





Estamos en permanente estado de crecimiento y eso debería hacernos cada vez más humanos y poner más distancia con el resto de las especies animales. Creo necesario que la persona sea consciente y acepte ese hecho para encontrarse con una personalidad que en gran medida es obra suya, pero con una importante relevancia e influencia del entorno en que ha vivido, y vive, en su constante evolución.
He aprendido de mis fracasos, también de mis logros. Cada día aprendo de las personas que me rodean, y espero que esas personas también puedan encontrar en mí algo que les ayude a crecer social, espiritual, emocional, laboralmente…
Pero lo que más me ha enseñado ha sido el dolor y el sufrimiento de las personas. Mostramos con facilidad nuestros éxitos, pero ocultamos, generalmente, nuestras heridas, fallos y frustraciones que, a la postre, terminan marcando nuestro comportamiento en las relaciones con otros.
Además, cuando manifiesto mi sexualidad tengo una tendencia que se etiqueta como “dominante”.
Espero no cambiar, sí evolucionar, crecer… Espero mantener mi lealtad a las personas con las que estoy comprometido emocional, social y laboralmente. Deseo saber respetar a quien se me ofrece en el “juego” D/s, otro ser humano, con la misma dignidad que yo pero que juega en otro bando; lo que no me da derecho a usarla, manipular y confundir sus sentimientos, satisfacerme y dejarla porque... al fin y al cabo es sumisa y yo..., yo "soy Amo".
¿Qué me hace crecer?... Estar vivo me hace crecer; procurar tener los pies firmemente apoyados en el suelo me hace crecer; respetarme a mí mismo, para que me respeten los demás, me hace crecer; saber cómo soy y vivir mi vida con cierta coherencia, me hace crecer.
Además..., cuando manifiesto mi sexualidad, tengo una tendencia dominante que, en este mundillo, se etiqueta como "Amo".






Las pinzas muerden sus labios, las agito con mis dedos y tiro de ellas. La perra gime, a veces grita, siente el dolor pero su coño se moja... se moja... Debe ser un poco, o mucho, masoquista.


Dejé de sentir tus manos. Ahora estabas frente a mí, tocando tu polla dura. Me ordenaste abrir la boca, que ya te ansiaba golosa. Ordenaste que asomara mi lengua de perra entre mis labios negros. Estabas tan cerca que sentía el calor de tu polla, su aroma, la veía, brillante, dura, y babeaba por ella. ¡La deseaba tanto entre mis labios! Me ordenaste cerrar los ojos, obedecí.
Sumisa.
Y paseaste tu polla por mi cara, por mis labios negros abiertos, por mi lengua que la buscaba ansiosa. Y entraste en mí, follando mi boca. Tus manos agarraban mi cabeza, moviéndola a tu antojo, apretándola fuerte contra tu vientre, aflojando de tanto en tanto. ¡¡Y yo chupaba, y me atragantaba, y la cara se me llenaba de saliva, desdibujando la pintura de mi boca, entre arcadas, y mis ojos llorando, y me ahogaba!!
Tu puta.
Dejaste de apretar mi cabeza, pero yo estaba tan caliente que no paré ni un instante. Chupé, lamí, degusté tu polla glotonamente, babeando, ahogándome y sonriendo, buscando tus ojos con mi mirada, y empapándome cada vez más.

Tu perra lamedora
Y tus manos en mis pechos de nuevo, apretando, fuerte, muy fuerte. Sentí que te endurecías aún más, sentí tus espasmos, escuchaba tus gemidos... el vértigo de mi Amo. Mi Dueño que me follaba hasta el fondo, que casi me ahogaba de nuevo. Mi Dueño corriéndose, dándome a beber su esencia, y yo... con la pintura corrida, la barbilla y cuello mojados, Tu esencia resbalando entre los labios... la cara de una verdadera puta, y tuya.
Tu zorra caliente.
Bebí. Seguí lamiendo tu polla, limpiándola con tanta devoción, tanto respeto... mi Dueño me había dado tanto. Se durmió entre mis labios tu miembro, y sonreía agradecida sintiéndolo reposar de nuevo, dulcemente. Besé tu polla dormida. Recogí con mis manos la esencia de mi Amo que quedaba en mi cara, la bebí sin dejar ni una gota relamiéndome, golosa.
Y me postré, y busqué tu mirada agradeciendo, y sonreí, y besé tus pies. Y fui la esclava más feliz del mundo; mi Amo me había usado.
Soñé con mi Amo y desperté excitada. Los pezones duros. La piel caliente, los labios hinchados, y mi cara… la de tu zorra, empapada.

Recordaba ahora una pequeña pieza de porcelana que guarda mi padre como un tesoro. Representa a una ninfa, recostada sobre el tronco de un árbol tras el cual la observa un fauno de mirada libidinosa. Es una pieza muy bien trabajada y con un acabado delicadísimo. La recibió mi padre del suyo, a quien se la había regalado su hermano Jacinto, que residía a las afueras de París. Esta figurilla había sido realizada por Eloise, esposa de Jacinto.







Hoy querría...

Tras comentar lo que esperaba de cada una de aquellas personas, quise asegurarme de que no habría más errores. A la madame no le debió resultar difícil adivinar mis pensamientos, según reflejaba mi expresión y, empujando a un tipo obeso y completamente calvo, dejó espacio para poner ante mis ojos la mesa de registro y, sentado a ella dándome la espalda, un tipo menudo de pelo negro brillante y liso que le cubría el cuello de la camisa. Me acerqué y, antes de que yo dijese nada, la casera me espetó...
-¡Es muy bueno en esto!
El técnico tenía ante sí varios monitores y se afanaba por conseguir una imagen nítida en cada uno de ellos y, al tiempo, me mostraba sus habilidades. Varias cámaras de video recogían su cuerpo desnudo sobre la cama negra. Un plano general, otro cenital que el operador acercaba con el zoom hasta un primerísimo plano de sus ojos claros; otra cámara recogía el centro de su cuerpo y otras dos la flanqueban por los costados. Me sentí satisfecho e incluso admirado ya que, en mi visita previa, no fui capaz de descubrir los puntos donde se ubicaban las cámaras.
-¡En esa pantalla más grande, puede verlo mejor!- Me dijo la madame, mostrándome su sonrisa satisfecha.
Me giré, al tiempo que se iluminaba una gran pantalla y aparecía la imagen del chico entrando en la habitación. Contemplamos como la examinaba con la mirada y como, a continuación, acercaba su mano al pubis rapado de la mujer. El cambio de cámara recogía la mano del hombre y sus dedos abriendo su coño rezumante de humedad. Le hundió tres dedos y en la pantalla aparecieron de repente sus ojos claros y la expresión de su cara.
El operador de video aguantó unos segundos ese plano en el que pudimos intuir, sin verlo, las manipulaciones del chico en el coño de la mujer. Cuando sus gemidos se hicieron patentes, la imagen cambió a un primer plano de su coño empapado, mientras la mano del hombre empujaba y se retorcía con fuerza en su interior.
En ese momento llamé la atención de la pelirroja que se acercó a mí. Sin levantar la voz, pero en un tono audible por todos le comenté...
-Se quedará con ganas, conozco sus reacciones, así que es momento de cortarle el ritmo. Espero que te emplees bien, no me defraudes.
La mujer asintió con una sonrisa sin perturbar su lacerante mirada. Se dispuso para salir a escena en el momento en que la pantalla mostraba la boca de ella deformada por la presión de los dedos del joven; éste se los hacía lamer y los sacaba restregándolos por su cara dejando un rastro húmedo sobre la piel.
Supimos que había terminado cuando le vimos aparecer por la cortina. La pantalla mostraba el primer plano de su coño húmedo, abierto y palpitante. La pelirroja me miró esperando la señal; aguardé un par de minutos y asentí. Todas nuestras miradas convergieron en la gran pantalla que mostró, primero, un plano cenital de su cuerpo abierto en aspa y, a continuación, la entrada de la pelirroja en el encuadre. Caminó despacio alrededor de la cama. De tanto en tanto, se nos ofrecía una imagen de los ojos de mi perra que, imposibilitada de movimientos, intentaba seguir el deambular de la otra mujer por la habitación.
Tras haberla observado, la pelirroja se sentó al filo de la cama; se tomó tiempo para abrir su pequeño bolso, extraer el paquete de tabaco, tomar un cigarrillo en sus labios y encenderlo... Tras exhalar la primera bocanada de humo dejó el encendedor dentro del bolso, lo cerró y depositó a un lado, sobre la sábana negra. Se giró hacia ella y extendió su mano sobre uno de sus pechos. Lo acarició apenas y lo arañó con sus uñas violetas; extendió su mano sobre él y la cerró con fuerza haciendo sobresalir el pezón. En la pantalla, sus ojos claros se abrieron como se abre una ventana al océano, y exhaló un suspiro mezcla de dolor y placer.
La pelirroja, sin aflojar su presión sobre el pecho, avanzó la otra mano sosteniendo el cigarrillo. Lentamente lo fue acercando al pezón. Cuando ella percibió lo que acontecía, intentó negar... pero ahogó su negativa antes que saliese de sus labios. Levantó cuanto pudo su cabeza fijando la mirada hacia su pezón, cuando la punta incandescente casi lo rozaba.
Un rápido juego de primeros planos nos fue mostrando la mano que presionaba el pecho, el pezón hinchado, el rojo extremo del cigarrillo y la expresión de su rostro. Hasta que el cigarrillo quemó la piel del pezón y ella emitió un gemido que era más un grito ahogado. Entonces, la pelirroja soltó el pecho y, sin esperar, volvió a apretar, ahora sobre el pezón quemado y dolorido. Pellizcó y lo estiró. Ella sudaba y, en la medida que sus ataduras se lo permitían, se retorcía sobre la cama. La pelirroja, siempre silenciosa, cambió de posición de forma que pudo alcanzar el otro pecho. Lo presionó con la mano como el anterior, y volvió con la misma operación. Al contacto de la brasa con la piel del pezón, ella volvió a gritar, pero esta vez la pelirroja no soltó tan rápido sino que esperó unos segundos, dio otra calada a lo que quedaba del cigarrillo y clavó la punta incandescente sobre la areola del pezón, aplastando con fuerza el cigarro. Después, soltó el pecho y se detuvo a mirarlo un instante. Un primer plano mostraba la zona quemada, manchada por la tizne de la ceniza y los restos del cigarrillo retorcido sobre la areola. La pelirroja, entonces, apretó con sus dedos el pezón quemado, clavando sus uñas y estirándolo con fuerza.
De nuevo, el plano cenital nos mostraba su desnudez retorciéndose sobre el negro de la sábana. Sus gritos, que fueron gemidos, se ahogaron en el fundido negro de la pantalla...
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Llevaba planeando esto desde hacía varias semanas, pero el agobio en el trabajo y la escasez de tiempo libre habían ido alargando el momento. Alguien me había hablado del lugar, me lo recomendó como de toda confianza, pero me gusta comprobar las cosas por mí mismo y prepararlo todo minuciosamente. Previamente había visitado la casa, tal como me habían dicho, la dueña -una mujer mayor empeñada en vestir como una jovencita-, se mostró afable y dispuesta a complacer previo pago del importe convenido por teléfono. Me gustó el lugar, sobrio, amplio y con ese olor especial que dejan años de amores prohibidos, relaciones tempestuosas, pasiones desbocadas y alguna orgía sin contemplación de sexos o edades.
La habitación era justo lo que necesitaba, la cama perfecta..., tan sólo un detalle fuera de mi gusto que le hice saber a la madame: la cama estaba vestida con sábanas negras y no son de mi agrado, así que le pedí que las cambiase por blancas.
-¿Está dispuesto todo lo demás?-. Pregunté a la madame.
-Todo como usted me indicó por teléfono-. Añadió la mujer.
Tras saludarles escuetamente, comenté a cada uno su cometido.
Si piensas que entras en uno de los multiples sitios dedicados al cuerpo en este mundo virtual te equivocas, navegante.
Aquí verás cuerpos, sin duda, pero sólo si sabes mirar con los ojos apropiados llegarás a verlos.
Sólo si miras con los ojos del Alma.
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