Así me ofrecía nadine sus tetas, esta mañana, antes de ir a trabajar.








Hacía tiempo que Pilar y su marido albergaban el deseo de cambiar de casa. Aunque el piso donde residían desde que contrajeron matrimonio era espacioso, y estaba bien situado, la ilusión de ambos era poder tener una casa unifamiliar, en los últimos meses habían visto numerosas viviendas, pero todas con un precio fuera de su alcance.
Esa mañana, Pilar había recibido una llamada de la agencia inmobiliaria que la urgía a visitar una casa. Esa misma tarde se desplazó para verla.
Le encantó, era el tipo de vivienda que había soñado y, además, en una zona de la ciudad tranquila y bien comunicada. Pero, pensó, también sería cara. Se sorprendió cuando le dijeron el precio que pedía el actual propietario y su rostro reflejó la expresión de ''¡cómo es posible!''. Al parecer, la casa la había habitado una mujer que murió sola. Esta propiedad, y algún dinero ahorrado, fue heredada por algún sobrino que pretendía venderla rápido para obtener cuanto antes el dinero de la venta. Esta era una oportunidad que Pilar, dijo a su marido, no podían perder, así que cerraron el compromiso de compra de inmediato.
Pocos días después, Pilar fue a visitar con detenimiento su nueva casa. Era una tarde de otoño, se fue desplazando por todas las habitaciones, despacio, mirando todo lo que tendría que tirar pues los herederos habían dejado algunos muebles viejos que quizás mereciese la pena conservar, y algún armario lleno de papeles y libros viejos. En una habitación de la planta superior había uno de esos armarios. Pilar se puso a hojear, cogía uno de aquellos libros, lo abría, leía varias líneas, y lo dejaba. Así fue haciendo con varios, hasta que, al extraer uno de los ejemplares advirtió que detrás había otro. Alargó su brazo y se hizo con él y, al tenerlo ante sus ojos, se dio cuenta de que no era un libro sino una carpeta que, al parecer, contenía pliegos sueltos. Esta carpeta, de cartón grueso contracolado con láminas rojas, estaba cerrada por dos cintas anudadas en lazos. Desató las cintas y abrió la carpeta. Al instante resbalaron algunos pliegos y, al querer cogerlos en el aire, se le cayeron todos al suelo. Entonces pudo ver que, en algunas de esas hojas de papel, había dibujos. Se arrodilló, sentada sobre sus talones, y tomó uno de aquellos dibujos, al azar. Estaba hecho a tinta, a plumilla. Representaba una escena en la que una mujer, desnuda y atada a un poste, era azotada por una pareja, la figura de la mujer azotada era esbelta y de rasgos hermosos, pero las figuras de la pareja que azotaba eran más toscas y representaban personas de más edad. Rebuscó entre las hojas de papel y tomó otro de los dibujos; éste representaba otra escena, pero en este caso las mujeres torturadas eran dos. Ambas aparecían empaladas, y a su alrededor un grupo de hombres y mujeres sonreían.
En la contemplación de estos dibujos, Pilar se advirtió excitada. En ese momento, escuchó su nombre desde la planta inferior y recordó que había quedado con su marido para ver la casa. Apresuradamente recogió las láminas, las colocó como pudo entre las dos tapas de cartón y, sin anudar las cintas, volvió a meter la carpeta en el hueco donde la encontró. Cerró el hueco con otro libro en el momento en que el marido entraba en la habitación....
Aquella noche, Pilar se sentía de forma distinta a otras noches. Durante la cena advirtió que un extraño calor le abrasaba el cuerpo y después, recogiendo la cocina, se preguntaba por qué había escondido los dibujos cuando apareció su marido en la casa. ¿Por qué no dejó que él los viese? Analizando la situación no le encontraba sentido, pero muy dentro de sí sentía que aquel descubrimiento era suyo. Solo suyo.
En la cama, fue ella la que comenzó el juego. Se sorprendió a sí misma acariciando el cuerpo de su marido con avidez, con ansia. Pero más sorprendida quedó cuando se vio reflejada en el espejo, a cuatro patas sobre la cama mientras su marido la tomaba por detrás.
-¡Más fuerte, empuja más...!, se oyó decir. Se vio encendida en la imagen reflejada en el espejo, como nunca antes se había visto y sentido.
Al día siguiente, al terminar su trabajo, volvió a la casa. Buscó la carpeta tras los libros, se sentó en una vieja mecedora cerca de la ventana y, con la luz del atardecer, abrió con cuidado el portafolio, y dispuso en abanico las hojas que contenía. Tomó una al azar. Sobre el papel, aparecían abocetados varios momentos de una misma escena; la misma mujer estaba dibujada en diferentes posturas, retorcida sobre sí misma, con los brazos fuertemente atados a la espalda, atada en aspa, con los pechos fuertemente apretados por correas. En un primer plano de su rostro, amordazada y con el brillo que da a los ojos el llanto, advirtiéndose una lágrima resbalando por su mejilla. Una a una, fue repasando todas las hojas, sorprendiéndose con las escenas reflejadas, nunca antes imaginadas por ella. Quedó pensativa un instante, con la mirada perdida en el fondo de la habitación.
Pilar cerró sus ojos y sintió como desabotonaban su blusa; luego, los dedos que acariciaban la piel de su pecho. Se dejó. Sintió caer los pliegos de papel al suelo y se supo con las piernas entreabiertas. -¿Esto es real?-, se preguntó. Pero se negó a abrir los ojos. La presión sobre sus pezones era real, la suave fuerza que separó sus muslos, tras subirle la falda, era real. ¿El dedo que empujaba el borde de su braga, era real? Debía serlo, cuando se sintió penetrada por él. ¿Quién tiraba de sus brazos y guiaba sus pasos? Se supo en medio de la nada, y se sintió desnuda, observada, examinada, avergonzada. Las manos anónimas levantaron sus brazos y recorrieron su cuerpo, apretaron sus pechos, abrieron su sexo. ¿Cuándo la ataron? Sus brazos arriba, fuertemente estirados, sus muñecas apretadas, sus piernas abiertas sujetas de los tobillos. Miedo, ahora sentía miedo. Y… ¿si abría los ojos?
De repente vinieron a su mente los dibujos que había visto: cuerpos de mujer torturados. Parpadeó. Pero sentía más miedo de abrir sus ojos y comprobar que nada era real, que de permanecer a disposición de... ¿de quién?
Ya no podía abrir los ojos. Primero sintió el roce de un tejido sobre sus párpados, luego el apretado del nudo en la nuca que le hizo algo de daño. Abrió la boca en un gesto de dolor y no pudo cerrarla porque le habían metido algo que también la apretaba y la impedía hablar, gritar…
Una palmada en la nalga la hizo concentrarse en la nueva situación. Otra palmada y unos dedos ávidos, salvajes, arañándole el sexo. Más palmadas, más fuertes; y los dedos que apretaban y pellizcaban su culo, los muslos, el vientre, las tetas…
Un trallazo sobre su espalda la convulsionó, y una sucesión de latigazos cayeron sin contemplación sobre su cuerpo. Lloraba, pero la mordaza impedía que sus gritos aflorasen más allá de ahogados sonidos guturales. Babeaba. No podía impedir que la saliva le cayese por la comisura de sus labios y se sintió más humillada.
Qué vino después no pudo recordarlo en ese instante. Sí sentía su cuerpo y su mente agotados, dolorida, humillada, acalorada y… excitada, muy excitada. Estaba sentada en el suelo, casi tumbada. La habían desatado y dejado así. Pero conservaba la venda en los ojos. Ella misma, pasado un rato fue capaz de quitársela. Le dolían los ojos, la cara, la cabeza… de tan apretada como la había tenido.
Cuando pudo se incorporó, fue hasta uno de los baños de la casa y abrió el grifo de la ducha. Sin tener en cuenta la suciedad acumulada en el tiempo que llevaba cerrada la casa, se metió bajo el chorro de agua fría que la hizo volver a la realidad.
Lo que había ocurrido, efectivamente, había sido real. En su cuerpo estaban las marcas de lo acontecido esa tarde. Y una pregunta cayó sobre ella con el peso de una gran losa: ¿Qué iba a pasar cuando su marido descubriese el estado de su cuerpo? Otra pregunta desplazó a la anterior: ¿Con qué iba a secar su cuerpo?, pues no había pensado en eso antes, y no veía nada a su alcance que pudiese servir.
Caminó desnuda y mojada por la casa, buscando algo con qué secarse. Aparte de alguna polvorienta cortina no encontró nada. Volvió hasta la habitación donde había ocurrido todo, y rebuscó entre sus ropas, tiradas por el suelo. Debía sentir frío, sin embargo su cuerpo seguía ardiendo, cogió del suelo sus propias bragas y se dejó caer de nuevo sobre la mecedora, junto a la ventana. Pasó la braga por sus muslos, intentando absorber la humedad que quedaba sobre su piel, luego por el vientre y… su mano buscó la abertura de su sexo. Estaba mojada, y no era por la ducha que recientemente había tomado. Su coño ardía, abierto y jugoso; con sus dedos se acarició, despacio, sintiéndose… Estuvo a punto de cerrar los ojos y recordó lo ocurrido la última vez que lo hizo, esa misma tarde. Los mantuvo abiertos mientras introducía dos de sus dedos en la profundidad de su sexo, moviéndolos lentamente, luego más aprisa. Ahora sí podía oír sus gemidos, se gustó, y cerró los ojos. Continuó acariciando su sexo, tocándose el clítoris, pellizcándolo con fuerza hasta clavarse las uñas, y oleadas de calor la recorrieron en todo su ser.
Un fuerte grito que recorrió todas las estancias de la casa, mientras apretaba sus muslos manteniendo prisionera su mano fuertemente pegada a su coño, culminó el orgasmo más intenso que hasta ese momento había sentido.
Justo antes de entrar en su domicilio, volvió a su mente la pregunta sobre cómo reaccionaría su marido, ¿debía intentar ocultarlo?, ¿cómo podría hacerlo…? El piso estaba silencioso, dejó las llaves y colgó la chaqueta en la percha, tras la puerta. Luego advirtió que, además de silencio, había penumbra, sobre la que destacaba un destello de luz que provenía de la habitación que su marido usaba como despacho. Caminó hasta allí y empujó con suavidad la puerta entre abierta. El marido, sentado tras la mesa permanecía atento a lo que estaba haciendo, sin levantar la mirada ni pronunciar palabra. Pilar se acercó, intrigada por la situación, y se percató de que él parecía estar dibujando algo sobre una blanca hoja de papel.
Sin detenerse, ni distraer el punto de atención de su mirada, Pilar dio la vuelta a la mesa, hasta situarse a la altura de su marido, hasta que pudo ver con claridad lo que éste estaba dibujando. La escena presentaba a una mujer desnuda, con los brazos levantados y sujetos por cuerdas, así como las piernas abiertas y también sujetas por cuerdas en los tobillos. La mujer del dibujo tenía una venda negra sobre sus ojos, y una mordaza en forma de bola metida en la boca. Los trazos de tinta habían marcado, sobre el cuerpo de la mujer en el dibujo, las marcas de unos azotes. En el suelo de la estancia representada en el dibujo, aparecían esparcidas unas ropas, algunos libros, y lo que parecían unos dibujos con cuerpos femeninos, desnudos y…
Pilar, sin decir nada salió del despacho, fue hasta su dormitorio y se desnudó. Abrió uno de los cajones del armario vestidor y cogió varios pañuelos grandes que depositó sobre el filo de su cama; luego, se tumbó ella, boca arriba, disponiendo sus brazos y piernas en aspa y… esperó.
Donatio.-

A este grupito de chicas se la tenía jurada la “profe” de literatura, y era frecuente que terminasen en su despacho de la jefatura de estudios. A lo largo del curso, su relación se había ido tensando y, para finales, aquello era una bolsa de gas a punto de reventar. Más aún, cuando la “profe” les había anunciado, a aquellas cinco chicas, que de ninguna forma iban a pasar su asignatura, y que, como jefa de estudios, iba a influir en la medida de lo posible en las calificaciones de sus compañeros profesores. Esto lo dijo públicamente una calurosa tarde de mediados del mes de mayo. Fue humillante y, he de reconocer, que sentí vergüenza ajena al oírla amenazar de aquella forma a las muchachas. Aunque, también he de reconocer, que disfruté viendo correr las lágrimas por la mejilla de Julia, una de las chicas rebeldes. Por entonces no fui capaz de comprender aquella sensación, sólo que mi entrepierna se despertó al contemplar aquella carita de niña mona humedecida por las lágrimas.
Se preparaba, en aquéllos días, la fiesta de fin de curso y, entre los actos programados, se encontraba la representación de una obrita de teatro. La “profe” de Literatura era la directora. Solían hacer los ensayos después de las clases y, aunque no participaba en la obra, el chico pelota siempre estaba junto a la profesora. Una tarde, bastante tarde, acabado el ensayo los chicos y chicas que actuaban se fueron retirando. La profesora se quedó para hacer unos bocetos, sobre el propio escenario, del decorado que pretendía colocar. El chico pelota, como siempre, estaba con ella. El patio de butacas estaba oscuro y en el escenario sólo la ''diabla'' daba luz en un punto central.
Mientras la profesora dibujaba, y ponía medidas, sobre una hoja de papel, dando la espalda al patio de butacas, el grupo de las cinco chicas accedió al interior, encargándose una de ellas de bloquear todas las puertas. Luego, descalzas para no hacer ruido se fueron acercando al escenario hasta acceder a él por un escabel lateral. Fue, entonces, cuando el chico pelota se percató de su presencia y advirtió a la profesora que se volvió de inmediato plantando cara a cuatro de las muchachas. No pudo decir una palabra, porque un golpe seco en su cabeza la dejó sin sentido. El muchacho se volvió hacia la chica que había golpeado, ésta, con una barra de madera en la mano lo amenazó gesticulando, y él, también gesticulando, hizo votos de permanecer en silencio. Rápidamente, las cinco chicas se lanzaron sobre el cuerpo de la profesora que permanecía sin sentido sobre las polvorientas tablas de la escena. Le sacaron los zapatos. Desabrocharon su pantalón y tiraron de él con fuerza. Sacaron sus bragas, que no eran de lencería fina precisamente, y se las metieron en la boca; luego, pasaron una cuerda sobre su boca, dando varias vueltas alrededor de su cabeza. Después, acabaron de quitarle el resto de la ropa.
Una de las chicas, mientras tanto, había ido clavando unos clavos sobre la madera del escenario. Anudaron unas cuerdas a las muñecas y tobillos de la profesora, y las ataron a los clavos. Pasaron otra cuerda sobre su vientre, dando varias vueltas, y también la anudaron a unos clavos a ambos lados de su cuerpo. Al fin, se apartaron y... Sí, sí que era mujer. ¡Y qué mujer!
Una de las muchachas se acercaba con una jarra llena de agua. Se arrodilló a la altura de la cabeza de la profesora y vertió el agua sobre su cara, al poco, la mujer comenzó a reaccionar. Abrió sus ojos, parpadeó varias veces. La luz de la ''diabla'' daba justo encima de sus ojos. La chica de la jarra se desplazó un poco para evitarle el destello. Entonces la vio, la profesora fue consciente de su situación, quiso reaccionar, pero estaba bien inmovilizada. Quiso hablar, pero la improvisada mordaza en que se habían convertido sus bragas se lo impedía.
-¡Jódete, hija de puta!-, dijo la muchacha, y se puso de pie, colocándose junto a sus compañeras.
El chico pelota permanecía en silencio, como petrificado. Las muchachas se colocaron alrededor de la profesora. Se pusieron en cuclillas. Una de ellas encendió un cigarrillo, otra había comenzado a jugar con los pechos de su profesora; los tomaba en sus manos y los apretaba, buscaba con sus dedos los sonrosados pezones y los presionaba. Luego, daba palmadas sobre aquellas rotundas tetas, cada vez más fuerte. La del cigarrillo apretó con su mano izquierda una de aquellas hermosas tetas y sin vacilar, con la otra mano, acercó el cigarrillo a la blanca piel. Apretó. El cuerpo de la profesora se tensó, su frente se perló de sudor. La chica, con la mayor tranquilidad, dio una calada al cigarrillo y lo pasó a otra de sus compañeras. Luego, ésta, hizo lo propio en otra zona de los pechos de su profesora. Otra de ellas, de reojo, miró al compañero pelota que seguía en el mismo sitio, pero algo había cambiado además del color de su cara. Un bulto, que antes no estaba, se levantaba bajo su pantalón. La muchacha que había atizado el golpe a su “profe” recogió del suelo la barra de madera y empezó a pasarla sobre el cuerpo de la mujer; la levantó sobre sus ojos para que pudiese verla. Hizo con su mano un gesto sobre un extremo de la barra, como la acción de masturbar un pene, y se sonrió maliciosamente ante la mirada desencajada de su maestra. Luego, acercando la punta del madero al poblado y rojizo monte lo fue desplazando, rozando despacio. Colocó la punta en la hendidura del sexo de la profesora, la movió despacio, buscó el lugar con sus dedos y empujó con fuerza. Sí, con fuerza. De nuevo, el cuerpo de la mujer se tensó.
Las cuerdas se le clavaron en las muñecas, los tobillos y, sobre todo, en el vientre. Una vez había introducido un buen palmo, la muchacha comenzó a moverlo. Luego más aprisa, después frenéticamente. Acompañando sus movimientos con las risotadas de sus compañeras que proferían insultos a su profesora que, en ese momento, derramaba copiosamente sus lágrimas que, desde sus mejillas, caían sobre la seca madera del escenario.
-¿Ahora, quién jode a quién?!, gritaban las chicas a coro.
Una de las muchachas se acercó al chico pelota. Ni siquiera le miró a la cara, directamente le desabrochó el cinturón y se lo quitó. Lo plegó y lo tomó firme por un extremo y, acercándose al cuerpo de su profesora, comenzó a azotarla con fuerza. Los muslos, el vientre, los pechos, los brazos extendidos. Otra le quitó la correa. La tomó en sus dos manos, por ambos extremos y, sentándose sobre los pechos de la profesora se encaró a ella estirando el cinturón sobre sus ojos.
-¡Te voy a destrozar, guarra!-, le dijo casi babeante.
Se incorporó y continuó azotando más fuerte que la anterior.
-¿Qué haces, Julia?-, preguntó una de ellas, cuando ésta se sacaba las bragas. Sin decir nada subió su falda, se puso abierta de piernas sobre la cara de su profesora y se agachó sobre ella. Cerró los ojos. Se hizo silencio. Al cabo de uno segundos, unas gotas doradas fluyeron sobre la cara de la profesora, luego, un chorro abundante. Ahora, las risotadas eran más sonoras, carcajadas.
-¡Ahora, capullo, te toca a ti!-, dijo una de las chicas, dirigiéndose al chico pelota.
Éste, justo en ese momento, hizo lo que su compañera. Pero se lo hizo en sus propios pantalones. No hubo risas ahora, la que había hablado se acercó a él. El muchacho no se movió, no podía. La chica comenzó a quitarle la ropa, alguna de sus compañeras se sumó. Le desnudaron por completo. Seguía empalmado. No dijeron nada. Sus manos comenzaron a recorrer el cuerpo del muchacho. Arrodilladas ante él se disputaban con sus bocas un trozo de su piel; en la zona de sus genitales, con las manos, le apretaban las pelotas sin llegar a hacerle daño. Una de ellas tragó su pene, y fue todo, porque el muchacho se derramó en ese momento. Entonces, el chico lanzó un gemido que fue el detonante de su llanto.
Julia se acercó sonriente, le acarició con ternura su cara mojada por las lágrimas, y le besó en los labios. Las demás la dejaron hacer. Sin dejar de besarle, con sus manos recorría el cuerpo desnudo del muchacho. Le acarició la el pene hasta conseguir el principio de una erección, le empujó hasta tumbarle sobre el suelo. Con la boca fue recorriendo la piel del muchacho hasta alcanzar su polla que besó, acarició y tragó. Las demás, casi tímidamente, se sumaron a las caricias. Le besaban y acariciaban.
Dejó el libro, y cogió la mano que Roberto le tendía. “Ven, vamos a elegir cómo irás vestida”. Fueron hacia el vestidor, él sentado en una butaca que se hallaba en una de as esquinas de la estancia, observaba los movimientos de la mujer, y dirigía la escena. “Saca la ropa especial, veamos que es lo que quiero que lleves”. Ella, entre divertida y excitada, abrió una de las puertas del armario, y sacó una gran caja negra. Dentro de ésta, ordenados con cuidado había corpiños, sujetadores, faldas, diminutos tangas… la mujer fue sacándolos uno a uno, y cada vez que lo hacía miraba a su Señor, esperando el gesto de aprobación o de negativa, depositando las piezas elegidas sobre la cama, en el dormitorio anexo al vestidor. Después, eligieron ambos la ropa que el hombre llevaría, y comenzaron a prepararse. Ella lo hizo con sumo cuidado, sabía que debía estar perfecta para su Dueño. Salió de la ducha y se miró un momento en el espejo, en su cara se adivinaba el deseo, el ansia por lo que vendría, miró su cuerpo suave y algo tostado por el sol, comprobó que estaba perfectamente rasurada, y peinó su larga melena morena en una coleta alta y apretada.
Mientras se maquillaba con cuidado, escuchaba a Roberto que sacaba cosas del armario, de tanto en tanto se oían cadenas, y ella supuso que estaba eligiendo más cosas para aquella noche. Con cada sonido, un latido más apresurado, más ganas de llegar a aquella fiesta. Fue al dormitorio, y se vistió con las prendas que su Amo había elegido. Tan sólo un corsé de cuero de tiras, que dejaba al descubierto y realzaba sus pechos, y un tanga diminuto. Calzada con unas sandalias con tacones de vértigo fue hasta donde se encontraba su Señor.
“Estás preciosa, pero vamos a adornarte un poco más”, le dijo, tirando del tanga, haciendo que se introdujera bien entre sus glúteos y los labios de su sexo, y apretando aún más las cintas del corsé para que marcara aún más los senos y la cintura. Cogió un collar de perro, ancho, del que colgaba una cadena metálica, y adornado con pequeñas tachuelas plateadas y lo ajustó bien a su cuello, y le colocó en muñecas y tobillos otras cintas de cuero que hacían juego con el collar. La cogió de la mano llevándola al baño, y allí con el mismo carmín con que había pintado su boca, maquilló sus pezones con cuidado. Ella temblaba mientras tanto, y se empapaba. “Pronto empiezas a mojarte, hay que ver que puta eres” le dijo sonriéndola y acariciando su culo. “Mírate bien, estás preciosa, mi perra”.
Vio su imagen reflejada en el espejo, su cuerpo estirado por el corsé y el collar, la cara despejada, la boca roja, los senos rojos expuestos. Los labios de su sexo atrapando la tela del tanga. Era cierto, como una puta. Sintió vergüenza al pensar que se mostraría así delante de todos, pero al ver a su lado la cara de Roberto, los ojos que la miraban con orgullo y la sonrisa de complacencia, la vergüenza desapareció y se sintió dichosa y orgullosa de ser suya.
“Bien, vámonos ya, que se está haciendo tarde”. Ella se quedó parada, un poco perpleja. “¿Qué ocurre?”. Se miró y después le miró a él como diciendo ¿sólo esto?. No había tenido en cuenta que él la llevara así por la calle, y se sintió de nuevo avergonzada. “¿No te atreves?. Bueno, haremos por que la perrita vergonzosa no sufra tanto”, ella sonrió, aunque cuando vio que lo único que la cubriría iba a ser un chal rojo no se sintió tan aliviada. Se lo colocó cubriendo su cuerpo, pero sus piernas seguían libres y expuestas. Menos es nada, pensó, dando las gracias.
Bajaron al garaje desde el apartamento. Afortunadamente no se cruzaron con ningún vecino, pensó ella aliviada. Durante el camino hablaron poco, él acariciaba su cabeza de tanto en tanto, o metía su mano entre los muslos de la mujer mirando su reacción, viendo cómo se calentaba más y más. Aparcaron cerca del local y se encaminaron hasta la puerta, ella unos pasos detrás de él, ansiosa. Una vez dentro, él le quitó el chal, cogió el extremo de la correa y se encaminó hacia la puerta de la sala. Ella, erguida, sonrojada, exhibida, humillada, siguió a su Dueño.
La sala era bastante amplia, con distintos niveles. Le sorprendió que no hubiera ningún tipo de música ambiental, el silencio era roto por las conversaciones en un tono no muy alto, y por los ruidos que producían cadenas, látigos y azotes. Las paredes negras, con una iluminación tenue, que en momentos enfatizaba ciertos escenarios. Varias cruces distribuidas por la sala, cadenas que colgaban de estructuras metálicas en el techo, potros…. Se veían diferentes grupos distribuidos por la sala. En uno de ellos, una sumisa, subida en una mesa, era expuesta mientras su señor dirigía una puja para cederla. En otro, una ama hacía un fist a un sumiso al tiempo que hacía que otro le masturbara. Cuerpos desnudos sujetos a las cruces, recibiendo la caricia de gatos, látigos, fustas, pinzas o agujas. Potros con sumisas que eran al tiempo sodomizadas y acariciadas por docenas de manos. Esclavos suspendidos. Gente que disfrutaba del espectáculo, que charlaba, que se frotaba, que se empapaba de todo aquello.
Atravesaron la sala. Ella con la mirada baja, pero erguida, sintiendo las miradas que caían sobre su cuerpo conforme caminaba, temblorosa tras de su Señor. Él paró al lado de una mesa, la hizo sentarse sobre ella, le ordenó que se tumbara y ató sus manos y sus piernas de tal forma que quedaron abiertas, dejando su sexo expuesto, e inmovilizándola. Pasó una cuerda por su cabello, donde nacía la coleta, y lo ató también a la mesa, haciendo así que la cabeza se mantuviera estirada y la boca ofrecida. Una vez estuvo atada como él estimó oportuno se inclinó hacia ella, besó profundamente los labios, y le susurró al oído. “Ahora, te quedarás aquí sola durante un rato. Ya sabes lo que eres, y de las buenas, pórtate como tal”. Antes de alejarse del todo, le sacó el tanga. Sacó un plug de la bolsa que portaba, lo llevó hasta la boca de la mujer para que esta lo humedeciera con su saliva, introduciéndolo después en su sexo hasta el fondo, y con el mismo carmín con que en casa había maquillado los pezones de la esclava, escribió algo sobre el vientre de la mujer. “Ahora todo el mundo sabe lo que eres. Pórtate bien, mi perra”







Fotografía: blackvertising.de
Ya no importó nada. Lamía con fruición, con ansia, como la perra viciosa y en celo que era. Podía imaginar la sonrisa en la cara de su Dueño, y al hacerlo sonreía su alma oscura. Aquel sexo animal la llenaba, la atragantaba casi, babeaba, pero no dejaba de chupar, ni de empaparse, ni de sentirse una perra, ni de sentirse orgullosa. La mano que sujetaba al can le separó de ella. En su cara, todo el deseo, toda la lujuria, toda la bajeza de la que era portadora, los ojos turbios, la boca abierta húmeda, la respiración acelerada, el deseo... Y la sonrisa amplia cuando la mano acarició su cabello, despacio, con toda la dulzura del mundo.
Seguía de rodillas, abierta y mojada. Sintió de nuevo la lengua del animal en su sexo abultado y abierto. Sintió el avance, el pelo sobre sus glúteos, sobre sus riñones, sobre su espalda. Sintió las patas abrazando sus senos, arañándolos una y otra vez. Sintió a aquel macho entrando en ella, llenándola, apretándola, follándola. Sintió lo que era, desde ése mismo instante y para siempre.
Su perra.


Despertaste en mí todos los sentidos. Has alimentado mis ansias a tu antojo. Has hecho nacer en mí deseos insospechados. A veces me dices que todo estaba en mí, pero...

El trapecista, llamémosle “T”, se sentía enormemente atraído por la muchacha de aspecto delicado, de larga melena rubia, luminosa sonrisa y mirada transparente. Llamaremos a la chica, “C”.
El trapecista mantenía una extraña relación con una mujer de la troupe, de aspecto fuerte, morena de pelo corto y duro carácter. Su mirada cambiaba según el momento, o era tan caliente que podía derretir los postes de hierro que sostenían la enorme carpa, o fría como para helar el agua de los abrevaderos de los animales sólo con mirarla. Tenía fama de golfa entre las gentes del circo, así que la llamaremos “G”.
Semanas antes, en un asentamiento del circo en una ciudad cualquiera ya había provocado, G, un altercado del que todavía hablaban sus compañeros. Al parecer, había sorprendido a T mirando de una forma especial a C, cuando ésta se retorcía en su espectáculo. Allí mismo, en la bocana de artistas, había levantado la voz a T, increpándole. El público más cercano se había percatado y estaba pendiente de la bronca; de forma que, el jefe de pista, tuvo que gritar más fuerte pidiendo aplausos para la contorsionista mientras se colocaba delante de la pareja de trapecistas y les empujaba hacia el exterior.
G no dejó de amenazar a T, diciéndole que si le volvía a pillar mirando de aquella forma a la chica le cortaba la polla, así de claro. Y, no contenta con eso, amenazó con cortar a la muchacha por el punto más flexible de su joven cuerpo. Pero T no se la podía quitar de la mente. Sobre todo desde que la sorprendió un día que miró a través de la ventana de su caravana.
La vio sobre su cama, desnuda, había flexionado su joven cuerpo de tal manera que, con su boca, alcanzaba los labios de su coño. Se los chupaba a sí misma, mientras que con la lengua se acariciaba el clítoris. Pero T se acabó de volver loco cuando vio lo siguiente... La chica seguía comiendo su propio coño cuando uno de aquellos pequeños perritos saltó a la cama y se colocó delante de su sexo. Con su rosada lengüecilla comenzó a lamer el jugo que derramaba el sexo de la muchacha, que ella misma, por su postura forzada, no podía recogerse con la suya. Así, de esa forma, las dos lenguas, perro y muchacha, lamían aquel joven y delicioso coño. Por momentos las dos lenguas coincidían y se lamían la una a la otra. T quedó marcado tras ver aquello, no podía olvidarlo y, poco a poco, fue fraguando en su mente la idea de hacer suyo aquel coño y, de paso, todo el cuerpo de la joven.
Un día, después de comer, mientras casi todos los miembros del circo dormitaban la siesta, T buscó la forma de hablar a solas con la contorsionista. Trató de seducirla, le dijo que estaba loco por ella, pero... la chica le miró con desprecio, soltó una carcajada y le dijo de forma hiriente que se follara a la puta del circo, refiriéndose a G.
T, se sintió muy dolido. Deseó tomarla allí mismo, forzarla. Pero unas voces en el exterior de la caravana le hicieron desistir.
Al parecer ''Travieso'', un pequeño chimpancé, se había escapado y andaba revolviendo en los tendederos la ropa puesta al sol para secar. Pero no abandonó T, a partir de ese instante comenzó a maquinar su venganza, y no tardó en llevarla a cabo.
Ocurrió un par de semanas después. El circo se había mudado de ciudad. La troupe de trapecistas, y algunos compañeros más, habían decidido salir a tomar unas copas y divertirse un poco. T dijo que no le apetecía salir y se quedó. Cuando se habían marchado, y los alrededores del circo fueron quedando en silencio, cogió una botella de coñac y se fue a buscar al guarda.
Éste era un hombre mayor, de aspecto desaliñado que, por compasión más que por su eficacia, estaba empleado a cambio de la manutención y poco más. T comenzó a dar conversación al guarda y le sirvió una buena copa de coñac. La tomó rápida. Entonces, T, le dijo que se fuese a dormir un rato, que él se quedaba a esperar el regreso de los demás. Luego, le dijo, le llamaría. El viejo se marchó a su camastro, pero antes T se encargó de que se llevase la botella de coñac.

La carpa estaba casi a oscuras, sólo tres o cuatro bombillas de luz amarillenta ambientaban la oscuridad creando en todo el recinto un ambiente espectral. Salió T de la carpa y fue derecho a la caravana de C, llamó a la puerta con insistencia. La chica, que ya dormía, preguntó quién llamaba. Entonces, T, poniendo en su voz un tono de preocupación dijo que Antón, el viejo domador de perros, la necesitaba. La chica abrió la puerta y preguntó qué pasaba. T, antes de que ella dijese nada más, le asestó un puñetazo en la boca de su estómago, la empujó hacia dentro y cerró la puerta tras de sí.
La chica se retorcía de dolor y, antes de que reaccionara, T la atrapó con fuerza tapando su boca con la mano. Forcejearon hasta que la muchacha recibió un fuerte golpe en la cara que la dejó conmocionada durante unos segundos. Aprovechó, T, ese instante para sacarle a la chica las bragas, se las metió en la boca. Le quitó la camiseta que cubría su cuerpo, la rasgó, y con los jirones la amordazó con fuerza.
La chica seguía conmocionada. T abrió la puerta y miró al exterior, todo estaba tranquilo, tomó a la muchacha y se la cargó sobre el hombro. Se dirigió con paso rápido hasta la carpa. Por el camino tomó un cubo y lo llenó de agua en uno de los abrevaderos.
Una vez dentro dejó a la muchacha en el suelo, sin dejar de vigilarla accionó el mecanismo que desplazaba los aparatos del trapecio. Uno de ellos comenzó a descender. Cuando estuvo a un metro del suelo, T cogió a la muchacha, la levantó y la apoyó por el vientre en la barra del trapecio. Con un trozo de cuerda que llevaba sujeto al cinto la ató en esa postura; luego levantó sus brazos, forzándolos, y los ató por las muñecas a las cuerdas paralelas del trapecio. Accionó el mecanismo y elevó a la chica hasta que su culo y su sexo quedaron a la altura de su polla.
Fue entonces cuando tomó el cubo de agua y lo vació sobre la cabeza de la muchacha, ésta reaccionó. La tomó por el pelo y levantó su cabeza, él se agachó hasta que sus ojos se cruzaron. Entonces le dijo que iba a follarla y le iba a dar por el culo.
Siguió diciéndole que no debía haberse burlado de él, que la quería, que la deseaba. Pero él era un hombre, un macho, y una niñata no se reía de él. La chica intentó moverse, pero no podía, tan solo conseguía que su cuerpo se balanceara. Las puntas de sus pies desnudos apenas rozaban el suelo.
T sacó su polla, metió su mano entre las piernas de la muchacha y arañó su coño. Le abrió los labios y le encajó los dedos bien adentro. Entonces, enfiló la cabeza de su polla hasta la abertura de la muchacha y, de un empellón, la penetró con fuerza. La tomó por la cintura con sus manos y aprovechó el balanceo del trapecio para mover su cuerpo. Él permanecía casi quieto, y era el cuerpo de la joven el que iba y venía.
Cuando se cansó, sacó la polla del coño y buscó el culo. No consiguió meterla. Abrió las nalgas con sus dedos. Escupió en la raja y sobre el agujero del culo y metió con fuerza un par de dedos. La chica gemía, pero sus posibles gritos estaban ahogados por las bragas en su boca y la mordaza.
Con los dedos en el recto de la muchacha, los movió y retorció con fuerza. Los sacó, no había luz suficiente para darse cuenta que los tenía manchados de un tono rosáceo pero, de cualquier forma, eso no le habría importado. Volvió a escupir sobre el culo de la chica y ahora sí consiguió penetrarla. La folló por el culo con fuerza, con rabia. Sintió que se corría. Sintió... que la cabeza le estallaba.
Sintió un fuerte golpe y perdió el sentido. Se despertó con la cara mojada, el agua le chorreaba por la cabeza. No sabía dónde estaba, quiso moverse, pero no pudo. Entonces, se dio cuenta de que estaba atado y fue consciente de su postura. Tenía la espalda apoyada en uno de esos aparatos, con forma de mesa, donde se suben los elefantes para hacer equilibrismos. Tenía las piernas separadas, flexionadas y sujeto a la altura de los tobillos a las barras que sostenían aquel taburete. También tenía sujetos los brazos, estaba completamente inmovilizado.
Entonces la vio. Allí estaba G, y no comprendía que hacía vestida con su ropa de actuar, aunque no llevaba puestas las medias de rejilla.
-“Eres un cabrón”-, la oyó decir. -“Tenías que follártela. No has podido mantener tu polla dentro del pantalón, ¡no has tenido bastante con este coño!”-. Decía eso, mientras apartaba con su mano la prenda que la cubría, dejando al descubierto su sexo. En ese momento T advirtió que algo caía sobre su cara y su sabor en la boca. Entonces, tuvo sensación de pánico que le paralizó. Miró, de repente, hacia la cúpula de la carpa… y la vió.
Primero sólo distinguió el bulto, luego, esforzó la mirada. Quiso gritar, pero G ya le había cerrado la boca amordazándole.
-“¡Mírala!”-, le dijo... -“¡Mira a esa puta. Te advertí que la cortaría por la mitad!”
T sintió que las lágrimas le anegaban los ojos y le cegaban. Lo que caía sobre su cabeza, sobre su cara, era la sangre del cuerpo de la chica, que permanecía suspendido en lo alto del trapecio.
-“Ahora, mi querido T, te toca a ti”-. Entonces, la mujer se colocó entre sus piernas. El hombre sintió cómo las manos de ella tomaban su polla y la manipulaban. Luego, sintió sus labios y la humedad caliente de su boca que se cerraba sobre su verga y la engullía hasta la base. Poco a poco, sin que pudiese evitarlo, sintió cómo su polla reaccionaba y tomaba una fuerte erección. La mujer le masturbó. Le conocía... y supo cuando detenerse. Entonces, T notó cómo ella la untaba con algo y la oyó decir -“Anda, Travieso, pruébalo... es el dulce que tanto te gusta”-.
Un fuerte dolor casi le hizo desfallecer. Sintió su polla presionada por dos filas de finísimos dientes. Fue contundente, una mordedura a conciencia. Se despertó en el hospital. Habían llegado a tiempo de evitar que se desangrara, pero el implante había sido imposible.
Donatio

Cesaron los golpes. El temblor cada vez más intenso, de nuevo la incógnita, y... de nuevo la piel sobre sus glúteos, doloridos, calientes. La mano pasaba despacio, muy despacio, acariciando suavemente. Un dedo se introdujo en ella, hurgando en su sexo caliente. Dos dedos. Lento. Tres. Salieron los dedos de ella y acariciaron de nuevo su piel caliente y dolorida. Buscando su ano, dilatándolo cada vez más, dentro y fuera. Sus piernas casi no podían mantenerla, entumecidas… y sólo su respiración se escuchaba, entrecortada, agitada.
La otra mano también la tocaba, de nuevo entre sus piernas, no podía saber cuántos dedos la penetraban. Se sentía llena, dilatada. Los dos orificios acariciados, cada vez más rápido, cada vez más dentro, cada vez más fuerte. Hubiera seguido el movimiento con sus caderas pero no podía, era un objeto, no podía moverse… solo sentir. El ritmo aumentando, sentía que estaba al límite, no podría resistir más, sus piernas dolían, temblaba como una hoja. Más rápido, más dentro, más. Y llegó. Los espasmos la atraparon, y las manos que no paraban, dentro, dentro. Ella gemía, temblaba en el vértigo. Se entregó entera, se vació… lo dio todo.
Las manos permanecieron en su interior aún unos instantes prolongando el contacto, prolongando el placer. Poco a poco la abandonaron, despacio, suavemente. Volvieron las caricias sobre sus glúteos, sobre su espalda, despacio, esta vez distintas, dulces, consolando el llanto reprimido. Desataron sus muñecas, las acariciaron. La volvieron a llevar hacia atrás, de nuevo de rodillas, acariciando sus brazos, sus hombros, su cuello. Ella sentía su cuerpo aún erizado, cada caricia era un regalo dulce que la consolaba. El se puso delante de ella, acarició su cabeza, desató el pañuelo, lo quitó despacio.
Abrió sus ojos llorosos y le vio, sentado en la cama. Vio su expresión complacida, la sonrisa en sus labios. Su Dueño mirándola, que acariciaba su pelo, consolándola, que besó sus ojos húmedos, sus labios silenciosos, que la abrazó protegiéndola.
Sólo entonces se rompió el silencio
-Me serviste bien, y estoy complacido por ello
-Soy tuya Amo, todo te debo. Gracias por usarme, por dejarme servirte
Se fundieron en un abrazo, apretado, ella de rodillas frente a Él. Nada más había que decir, solo el silencio hablaba.
Si piensas que entras en uno de los multiples sitios dedicados al cuerpo en este mundo virtual te equivocas, navegante.
Aquí verás cuerpos, sin duda, pero sólo si sabes mirar con los ojos apropiados llegarás a verlos.
Sólo si miras con los ojos del Alma.
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