tragar toda su leche.
El amo se separó de ella. El primer hombre se acercó. La mujer intentó verle la cara, pero la posición se lo impedía. Por las manos supo que se trataba de un hombre relativamente joven. Vio como se abría el pantalón y extraía su polla. Aquel glande caliente le rozó los labios.
-¡Abre la boca!, ordenó el Amo. Ella obedeció y tragó. El hombre la folló, como si follara su coño, arremetía contra el fondo de su garganta. Ella intentaba mamarla como sabía hacerlo. Sintió como aquel tipo se estremecía y soltaba el chorro caliente al interior de su boca. Trató de tragar el semen pero una parte se le escapó y resbaló por su cara.
Al instante otro de los hombres ya tenía la polla en la mano y, tomando a la mujer por la nuca, la empujaba para que tragase su verga. Esta era más gruesa y olía distinto, más fuerte. No obstante, el tipo aguantó poco y, al instante, gritó mientras descargaba contra sus labios y su cara. Antes de retirarse, la golpeó en los labios y las mejillas con la polla mojada.
La mujer intentaba tragar, pero apenas tenía tiempo porque otro de los hombres ya la estaba follando en la boca. Por un instante la mujer pudo fijarse en las manos y supo que era un hombre mayor. Aquella polla era larga y delgada, tan larga que llegaba a chocar contra su garganta provocándole arcadas. El tipo se dio cuenta y pareció gustar de aquella situación porque arremetió con más fuerza. Ella intentaba controlar el vómito. Ahora se sentía más humillada que nunca. Si vomitaba... delante de aquellos hombres... delante de su amo..., al fin el hombre se corrió abundantemente. Ella ya no trataba de evitar que el semen la desbordase, tragaba lo que podía, pero gran parte rodaba por su cara, cayendo al suelo.
Así, uno tras otro..., aquellos hombres fueron entrando en su boca. Se sentía cansada, aturdida. Sentía una fuerte presión en su cabeza y cada vez era más consciente del peso de su cuerpo, sobre todo, cuando la zarandeaban con los movimientos al entrar y salir con sus pollas en su boca.
No supo cuánto tiempo más estuvo así, pero hacía rato que ningún hombre la follaba. Sentía la boca pastosa y las mejillas tensas por el semen que se había ido secando.
Pese a tener sus brazos bajo el peso de su cuerpo, se sintió aliviada cuando estuvo sobre el suelo. Ahí mismo, su Amo deshizo el nudo de sus tobillos. La cuerda, poco a poco se fue aflojando y sintió un dolor intenso, punzante, cuando la sangre corrió de nuevo libremente por su cuerpo liberado de las ataduras. El Amo la ayudó a ponerse de pie. La sostuvo. Se sintió mareada, todo giraba a su alrededor. Entonces, se dio cuenta de que su Amo la abrazaba con fuerza. Como clavado en el suelo la sujetaba para que no cayese. Poco a poco fue recuperando el equilibrio. Entonces, él, acabó por quitar la cuerda y, por fin, liberó sus manos. Sus brazos cayeron extenuados. Sintió como si le pesaran kilos y kilos. Cuando pudo levantarlos, los miró, miró las marcas de la cuerda. Su Amo la volvió a abrazar, le dijo: -“Estoy orgulloso de ti, muy orgulloso”-. Ella sonrió y él la besó en los labios.
Donatio (2001)
viernes 22 de mayo de 2009
Sesión con un sumiso (III)












jueves 21 de mayo de 2009
La Sumisión Callada

Recibir, cuidados, enseñanzas, caricias, besos, azotes, castigos, saberse acompañada, querida, cuidada, gozada. Sentir una presencia dentro las veinticuatro horas, una mano que te guía, una mirada que aprueba, fuerza que viene a ayudarte.
¿Cómo no entregarse?, ¿cómo no dejar de ser?, ¿cómo no darlo todo?.
Todo eso es.... , y es mucho más. Es tan fácil cuando se sabe que hay algo en medio. Ese halo cálido, ternura. Ese halo más denso, pasión. Esa confianza ciega de la sierva en su Amo. Esa preocupación del Amo por su sierva.
Camino de una cita

miércoles 20 de mayo de 2009
Perro nos envía otra foto
Luisa

Su teléfono móvil dio llamada..., lo alcanzó con su mano y miró el número entrante... Una sensación de calor invadió de inmediato su cuerpo..., aceptó la llamada y llevó el auricular hasta su oído...
—¿Donde estás?—. Fue lo primero que oyó.
—En la piscina—. Respondió Luisa.
—Sube a la habitación... te volveré a llamar en cinco minutos.
La llamada se cortó y Luisa quedó muy excitada. Aún resonaba aquella voz en su cabeza..., siempre resonaba aquella voz, y jamás que la escuchara podría resistirse a obedecer.
El teléfono volvió a sonar..., justo a los cinco minutos.
—¿Como estás?—. Preguntó la voz.
—Estoy desnuda, sobre la cama, boca arriba y con las piernas separadas.
—¡Toca tus pezones!—, ordenó aquella voz de hombre a través del teléfono.
—Los estoy tocando, mi Amo.
—¡Acarícialos hasta que los sientas duros!
—Sí, mi Señor, así lo hago pero... no dispongo de mucho tiempo, he dicho a mi marido que subía a la habitación a por un bronceador...
—Presiona tus pezones..., poco a poco... aumenta la presión...
—Hmmmmmm... Sí, mi Amo!...
—¡Retuércelos!
—Hmmmmm, síiiiiiiiiii!
—Dime... ¿que sientes...?
—Placer, mi Señor...
—¡Baja tu mano, acariciando tu piel, hasta tu sexo...!
—...Ya tengo la mano sobre mi coño, mi Amo.
—¡Presiona los labios de tu sexo, con la palma abierta de tu mano!
—Síiiiiii, ya lo hago... Essssstá calieeeenteeeeeeee...!
—Cierra tu mano con fuerza... apriétalo!
—Ahhhhhhggggggggg....
— ¡Con más fuerza!
—Hmmmmm, ¡sí, mi Señor...! Así lo hago.
—¡Levántate...! Arrodíllate junto a la cama..., separa tus piernas..., inclínate hasta que tus tetas toquen la cama.
—Ya estoy, mi Amo.
—Palmea tus nalgas...
—Sí... mi Señor...
—¡Más fuerte...! Ve contando las palmadas...
—... Dos... Tres... Cuatro...
—¡Más fuerte!
—...Cin...co... Se...is...
— ¡Cierra tu mano sobre tu nalga y aprieta con fuerza!
—Sííííííí... Sí mi Amo, ya lo hago... ¡Due...le...!
— ¡Clava tus uñas!
—¡Sí... mi Señor!, lo hago... ¡Ahiiiiiinnnn...! Me duele mu...cho, mi Amo.
— ¿Como está tu coño?
—Muy mojado, mi Señor..., y ¡muuuuuuy calieeeeenteeeeeeee!
—Colócate de nuevo sobre la cama..., boca abajo..., separa tus piernas..., introduce dos dedos en tu coño y muévete sobre ellos, como si estuvieses follando a alguien..., ¡hazlo!
—Ggggsíiiiiiiiiiii, hmmmmmmm, mmmguuussstaaaaaaaa...
—¡Muévete más..., tus caderas..., rápido!
—Gggsíiiiiiiiiii, mi Amo..., si continuo así... hmmmmmmm... ¡me voooy a correrrr...!
— ¡Hazlo...! Córrete..., ¡ahora!... Dame tu placer..., ¡quiero sentir tu goce!
—Aaaaaaaaggggggggggg..., síííííííííí, me cooooo...rroooooooooo..., yaaaaaaaaaaaa!
—¿Como te sientes?
—Mmmuuuy bien, mi Amo.
— ¡Levántate... ve al baño!
—Ya estoy en el baño, mi Señor.
— ¡Colócate frente al espejo!
—Ya... mi Amo...
— ¿Qué ves en el espejo?
—Veo a una mujer..., mi Amo.
— ¡No es esa la respuesta!
—Veo... a una mujer viciosa..., a... una puta...
— ¡No te he oído bien... habla más alto!... ¿Qué has dicho?
—¡Que en ese espejo... veo a una puta, mi Amo..., veo a tu puta!
— ¿Te gusta sentirte así?
—Sí, mi Señor, me gusta sentirme viciosa y puta para ti... ¡mi Amo... tengo que cortar... alguien viene!
...
La puerta de la habitación se abrió en ese momento... el marido de Luisa penetró en la estancia...
—¡Luisa...! ¿donde estás..., que haces?
— ¡Aquí... en el baño... ya salgo...!
— ¿Qué hacías tanto rato... dime?
—Nada... subí por el bronceador...
— ¡Mientes!... ¿Y el teléfono..., porqué lo tienes en la mano..., con quien hablabas?
— ¡Con nadie...!, solo... lo cogí para bajar de nuevo a la piscina..., yo...
— ¡Me estás mintiendo... hablabas con alguien...! ¿Con él, verdad... estabas hablando con ese tipo..., quién es?
— ¡Nadie..., de verdad!—. De los ojos de la mujer brotaron unas lágrimas.
—No llores... cuéntame—. Dijo el marido en tono conciliador, mientras la abrazaba por la cintura y la llevaba hasta el borde de la cama.
Él siguió besándola, delicadamente, la mimaba y bebía las lágrimas que brotaban de los ojos de su mujer... Se abrazaron y él le preguntó...
—Luisa, cariño... ¿En quién pensabas antes, cuando metías los dedos en tu coño?
—En ti, mi Amo—, respondió la mujer, —sólo en ti, mi Señor—.
Siguieron abrazados..., se comían a besos... y se amaron.
Donatio (2000)
Sesión con un sumiso (II)



martes 19 de mayo de 2009
Frases IV

lunes 18 de mayo de 2009
Sesión con un sumiso (I)




Disfruto cuando nadine araña con sus uñas a los perros o perras con los que jugamos, la piel les queda marcada por finos surcos rojos que se entrecruzan formando deliciosos dibujos.

domingo 17 de mayo de 2009
Frases III

jueves 14 de mayo de 2009
Frases II
Jesucristo

miércoles 13 de mayo de 2009
Frases I

lunes 11 de mayo de 2009
Silencio

Allí estaba. Las instrucciones habían sido precisas. “Esperarás desnuda en tu cuarto, los ojos vendados, de rodillas frente a tu cama, dando la espalda a la puerta y en silencio. Dejarás la puerta de la casa entreabierta y aguardarás”.
No sabía bien cuánto tiempo había pasado desde que sonó el timbre y abrió la puerta. 5 minutos... 10... ¿una hora?. Era incapaz de saber, su cabeza no podía pensar. Sólo sentía. Temblaba. Intensamente. Casi no acertó a hacer el nudo en el pañuelo que tapaba sus ojos. Se arrodilló deprisa manteniendo la figura erguida, exponiendo bien sus senos, las rodillas separadas, los brazos cruzados a la espalda. Toda su piel erizada, cada poro abierto, la respiración acelerada.
¿Llegaría pronto?, ¿cuánto había pasado?. La espera se hacía eterna, pero allí estaba ella, ofrecida, indefensa, ciega, los sonidos se hacían más intensos, intentaba escuchar....... silencio, no oía nada, sólo su respirar. Incapaz de pensar, simplemente estaba allí. No era nada...., sólo un objeto. Un juguete para el placer de su Amo.
Los segundos pasaban como si fueran horas. Temblaba cada vez más, costándole mantener la postura. Sentía sus pezones erectos, casi dolían. Un calor intenso entre sus piernas, la humedad.
Algo rompió el insoportable silencio, la puerta cerrándose despacio.... Pasos. Había entrado. Ruido de ropas.... ¿era su Amo?... ¿y si no lo fuera?... miedo. Allí, expuesta estaba indefensa, no podía moverse, ni hablar.... No debía. Permaneció a duras penas en la postura ordenada sintiendo el latido de sus sienes, luchando entre el miedo y el deber.
Calor. El estaba muy cerca de ella, a su espalda. No había contacto pero le sentía. Más temblor. Más miedo, indefensión. Pero entregada, sumisa. Unas manos aseguraron el nudo del pañuelo, no veía nada, sólo sentía, escuchaba. Una de las manos acarició su cabeza, fue como una descarga eléctrica que recorriera su cuerpo entero, pero no movió ni un músculo.
Casi estaba al borde del pánico cuando las manos comenzaron a tocar su cuello, deslizándose suavemente por su escote, sus hombros, sus brazos. Volvían a subir las manos, de nuevo el cuello, sus mejillas, sus ojos sobre el pañuelo, su boca. Ella cada vez más abandonada, sintiendo el calor, incapaz de dejar de temblar, abriendo sus labios, ofreciéndose. Un dedo entró en su boca explorando y ella.... lamiendo, chupando, como una perra. Salió el dedo, dejando su boca abierta, vacía, buscando.
De nuevo las manos en su cuerpo, en su escote, bajando despacio hacia sus senos. Ella cada vez mas excitada, más entregada. Sus pezones duros recibieron la caricia, suave al principio, cada vez más intensa, presión, dolor..... y ella callada, quieta, solo sintiendo esas manos que estiraban, acariciaban, apretaban. No era nada, solo una cosa. Las manos seguían bajando, recorriendo cada milímetro de su piel, despacio.... Y seguía el silencio.... Y el temblor..... Y el miedo. Pero seguía quieta, callada, sumisa, humillada.
Cesó el contacto...¿qué había ocurrido?.... De nuevo segundos que eran horas, de nuevo el latido en sus sienes..... y el latido de su sexo. Podía notar sus labios mojados, la humedad resbalando entre sus piernas, su clítoris crecido, palpitando. Volvió el tacto, las manos en su cuerpo, cogiendo sus muñecas. Algo flexible se cerró sobre ellas inmovilizándolas, una cuerda quizá. No sabía, no veía, solo sentía.
Con sus muñecas atadas aún estaba más indefensa, pero siguió en silencio y no se movió ni un milímetro, sólo cuando las manos la empujaron haciéndola recostarse sobre la cama. Allí estaba, expuesta, las piernas abiertas, su culo y su sexo accesibles, y ella sin poder defenderse, porque no era nada... nada.
De nuevo la abandonaron las manos. Aún estaba intentando adivinar cuando lo sintió.... Un golpe intenso, seco , que hizo estremecer sus nalgas.... Otro... Otro más. Sentía su piel calentarse tras cada azote. Cada vez más rápidos. Ardiendo sus nalgas. Dolor ofrecido. Y ella, sumisa y en silencio.
Abrió sus ojos llorosos y le vio, sentado en la cama. Vio su expresión complacida, la sonrisa en sus labios. Su Dueño mirándola, que acariciaba su pelo, consolándola, que besó sus ojos húmedos, sus labios silenciosos, que la abrazó protegiéndola.
-Soy tuya Amo, todo te debo. Gracias por usarme, por dejarme servirte

sábado 9 de mayo de 2009
Pajas. Mentales, y de las otras
He tenido conversaciones en las que ha salido el tema y alguien ha dicho en tono escandalizado "no, no, que yo follo", o hay quien ha reconocido que aunque unas fotos o un relato le calienten enormemente, prefiere aguantarse, reprimirse y no masturbarse...
Aunque me tengo por tolerante y por dejar que cada cual haga lo que buenamente quiera, siempre hay cosas que me sorprenden y me cuesta mucho comprender.
Siempre me costó entender ciertas actitudes pacatas en sitios temáticos de sexo. Son algo así como las calientapollas pero al revés, una incongruencia para mi cabecita, la verdad.
¿Será que lo liberal, en tocando a sexo, es un mito... como el pecado de Onán?
viernes 8 de mayo de 2009
jueves 7 de mayo de 2009
Perros
Llegó cinco minutos después de la hora acordada. Era su forma habitual, quizá en busca de un castigo un poco más duro. Esta vez no le dije nada, no hablaría más de lo necesario, llevaba tiempo sintiendo que las palabras se las llevaba el viento y que no hacían mella en él, no se podía pedir mucho más. El caso es que acudía y obedecía, y yo no quería más que eso.
-Buenas tardes, Señora
-Hola, perro. Pasa hasta el dormitorio, desnúdate y espérame allí
Silenciosamente, recorrió el pasillo y entró en el dormitorio. Yo pasé por la cocina antes, y me serví un vaso de zumo. Le gusta hacer de criada, pero hoy ya iba a disfrutar de sobra como para adornar más la escena, y el tiempo corría.

Llegué al dormitorio, estaba desnudo, cabizbajo, con las manos entrelazadas en la espalda. Le ordené que se tumbara bien centrado sobre la cama de barrotes, que había cubierto con una tela impermeabilizada antes de que llegara. Fui atando con cuerdas cada uno de sus miembros a cada barrote, dejándolo abierto en aspa. Lo até fuerte, para que no se fueran las ataduras con el tiempo y para que no pudiera moverse ni lo más mínimo. Tapé sus ojos con un pañuelo negro que anudé fuertemente también y tomé otro para su boca, tensándolo bien entre las comisuras, dejando su boca entreabierta.
Me gustó verlo allí indefenso e inmóvil, sin poder hablar y sin ver nada. Recorrí su pecho con una de mis manos. Busqué sus pezones estirándolos y masajeándolos para que se endurecieran, y coloqué en cada uno de ellos una pinza de madera. Después bajé por su vientre, recorrí despacio la cara interna de sus muslos con mis uñas, suavemente. Vi como su polla crecía, y aproveché ese momento para atar sus testículos y la base de su polla. Quería que la erección se prolongara lo más posible. La visión de ese cuerpo entregado me hizo sentir poderosa y estimuló mi mente.
-Ahora aguardarás así, y no quiero oír nada
Volví a coger el vaso y, entrecerrando la puerta del dormitorio, me senté en el salón a beber. Sonó el timbre y fui a abrir.
-Hola
-Hola perra
La sonrisa que mostró al saludarme desapareció de repente, hizo ademán de besarme, pero yo no me moví, mirándola seria y dándome la vuelta para volver al salón. Sabía que estaba temblando, no me hacía falta verla, y disfruté enormemente cuando al girarme para sentarme vi su gesto, mezcla de miedo y fastidio. Continué bebiendo tranquilamente mientras la miraba, ella, sin saber bien que hacer, se dirigió hacia una butaca para tomar asiento.
-¿Qué vas a hacer?
-Iba a sentarme
-¿Te he dicho yo que lo hagas?
-No
Casi no se la oía, y parecía que iba a llorar. Me gustaba verla así, rota y temerosa.
-Desnúdate
Comenzó a desnudarse despacio. Las manos le temblaban y se entretuvo en quitarse los anillos y unas cadenas que llevaba al cuello.
-¡Vamos, no tenemos toda la tarde!
-Sí, perdona
Cuando la hablé se apresuró, quedando al fin desnuda a unos pasos frente a mí. Yo la miraba en silencio, veía como temblaban sus pechos y como daba vueltas con sus manos, sin saber qué postura adoptar.
Obedeció al instante sin atreverse a mirarme a la cara. La dejé así un rato, recorriendo su cuerpo con mis ojos y en silencio, para que se intranquilizara un poco más. Continué bebiendo y, tras apurar el vaso, le hice un gesto para que se adelantara y se pusiera frente a mí.
-Tampoco sabes que debes mantener las piernas abiertas, zorra. A ver como tienes el coño.
Metí directamente mis dedos dentro de su agujero. No estaba muy mojada, pero la hurgué un momento y rápidamente entró en calor y sentí como mis dedos se mojaban más.
-Mira como te pones en cuanto te tocan, puta
-Sí
-Te gusta, ¿verdad?
-Sí, me gusta mucho, soy una zorra
-Ya lo sé. Tócate el coño, ábrete bien y enséñamelo, ¡vamos!
Abrió su coño con una mano, con la otra comenzó a tocarlo, dando vueltas sobre el clítoris. Seguía sin mirarme. Su cara se había transformado. No sonreía, pero el vicio asomaba por cada uno de sus rasgos. Comenzó a respirar profundamente, cada vez un poco más aprisa.
-Mira como te pones, y eres tan puta que con un par de minutos más te correrías, ¿a que sí?
-Sí
Más que una respuesta, fue un gemido. La mano se movía deprisa en su coño, sobre el clítoris, que sonaba a mojado bajo los dedos.
-Ni se te ocurrirá hacerlo, guarra. Deja ya de tocarte
Me levanté. Fui hacia la puerta del dormitorio y entré. Ella permanecía en el sitio donde la dejé. Comprobé que las ataduras seguían tal como las había dejado, aseguré los pañuelos, y saqué una fusta del armario. El perro seguía tal y como yo le había dejado unos momentos antes, con una medio erección e indefenso.
-Ven aquí, zorra
-¿Ibas a decir algo?
-No, nada
-Parecía, y no tengo intención de conversar
-Sí

-Eres una puta, ¿no?. ¿Qué esperas para hacer lo que debes?... chupa esa polla, zorra
Se acercó a la cama despacio y con gesto de asco. Se subió y titubeó un momento, mirando la verga erecta frente a ella. Yo dí un paso y empujé su cabeza hacia el miembro hinchado.
-Vamos, ¡chupa puta, chupa!
Moví ligeramente las pinzas de los pezones del sumiso con la fusta, él se tensó ligeramente y con dos golpes rápidos y fuertes las hice saltar. Masajeé después sus pezones, apretándolos durante unos momentos, mientras miraba la cabeza moverse sobre las caderas del hombre. Desanudé el pañuelo que mantenía abierta la boca, acaricié las mejillas un rato y susurré
-Sí, Señora. Gracias, Señora
-¿Lo hace bien de verdad?... si no es así, quiero saberlo
-Sí señora, más o menos, Señora
Empujé la cabeza de la perra y vi la erección. Desaté el miembro y lo masajeé un poco, apretando fuerte los huevos entre mis manos.
-Cómetela bien, zorra, voy a estar bien pendiente de ver como lo haces, quiero que se la pongas bien dura.
Subí a la cama, con mis piernas a ambos lados del sumiso, pendiente de la cabeza de la perra. De tanto en tanto tocaba el cuerpo que sentía caliente debajo del mío y recorría la espalda de la zorra con la fusta, despacio. La veía moverse cuando lo hacía, temblando, y la veía chupar moviendo su cabeza deprisa, como con ganas de que aquello terminara pronto.
-¿La mama bien?
-Algo deprisa, Señora
-Eres tan inútil que ni sabes comerte una polla en condiciones
La cabeza se detuvo. La vi temblar, esta vez por el llanto, y empujé hacia abajo la cabeza haciendo que se tragara la polla hasta los huevos. Las nauseas y el llanto se hicieron presa de ella, pero a mí me estimulaban y comencé a marcar el ritmo tirando de su cabello, arriba y abajo. El perro comenzó a gemir y la polla aparecía al fin dura entre los labios.
-Así, puta, a ver si aprendes de una vez
Solté la cabeza, que no cambió el ritmo, y aproveché para quitarme la braga y colocarme sobre la cabeza del sumiso, pegando mi coño abierto a sus labios. No tuve que decir nada, la lengua comenzó a trabajar mi clítoris, que crecía empapándose conforme me calentaba. Me incorporé un poco, dejando caer mi peso sobre la boca disfrutando de la caricia.
-Deja de chupar, perra. Ponte mirando hacia los pies de la cama y metete esa polla en tu coño. Vamos a ver ahora como follas
Se giró dándome la espalda y se colocó sobre el cuerpo atado. Intentó que la polla entrara en su coño, sin conseguirlo del todo, y se ayudó después con una de las manos haciendo que al fin entrara. Comenzó a moverse despacio, arriba y abajo, casi con la misma cadencia que la lengua se movía en mi coño.
-¿Esto es lo mejor que sabéis hacer, los dos?, Una puta que no folla en condiciones y un perro que da lamiditas estúpidas. ¡Vamos, moveos de una puta vez!
Sentí la boca en mi coño, atrapando el clítoris y succionándolo, al mismo tiempo que el cuerpo de la perra aumentaba el ritmo. Empujé su espalda hacia delante para ver mejor, y comencé a descargar fustazos al ritmo de la follada. La lengua en mi coño, y ver la piel cada vez más roja me calentaban intensamente. Por un instante me abandoné, dejándome llevar por el vértigo, que me hizo desplomar sobre la cabeza del sumiso, agotada y temblando. Recuperé el resuello y me incorporé un poco, liberando el cuerpo que estaba bajo el mío. La zorra gemía moviendo la cabeza, apoyándose con los brazos tensos sobre al colchón y follándose deprisa.
-Así, puta, así. Vamos, dale fuerte, ¡haz que se corra!
Volví a descargar la fusta una y otra vez, las marcas surcaban las nalgas, que subían y bajaban cada vez más aprisa. Los espasmos comenzaron a apoderarse del cuerpo que estaba frente a mí.
-Si te vas a correr dilo, zorra, ¡dilo!
-Sí... me corro... me corro
Al tiempo, el hombre se tensó bajo mi cuerpo. Ambos gritaban dando rienda suelta a su placer, y yo sonreí viéndolos abandonados. Bajé de la cama quedándome de pié junto a los cuerpos agotados. Me acerqué a la perra empujando sus hombros hasta que quedaran sobre el colchón, entre las piernas del sumiso. Miré el coño chorreante, un hilo blanquecino asomaba entre los pliegues. Desanudé el pañuelo que tapaba los ojos del hombre y volví al coño, metiendo mis dedos dentro, sacando aquella humedad.
-Abre la boca, perro, dame tu lengua
Froté mi mano en la lengua ofrecida, mezclando las humedades y empapando con ellas la cara del sumiso.
-Limpia su cara ahora, zorra
Vi a la puta girarse, despacio. Vi su cara de vicio surcada por los rastros del llanto, vi como con gesto serio se acercaba al sumiso lamiendo su cara, bebiendo de su lengua, limpiando nuestros flujos, y volví a sonreír. Dejé la fusta de nuevo en el armario, y me dispuse a salir del dormitorio, tenía sed de nuevo.
-Desátalo, vestíos los dos y salid de mi casa, y no tardéis una hora en hacerloVolví a la cocina para servirme de nuevo algo fresco. Cuando salí al salón, ambos estaban ya vestidos esperando.
-¿Queréis algo?
-No, Señora, sólo despedirme. Quedo a los pies de la Señora
Ella tenía gesto de dolor, yo sabía que quería quedarse y charlar, normalizarse un poco, recuperarse.
-¿Y tú, quieres algo?
-No... nada
-Bien, pues marchaos entonces, ya nos veremos
Me senté en el sofá, bebiendo despacio. Acerqué el teléfono y marqué. La voz al otro lado fue como un abrazo para mi alma que en ese momento se relajaba.
-Todo ha salido como me dijiste, mi Dueño
-¿Todo bien entonces?
-Sí, todo bien. Gracias, muchas gracias
-A tí, mi puta
Una sonrisa iluminó mi rostro. Me sentí orgullosa y al mismo tan a sus pies, tan suya, tan nada...
miércoles 6 de mayo de 2009
Una Igual

La envolvía un abrigo de paño negro que casi rozaba el suelo. Con cada paso, la tela se abría dejando ver el espectáculo de su cuerpo. Casi pude ver la forma de sus tetas bajo la camiseta blanquinegra que la cubría desde el cuello hasta el nacimiento de su pubis. Sentí la dureza de sus muslos asomando entre la cortísima falda negra y las botas planas. Aquel cuero brillante que apretaba sus piernas hasta más arriba de la rodilla hacía aún más largas sus impresionantes piernas, como dos columnas que la llevaban, con paso largo, firme y pausado. Impresionaba por su altura, debía superar el metro ochenta y era como una amazona en busca de su caballo. Miré su cara, y supe de quien se trataba.
Pero supe que con tan solo un gesto tuyo esa prestancia desaparecería. Supe que la harías arrodillar, que su pelo quedaría revuelto, que el negro del abrigo quedaría aclarado por el polvo del suelo, que el cuero perdería su brillo, y que de andar altiva pasaría a arrastrarse por el suelo, de rodillas… suplicando… deseando… mojada… abierta… nada… tirada… ofrecida… humillada.
La pastora

En el prado vecino había una pastora de muy buen ver. Era una chica rolliza, de piel blanca, ojos color miel. Sus mejillas eran sonrosadas y sus labios rojos como una granada abierta por la lluvia otoñal. Cubría su pelo rojizo con un sombrero de paja, de alas anchas, que sujetaba a su mentón con una cinta de color turquesa.
Desde el día que la vi apacentar su rebaño en el prado vecino...
Corrijo, no fue un día, sino una noche. Aunque en realidad había sol. Yo procuraba desvelarme, cada noche, para estar cerca de esa mujer. Poco a poco fuimos intimando, al principio con excusas banales como... –“¿has visto los cuernecillos que le están saliendo a este corderito?”-. A lo que yo respondía: -“Serán causa de las malas acciones de una cordera pelandusca”-. Y ambos, al unísono, mirábamos por si descubríamos a la díscola. Pero... entre tanto lomo con suéter de pura lana no era fácil averiguarlo.
Con el paso de los días, bueno... de las noches, dejamos ese tipo de conversaciones para profundizar un poco más. Mejor dicho, yo profundizaba bajo sus faldas, que, como comprenderéis, al tratarse de una historia pastoral y pseudoromántica, cubrían refajo y calzas; así que me costó varias noches más descubrir un centímetro de su oculta piel.
Todo esto me estaba creando un grave problema. Decía que de día tenía que atender al trabajo y demás obligaciones, y de noche me mantenía despierto para llegar hasta ella. Para cuando conseguí desnudar su ombligo, mis ojeras llegaban al mío.
Por fin, una noche, entre balidos de ovejas y corderos, alcancé con las puntas de mis dedos los cobrizos rizos que cubrían su pubis. El tacto era delicioso y, llevado por mi instinto animal, quise disfrutar del aroma que desprendía el centro de aquellos carnosos labios que se ocultaban bajo sus íntimos tirabuzones. Apartando un poco más sus calzas me acerqué, casi con violencia, hasta que mi nariz se perdió en aquella ensortijada mata. Pero los excesos se terminan pagando. El cansancio y la falta de sueño me vencieron.
Me desperté directamente para ir a la ducha y al trabajo. Lo de trabajo es un decir, porque estuve todo el día pendiente del sol. Cuando comenzó a caer y las sombras cubrían la ciudad, comencé a sentir una sensación hasta entonces inédita. Bueno, la erección no era inédita, pero esa ya la tenía desde medio día. Se me prometía feliz la noche. Cené poco y rápido, y me tomé varios cafés para mantener a raya el sueño. A mi estado de excitación sexual conseguí añadir la excitación nerviosa, y el tic que hacía años había desterrado regresó esa noche. Mi ojo izquierdo volvió a mirar en morse. Aun así corrí a mi dormitorio, me metí en la cama sin pijama. Bueno, que tontería, siempre me meto en la cama sin pijama; y me concentré hasta llegar al prado donde pastaba mi rebaño de ovejas. Busqué a mi pastora, pero el prado vecino estaba desierto.... ni rastro de ella ni de sus corderos. Pero, ya que tenía la erección…
Aproveché para hacerme un trabajito a mí mismo, y tras el placentero lance me quedé dormido. A partir de ahí caí en la cuenta de que... más vale “pájaro” en mano, que pastora volando. Y, en lugar de contar corderos para dormir, opté por masturbarme.
Donatio (2002)
lunes 4 de mayo de 2009
Jugando en vacaciones

Cuando el hombre llegó le pedí que se desnudara, tras examinarlo y jugar con él unos instantes, le ordené que tocara y besara a la perra.
domingo 3 de mayo de 2009
Rojo
Veo... sábado 2 de mayo de 2009
Libertinos
Leo en un portal de contactos para amantes del estilo de vida BDSM que se está sopesando la posibilidad de hacer un compendio de conceptos, prácticas, ideologías, teorías o tendencias que integran el BDSM español.Quizá la iniciativa surja por el deseo de que todo aquel que se acerque a este mundo “sepa” lo que es o no BDSM, y así se eviten situaciones de abusos, o pueda elegir aquello que le guste más o menos de entre el supuesto manual (vamos, como si se tratara de una compra de artículos a la Redoute).
Yo siempre había pensado que, aunque parezca un contrasentido, la D/s y el BDSM significan libertad. Que aunque este sea un mundo de parafernalia, formalismo y normas, el respeto mutuo, la oportunidad de mostrarse sin miedos frente a otros iguales, la no-critica y una actitud eminentemente abierta frente al sexo era lo que debía caracterizar nuestro mundillo. Con el tiempo y lo vivido me he dado cuenta de que no es así. No sé si será la propia idiosincrasia de los que habitamos nuestra piel de toro, pero aquí sigue imperando la crítica, la envidia, muchos celos y multitud de batallas entre egos… ¿Será por aquello del dominio? ;)
Fotografía: Jan Saudek
Fotografía: www.disappointedvirginity.co.uk
Atendiendo a las súplicas de Perro


La huelga

-No vengas a trabajar-, le había dicho ese tipo. -¡Te lo advierto, no vengas!-. Pero ella, mirándole fijamente, le retaba a que se lo impidiese.
Llegó el día y, a pesar de las dificultades del transporte, la chica llegó a su trabajo. En el edificio no había el ambiente de un día normal, subió sola al ascensor y pulsó el botón del piso donde se encontraba su oficina. Tampoco en el pasillo había nadie. Era habitual que la gente se escaquease con la excusa de tomar un café o fumar un cigarrillo, y el pasillo era un deambular de personas, pero ese día, no sólo no trabajaban, sino que no habían ido.
Caminó los metros que la separaban de su oficina, encontró la puerta abierta, aunque ninguno de sus compañeros estaba allí. Miró las mesas vacías a su alrededor y se sentó en su despacho. Se puso a trabajar donde lo había dejado el día anterior, aunque una extraña sensación la invadía.
Recordó, entonces, las palabras de su compañero y ex novio, y sintió una fuerte oleada de calor recorrerle todo el cuerpo. Miró, instintivamente, el aparato de aire acondicionado y vio que el pilotito de función estaba encendido y... comenzó a sentirse nerviosa. Como no había nadie, y parecía que en la planta tampoco, encendió un cigarrillo sin salir al pasillo. Aspiró el humo y, en ese instante, los papeles de su mesa se movieron impulsados por la corriente de aire que se produjo al abrirse la puerta repentinamente.
Se giró, y se encontró con su compañera, -me has asustado Carmela-, dijo la chica.
-¡Se te advirtió que no vinieras1-, dijo la otra. La chica quiso volver a explicar todo aquello de sus derechos y..., pero la otra, sin decir más y en un movimiento rápido e inesperado, le soltó una bofetada que la hizo girar la cabeza.
La chica reaccionó intentando incorporarse de su asiento, pero alguien, a su espalda, la sujetó empujándola por los hombros, y sin dar tiempo a más, le pusieron una cinta adhesiva sobre su boca. Quien la sujetaba por los hombros era el ex novio. En poco tiempo, la otra mujer y el tercer compañero, la habían atado a la silla, sujetándola fuertemente por los brazos y las piernas. Cuando estuvo inmovilizada, la otra mujer cerró la puerta de la oficina desde dentro y bajó las persianas. La muchacha, atada y amordazada, sólo podía intentar expresarse con sus ojos y les miraba interrogándoles.
El ex novio, le habló: -No seas impaciente, cariño, enseguida sabrás lo que haremos contigo-. La otra mujer, Carmela, buscaba en uno de los cajones de su mesa despacho. Al fin encontró lo que parecía buscar y se acercó sonriente. En su mano derecha blandía un cúter, cuya brillante y afilada cuchilla hacía entrar y salir, produciendo un chasquido que puso más nerviosa a la mujer atada.
Cuando estuvo a su lado, con la otra mano, tomó uno de los botones de su blusa y con el cúter lo cortó. Así hizo con cada uno del resto de los botones. Uno de los hombres, desde atrás, se la abrió. Entonces, Carmela, comenzó a jugar pasando la cuchilla sobre la piel de la muchacha, mientras hacía eso, le hablaba...
-Podías estar en tu casa tranquilamente, haciendo cualquier cosa, pero tenías que traicionarnos. Tenías que ser una chica buena, y te has encontrado con esto.
En ese momento... metiendo la cuchilla bajo el sujetador, tiró con fuerza hasta cortarlo. Los pechos de la muchacha saltaron libres pero, curiosamente, sus sonrosados pezones de grandes aureolas estaban duros. La otra, acabó de cortar los tirantes del sujetador y se lo quitó tirando de él. Volvió a jugar con la cuchilla, ahora sobre los pezones. Presionaba cada vez más. La chica, asustada, se miraba sus pechos e intentaba, con esfuerzos vanos, deshacerse de sus ataduras.
Cuando la cuchilla se apartó dejó una fina línea roja, de la cual, al instante, brotó una gota que resbaló sobre la piel del pecho hasta caer sobre su muslo.
Los dos hombres y la otra mujer se sonreían y se miraban entre sí. Uno de ellos, tomando la cajetilla de tabaco de la mesa, encendió un cigarrillo, dio un par de caladas y, cuando la punta estuvo bien incandescente, lo acercó al pecho desnudo de la muchacha. Ésta le miró horrorizada, moviendo la cabeza en sentido negativo, pero el tipo no se cortó. Al instante punzó la candela sobre la piel suave y un grito quedó ahogado por la mordaza. De la frente de la muchacha comenzaron a brotar abundantes gotas de sudor. De nuevo, otra punzada lacerante en otro lugar del pecho, y otra. Las risas aumentaban y se pasaban el cigarrillo probando cada uno el juego, hasta que, la compañera, terminó por aplastarlo sobre uno de los pezones.
La desataron, la pusieron de pie sujetándola con los brazos a la espalda. Carmela cortó con el cúter el pantalón. Sólo con las bragas la pusieron de espaldas sobre una de las mesas, desalojaron cuanto había sobre ella, y la ataron fuertemente.
Comenzaron a manosearla, a insultarla. Carmela pasaba la cuchilla sobre el cuerpo desnudo de su compañera y, de tanto en tanto, apretaba haciendo un pequeño corte del que surgía al instante, una gotita roja. Luego, tras juguetear un rato sobre sus bragas, acabó por cortarlas y arrancarlas.
-¡Esta jodida zorra está empapada!-. Dijo Carmela cuando metió sus dedos en el coño de su compañera empujando con fuerza. La muchacha, aún atada, se retorció sobre la mesa.
Carmela comenzó a mover su mano, haciendo juego con su muñeca. Poco a poco fue metiendo sus dedos en mojado coño, giró y consiguió introducir un poco más hasta que, al fin, su puño desapareció en el interior. Comenzó a moverlo abriendo sus dedos que arañaban las entrañas de la chica. Los dos hombres, en tanto, le mordían los pezones, o se los palmeaban con sus manos. Cuando Carmela se cansó sacó su mano. Entonces, uno de los hombres ocupó su lugar entre las piernas de la muchacha, y sacando su verga se la metió hasta el fondo.
Carmela se deshizo de su falda, se quitó las bragas y, entonces, le habló a la chica acercándose a su oído: -Te voy a quitar la mordaza- le dijo. -Te vas a quedar calladita, porque si gritas te corto el cuello como he hecho con tus ropas-. Entonces, dando un fuerte tirón, arrancó la cinta adhesiva de la boca de la chica. Ésta reprimió el grito, pero las lágrimas brotaron de inmediato de sus ojos. Carmela, ayudada por el otro tipo, se subió a la mesa, se colocó abierta de piernas sobre la cara de la chica y se sentó sobre ella.
-¡Come!-. Le ordenó, y aplastó su coño contra la boca de la muchacha.
-¿Come!-. Insistió. Y, de seguido, sintió la lengua abriéndose camino hacia el interior de su cuerpo.
Para entonces, el tipo que follaba estaba a punto de correrse. Se apartó de repente y, sacudiendo su polla con la mano, consiguió que el esperma salpicara sobre todo el cuerpo de la muchacha.
-¡Yo quiero darle por el culo!-. Dijo el otro.
Le desataron las piernas y se las levantaron. Uno de ellos metió un par de dedos en su coño y luego los llevó hasta el culo. Empujó fuerte. Los retorció y, cuando hacía eso, la chica metía con más fuerza su lengua en el coño de la otra. El que ya se había corrido, sujetaba en alto las piernas de la muchacha mientras el otro empujaba para meterle su verga en el culo. Empujó hasta que consiguió hacerla desaparecer dentro del estrecho túnel. Se movió con fuerza y rapidez. Se tensó. Y soltó su carga caliente en el interior de la mujer.
En ese mismo instante Carmela se corría sobre la cara de su compañera. Después de eso soltaron a la chica. Le advirtieron que no dijese nada, la amenazaron si contaba lo sucedido, y salieron dando un portazo.
* * *
En ese instante, Sonia se sobresaltó. Carlos llamaba su atención y le decía: -Oye, Sonia, que Carmela, Jaime y yo, no venimos mañana a trabajar, nos sumamos a la huelga. ¿Tú, que vas a hacer?-.
-Yo..., yo vendré a trabajar-. Dijo Sonia, mientras le regalaba una gran sonrisa a su compañero y ex novio.
Donatio (2002)
Fotografía: deefoto.com
viernes 1 de mayo de 2009
Vacaciones






























