
Aquel hombre apretó con fuerza el coño de Isabel, esto hizo que las pinzas mordiesen más los labios y el clítoris, y el dolor se hiciese más intenso. El cuerpo de la esclava se convulsionó, un fuerte alarido fue acompañado por el intento de doblarse hacia delante, movimiento que evité sujetándola fuerte por los brazos.
- ¡Aguanta, perra!-, le dije en un tono de voz más alto.
El hombre aflojó la presión de su mano, y de inmediato comenzó a tirar de cada una de las pinzas, hasta que se fueron soltando. A cada tirón, un grito de dolor. Yo continuaba sujetándola por los brazos, manteniéndola erguida. Cuando aquel Amo hubo quitado todas las pinzas volvió a manosear los doloridos labios, los pellizcó ahora con sus dedos, los amasaba cerrando fuertemente la mano sobre el coño marcado por la presión de las pinzas, dolorido, pero empapado.
El llanto de Isabel era ahora continuo, las lágrimas brotaban de sus ojos tan fluidamente como los jugos de su sexo. Dolor, tanto dolor…; pero al mismo tiempo, tanta excitación.
El hombre tomó a Isabel del brazo y la llevó consigo hasta una mesa, situada a un lado del salón; la hizo apoyar las manos sobre ella e inclinó su cuerpo hacia delante, haciéndola levantar su culo. Durante unos minutos la estuvo examinando, con las manos le separaba las nalgas y se complacía mirando el rosetón apretado que cerraba el agujero oscuro. Luego metía su mano en la estrechura y frotaba, bajando hasta el coño donde introducía varios dedos y la empujaba con fuerza. Más tarde separó de nuevo las nalgas y escupió, para a continuación apretar con el pulgar hasta introducirlo en el culo de Isabel. Al principio la esclava gimió molesta, pero a medida que el hombre movía el dedo, los gemidos se fueron tornando en placenteros. Con la punta de los dedos, el hombre, alcanzaba a frotar el coño de Isabel, que de nuevo estaba empapado; mientras aceleraba los movimientos y la presión del pulgar clavado hasta el fondo en el cálido y oscuro agujero de la mujer.
Cuando Isabel dio muestras de su alta excitación, próxima al orgasmo, el hombre se detuvo, para entonces su propia sumisa ya estaba a dos pasos tras él, con un gato de nueve colas sobre la bandeja. El hombre cogió aquel gato y comenzó a azotar las nalgas de Isabel, primero suavemente, con un continuo golpear que poco a poco fue calentando y enrojeciendo la piel.
Tras una tanda de azotes, el hombre se detenía, acariciaba las zonas enrojecidas y azotaba con su propia mano, luego arañaba, apretaba con los dedos, y volvía a una nueva tanda de azotes con el gato, incrementando la intensidad y la fuerza progresivamente. Poco a poco, la zona azotada se fue ampliando, pasando de las nalgas a los muslos y la espalda de Isabel.
Me coloqué al otro lado de la mesa, frente a ella, levanté su cara y le pregunté si estaba bien.
-¡Sí, mi Señor!-, me respondió con un tono de voz gutural y caliente.
-¡Ven!-, le dije, al tiempo que tiraba de sus brazos hacia delante. -¡Colócate sobre la mesa!-.
Con el torso completamente pegado a la mesa, sus pechos aplastados, quedó con la grupa expuesta. Tomé sus manos entre las mías, entrelazando nuestros dedos. Le hablé al oído y le dije que separara sus piernas. Miré al hombre y le hice una señal. Éste cambió el gato por una fusta.
La lengua de la fusta se movió juguetona sobre el coño de Isabel, manejada por la diestra mano de aquel dominante. Sentí como sus manos se aferraban fuertemente a las mías, cuando la fusta impactó con fuerza entre los labios de su coño, pero esta vez no gritó, sólo, por mi cercanía, pude captar el resoplido de sus labios encajando en silencio el dolor.
Los fustazos se fueron repitiendo, aumentando la intensidad. Las zonas ya castigadas por el gato fueron quedando marcadas por la mordedura de la lengua de la fusta. Poco a poco, el rojo fue cambiando al violeta hasta perlar de pequeñas gotitas rojas.
Isabel sudaba, el dominante que la azotaba, sudaba; y mis manos estaban rojas y marcadas por las uñas de mi esclava que, a cada azote, apretaba con más fuerza como si el dolor pasase como una corriente por su cuerpo sin detenerse, y se escapara por el mío a través del contacto de nuestras manos.
-Date la vuelta-, casi le susurré.
Reflejando en su rostro el dolor y la incomodidad de la postura mantenida durante rato, Isabel se incorporó, se giró apoyando el culo en el filo de la mesa, se dejó caer hasta recostarse completamente, quedando sus piernas caídas al otro lado de la mesa.
-¡Separa las piernas y no las cierres!-, le ordené, cogiéndola ahora por las muñecas y estirando sus brazos hacia atrás.
El hombre volvió a coger el gato, y de nuevo azotó. Ahora los muslos de Isabel, por delante, su coño abierto y expuesto, y sus hermosas tetas. Ahora se volvió a escuchar el llanto, los gemidos y signos de dolor, que se hicieron gritos cuando la fusta sustituyó otra vez al gato y dejó sus marcas en los muslos de la mujer y, sobre todo, cuando la lengüeta de la fusta restalló sobre el ya castigado coño, haciendo que Isabel sintiera como su cuerpo se partía en dos y su cabeza se disparara a velocidad sideral por un universo hasta este momento desconocido y que, de mi mano, exploraría en un viaje del que esto era sólo el comienzo.
(Continuará)
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