martes 25 de agosto de 2009

Isabel (IV)


Aquel hombre apretó con fuerza el coño de Isabel, esto hizo que las pinzas mordiesen más los labios y el clítoris, y el dolor se hiciese más intenso. El cuerpo de la esclava se convulsionó, un fuerte alarido fue acompañado por el intento de doblarse hacia delante, movimiento que evité sujetándola fuerte por los brazos.

- ¡Aguanta, perra!-, le dije en un tono de voz más alto.

El hombre aflojó la presión de su mano, y de inmediato comenzó a tirar de cada una de las pinzas, hasta que se fueron soltando. A cada tirón, un grito de dolor. Yo continuaba sujetándola por los brazos, manteniéndola erguida. Cuando aquel Amo hubo quitado todas las pinzas volvió a manosear los doloridos labios, los pellizcó ahora con sus dedos, los amasaba cerrando fuertemente la mano sobre el coño marcado por la presión de las pinzas, dolorido, pero empapado.

El llanto de Isabel era ahora continuo, las lágrimas brotaban de sus ojos tan fluidamente como los jugos de su sexo. Dolor, tanto dolor…; pero al mismo tiempo, tanta excitación.

El hombre tomó a Isabel del brazo y la llevó consigo hasta una mesa, situada a un lado del salón; la hizo apoyar las manos sobre ella e inclinó su cuerpo hacia delante, haciéndola levantar su culo. Durante unos minutos la estuvo examinando, con las manos le separaba las nalgas y se complacía mirando el rosetón apretado que cerraba el agujero oscuro. Luego metía su mano en la estrechura y frotaba, bajando hasta el coño donde introducía varios dedos y la empujaba con fuerza. Más tarde separó de nuevo las nalgas y escupió, para a continuación apretar con el pulgar hasta introducirlo en el culo de Isabel. Al principio la esclava gimió molesta, pero a medida que el hombre movía el dedo, los gemidos se fueron tornando en placenteros. Con la punta de los dedos, el hombre, alcanzaba a frotar el coño de Isabel, que de nuevo estaba empapado; mientras aceleraba los movimientos y la presión del pulgar clavado hasta el fondo en el cálido y oscuro agujero de la mujer.

Cuando Isabel dio muestras de su alta excitación, próxima al orgasmo, el hombre se detuvo, para entonces su propia sumisa ya estaba a dos pasos tras él, con un gato de nueve colas sobre la bandeja. El hombre cogió aquel gato y comenzó a azotar las nalgas de Isabel, primero suavemente, con un continuo golpear que poco a poco fue calentando y enrojeciendo la piel.

Tras una tanda de azotes, el hombre se detenía, acariciaba las zonas enrojecidas y azotaba con su propia mano, luego arañaba, apretaba con los dedos, y volvía a una nueva tanda de azotes con el gato, incrementando la intensidad y la fuerza progresivamente. Poco a poco, la zona azotada se fue ampliando, pasando de las nalgas a los muslos y la espalda de Isabel.

Me coloqué al otro lado de la mesa, frente a ella, levanté su cara y le pregunté si estaba bien.

-¡Sí, mi Señor!-, me respondió con un tono de voz gutural y caliente.

-¡Ven!-, le dije, al tiempo que tiraba de sus brazos hacia delante. -¡Colócate sobre la mesa!-.

Con el torso completamente pegado a la mesa, sus pechos aplastados, quedó con la grupa expuesta. Tomé sus manos entre las mías, entrelazando nuestros dedos. Le hablé al oído y le dije que separara sus piernas. Miré al hombre y le hice una señal. Éste cambió el gato por una fusta.

La lengua de la fusta se movió juguetona sobre el coño de Isabel, manejada por la diestra mano de aquel dominante. Sentí como sus manos se aferraban fuertemente a las mías, cuando la fusta impactó con fuerza entre los labios de su coño, pero esta vez no gritó, sólo, por mi cercanía, pude captar el resoplido de sus labios encajando en silencio el dolor.

Los fustazos se fueron repitiendo, aumentando la intensidad. Las zonas ya castigadas por el gato fueron quedando marcadas por la mordedura de la lengua de la fusta. Poco a poco, el rojo fue cambiando al violeta hasta perlar de pequeñas gotitas rojas.

Isabel sudaba, el dominante que la azotaba, sudaba; y mis manos estaban rojas y marcadas por las uñas de mi esclava que, a cada azote, apretaba con más fuerza como si el dolor pasase como una corriente por su cuerpo sin detenerse, y se escapara por el mío a través del contacto de nuestras manos.

-Date la vuelta-, casi le susurré.

Reflejando en su rostro el dolor y la incomodidad de la postura mantenida durante rato, Isabel se incorporó, se giró apoyando el culo en el filo de la mesa, se dejó caer hasta recostarse completamente, quedando sus piernas caídas al otro lado de la mesa.

-¡Separa las piernas y no las cierres!-, le ordené, cogiéndola ahora por las muñecas y estirando sus brazos hacia atrás.

El hombre volvió a coger el gato, y de nuevo azotó. Ahora los muslos de Isabel, por delante, su coño abierto y expuesto, y sus hermosas tetas. Ahora se volvió a escuchar el llanto, los gemidos y signos de dolor, que se hicieron gritos cuando la fusta sustituyó otra vez al gato y dejó sus marcas en los muslos de la mujer y, sobre todo, cuando la lengüeta de la fusta restalló sobre el ya castigado coño, haciendo que Isabel sintiera como su cuerpo se partía en dos y su cabeza se disparara a velocidad sideral por un universo hasta este momento desconocido y que, de mi mano, exploraría en un viaje del que esto era sólo el comienzo.

(Continuará)

Donatio.-

lunes 24 de agosto de 2009

Frases VIII


"Hay quienes dan poco de lo mucho que tienen. Lo dan buscando el reconocimiento, y su deseo oculto malogra sus regalos"
Khalil Gibran




Es muy humano esperar, desear, ansiar. Dar, sabiendo que se nos va a recompensar, es fácil, agradable. Te doy esto a cambio de esto otro, un toma y daca en principio es equitativo, justo, y es humanamente deseable.


Pero yo me pregunto... En nuestro mundo D/s, si hay Entrega, con mayúsculas, ¿hay que esperar siempre la contrapartida? Disculpadme, pero es que aún tengo mis dudas acerca del famoso SSC


Azótame, que aguantaré sumisamente tus azotes, pensando en el orgasmo que vendrá tras ello...


Te obedeceré sumisamente ahora, luego me resarciré de mi castigo…


Para mí, la Entrega es Dar.

A veces se recibirá, a veces no, pero en el simple hecho de servir, de estar, de sentirse a sus pies, ya está implícito el goce.



Pero… es que aunque soy una viciosa, también soy una sentimental ;)




Fotografía: farriderphotos

miércoles 19 de agosto de 2009

Isabel (III)


De entre las personas que nos miraban salió un hombre. Era un dominante con el que yo había hablado anteriormente y al que le propuse hacer lo que ocurriría a continuación. Su aspecto presentaba una imagen entre siniestra y algo repulsiva. Su estatura andaría por el metro setenta, delgado. De mediana edad, su rostro arrugado de tez oscura, boca de labios tan finos que parecía dibujada de un solo trazo recto. La nariz afilada y aguileña destacaba en medio de una mirada hundida bajo unas pobladas cejas. Pero lo que quizás le favorecía menos era el pelo lacio, negro y de apariencia grasienta, que le caía con un corte irregular por encima del cuello de la camisa.

Este hombre se acercó hasta Isabel y se colocó frente a ella. Por un momento la miró, luego puso sus manos sobre los pechos de la mujer, apenas los rozó, los apretó. Yo permanecía a la espalda de mi esclava y, aunque no podía ver su cara, conocía su gesto de dolor; puse mis manos sobre sus hombros desnudos y sentí como su tensión se relajaba al instante.

Aquel hombre continuó trabajando las tetas de Isabel. Ahora pellizcaba los pezones, y lo hacía a conciencia, los retorcía, los estiraba… A través de las palmas de mis manos suavemente posadas sobre los hombros de la esclava, quise absorber parte del dolor que le producían los dedos de aquel dominante sobre sus pechos. Quería aliviarla, pero a la vez mi contacto con su cuerpo le decía que tenía de pasar por aquello, y sólo era el comienzo.

Una sumisa se acercó portando en sus manos una bandeja. Era una mujer de unos cincuenta años, regordeta y de menor estatura que su Amo, el hombre que torturaba los pechos de Isabel. Éste, fue cogiendo de la bandeja unas pinzas que colocó en los pechos de mi esclava comenzando por los pezones, luego en círculo alrededor de las areolas, y un nuevo círculo de pinzas, más amplio, que apretaba los carnosos pechos de Isabel.

Primero un pecho, luego el otro. Cuando el número de pinzas iba aumentando, los gemidos de Isabel también eran más intensos. Con mis manos acariciaba sus brazos, recorriéndolos con una suave caricia desde sus hombros hasta los codos, éste era el único contacto que mantenía con mi esclava pues, aún estando muy pegado a ella, no llegaba a rozarla con ninguna otra parte de mi cuerpo.

Mis manos la sujetaron por los antebrazos cuando el otro hombre la pellizcó en los labios del coño, Isabel dio un respingo y lanzó un gritito. Habiendo dejado las tetas de mi esclava llenas de pinzas, se dedicaba ahora a torturar su humedecido sexo.

-¡Está empapada!-, exclamó sorprendido el hombre.

Sin contemplaciones le introdujo sus dedos que movió, retorció, hundió a su gusto. Le arañó el clítoris, lo pellizcó, lo aplastó, lo palmeó. Su mano empapada la llevó hasta los labios de Isabel, e hizo que ésta le chupase los dedos mojados por sus propios jugos. Seguidamente, cogió nuevas pinzas de la bandeja que sostenía la otra sumisa, y empezó a colocarlas en los labios del coño de Isabel, para terminar presionando, con una de las pinzas, su sonrosado clítoris.

Parsimoniosamente aquel hombre dedicó un tiempo a jugar con las pinzas, ahora las de los pechos, ahora las del coño. Tiraba despacio de ellas, sin que se llegaran a soltar, las movía y hacía vibrar, las retorcía recreándose en los gemidos, grititos de dolor y los primeros sollozos de  Isabel. Cuando consideró que ya era suficiente de aquel torturante juego, cogió un gato de cortas dimensiones y comenzó a azotar las tetas de mi esclava, golpeando insistentemente sobre las pinzas que, poco a poco y acompañadas por gestos y sonidos de dolor, se iban desprendiendo de los pechos de Isabel. Al cabo de unas decenas de latigazos los pechos de la esclava quedaron liberados de la presión de las pinzas y, en su lugar, las marcas que éstas habían dejado. El hombre, dejando el gato sobre la bandeja que sostenía su sumisa, volvió a presionar con sus manos los ya doloridos pechos de Isabel, pellizcando con más fuerza la zona de los pezones que habían estado presionadas por las pinzas. Ahora, los sollozos se transformaron en llanto, y las lágrimas corrían abundantes por la cara de mi esclava. Las caricias de mis manos sobre sus brazos se hicieron más dulces y consoladoras, y un hondo sentimiento de orgullo llenó mi ser, porque Isabel, mi esclava, estaba haciendo bien su exámen

(Continuará)

Donatio.-

martes 18 de agosto de 2009

Voyeur


Le había echado de menos, pero esta mañana, de nuevo estaba allí, puntual a nuestra cita.

Me visita desde hace unos meses, tres o cuatro, no sé exactamente. Puntual, de lunes a viernes me saludan sus ojos ávidos desde la acera frente a mi ventana. Cuando lo descubrí, medio oculto entre las ramas de los arboles, se lo comenté a Donatio. A Él, que me ha exhibido y me exhibe tantísimas veces, incluso a través de esas mismas ventanas, esta situación le pareció divertida y excitante, tentándome a tentar a mi voyeur.

Hacía unos días que había desaparecido, hoy ha vuelto. ¿Se le habrán terminado las vacaciones?

Cada mañana paseo desnuda por mi apartamento; de la cama al baño, y vuelvo desde el baño hasta mi dormitorio, para vestirme. Cada mañana el ritual es el mismo. Yo vuelvo haciendo como que no se que está ahí, y él me sigue con la mirada hasta el momento en que estoy vestida completamente.

Sé que observa detenidamente cómo busco mi ropa interior, cómo ajusto los tirantes del sujetador, cómo lo abrocho frente a la ventana, en la penumbra del amanecer. Sé que sigue mirando mientras me visto, y cuando ya lo estoy del todo, desaparece como por encanto, silencioso y esperemos que acalorado…

Le había echado de menos. Hoy al verlo me he alegrado “se acabó lo bueno” le dije mentalmente, por el final de sus vacaciones… ¿Seguro?

Quise darle la bienvenida en la “vuelta al cole”. Hoy encendí la luz. Y tardé un poco más en vestirme… no encontraba la ropa que quería ponerme…


Fotografía: nsfw.es

lunes 17 de agosto de 2009

Isabel (II)

Durante la cena, Isabel permaneció todo el tiempo callada, sentada frente a mí y flanqueada por dos hombres que, aunque mantuvieron animada conversación con otros comensales, en ningún momento le dirigieron a ella la palabra.

Podía ver en su rostro la tirantez que la situación le provocaba, su enfado no disimulado por el orgasmo frustrado en la habitación del hotel, antes de salir para la cena…; más tarde me diría que de buena gana se hubiese levantado de la mesa y se habría marchado. Se había sentido muy humillada siendo ignorada por todos, que se había sentido invisible desde el momento en que llegamos a esa casa, cuando fui saludado por todos los presentes, dominantes y sumisos, y ella ni siquiera fue presentada, como si no existiera, como si yo hubiese acudido solo a aquella cita.

No obstante -me contó-, a pesar del malestar y la humillación, desde el mismo momento de nuestra llegada y el tiempo de la cena, no pudo dejar de sentir una extraña excitación, quizás provocada por la curiosidad de saber quien, de entre los dominantes presentes, sería el que tendría el privilegio de usarla esa noche. Aunque apenas le conté nada, sí le había dicho durante el viaje que iba a ser usada, por primera vez desde que estábamos juntos, por otro dominante.

Terminada la cena pasamos a un salón donde fueron servidas unas copas, a todos los presentes, excepto a Isabel que, sin necesidad de darle instrucciones, se había quedado al margen de los dos o tres grupos que se fueron formando entre los presentes. Pasados unos minutos me acerqué a ella y le pasé mi copa, llevó el vaso hasta sus labios y tomó un trago de güisqui. A continuación bajo la mirada e inclinó un poco su cabeza, sosteniendo el vaso entre sus manos, a la altura de su vientre. Acerqué mi mano a su cara e hice que me mirara, luego la besé en la frente.

-¿Cómo estás?-, pregunté sonriente.

-Bien…, nerviosa-, respondió dejando que las lágrimas, que hasta ese instante había contenido, resbalasen por sus mejillas.

Extraje el pañuelo del bolsillo de mi chaqueta y sequé, con suavidad, sus lágrimas, sin dejar de sonreírla.

-¿Estás preparada?

-Sí, mi Señor.

Tomé el vaso de sus manos y lo deposité en una pequeña mesa, junto a la lámpara. Con mis manos cogí las suyas y las atraje hasta mis labios, besándolas.

-Adelante, mi pequeña zorra, ¡es la hora!

Caminamos unos pasos, la llevé de la mano hasta el centro de la habitación que, además, era la zona más iluminada de la estancia pues desde el techo se descolgaba una gran araña de cristal. Los demás, que se habían percatado de la situación, se apartaron en círculo, dejando espacio y quedando en un segundo plano menos iluminado.

Volví a mirarla de frente, lentamente caminé a su alrededor hasta situarme a su espalda, luego deslicé los tirantes de su vestido y ayudé a que la prenda resbalase por su cuerpo hasta caer al suelo. Uno de los sumisos se adelantó y recogió el vestido y, rápidamente, volvió junto a su Ama, disolviéndose en la penumbra.

Una vez más caminé al su alrededor, contemplando su desnudez que no era completa por las medias y los zapatos. Isabel mantenía su cabeza inclinada, la mirada baja, los brazos extendidos a los lados de su cuerpo, las palmas de sus manos abiertas en contacto con los muslos. Cuando me situé de nuevo a su espalda, muy pegado a ella pero sin rozarla, le dije en tono de voz apenas audible para ella…

-Separa las piernas.

(Continuará)

Donatio

miércoles 12 de agosto de 2009

Isabel (I)

Antes de salir de la habitación la miré. Se había puesto el vestido negro que escogí para ella; era un modelo sencillo de tirantes, con pronunciado escote y falda a la altura de la rodilla. Completaba su atuendo con medias negras y zapatos negros, cerrados, de tacón.

Sentado en el borde de la cama, inspeccioné su figura esbelta de arriba hasta abajo, luego a la inversa y ahí me detuve en sus ojos.

-¡Mírame!-, le ordené.

Levantó su cara y me miró, sus ojos brillaban. Podía adivinar sus pensamientos, su nerviosismo, sus dudas, su excitación y… su miedo.

Me puse de pie y me acerqué hasta ella, no se movió. Permaneció con sus brazos caídos y sus manos en la espalda. La besé en la frente cuando mi mano derecha se abría camino bajo su falda; luego, con la punta de mis dedos subí acariciando sus muslos hasta sentir el calor y la humedad de su ingle, y los deslicé hasta su monte desnudo. Tal como le había dicho, no llevaba puestas las bragas. Mis dedos buscaron y encontraron su hendidura mojada, la sensación, como tantas veces, era deliciosa, calor y humedad.

Moví los dedos, despacio, deslizándolos entre los labios de un coño maravilloso que se abría para ofrecerse sin reparos. Introduje un dedo, luego dos…; el vaivén de mis dedos aumentó el flujo que pronto mojó toda mi mano. Cerré con fuerza y apreté. Ella exhaló un profundo suspiro. Froté con las yemas de mis dedos su clítoris y ahora gemía. Seguí frotando, cambiando el ritmo. Sus jadeos aumentaban y yo casi detenía mi caricia. Entonces ella ahogaba su frustración que apenas transformaba su jadeo en un “¡ahh!” susurrado.

Pasado un instante, aceleraba de nuevo el movimiento de mis dedos alrededor y sobre su clítoris; dejando de tocarla, de tanto en tanto, para penetrar su coño con mis dedos. Ahora los cuatro dedos, que movía frenéticamente provocando que, de mi mano empapada, el néctar que manaba su sexo, resbalase hasta el suelo.

Isabel no se movía, solo por la fuerza de los movimientos de mi mano se obligaba a modificar el punto de apoyo de sus pies, para no perder el equilibrio y caer. Así, follándola unas veces con la mano, tocando su clítoris otras; subiendo la intensidad, bajando y deteniéndome por momentos…; su cuerpo empezó a convulsionar, su respiración se aceleró, sus jadeos se hicieron más audibles, sus mejillas se tornaron rosáceas, sus orificios nasales se dilataban y contraían rítmicamente… Se iba a correr y dejé de tocarla.

-¡No!-, se quejó. -¡Por favor, no pares ahora!-, insistió.

-No te muevas-, le dije. –Tranquila, no te muevas, respira, despacio-.

(Continuará)

Donatio.-

jueves 6 de agosto de 2009

La Espera


¿Qué siento?, ¿Qué pienso?, ¿Qué me ocurre? Tiemblo, sonrío, temo, me empapo, siento, siento. No pienso, no puedo. Escucho. Noto. Cada poro es un ojo, un oído, un dedo... Piel.

Estoy alerta. ¿Qué pasará?... No sé, no quiero... ¡Sí, quiero saber! Se me escapa el alma, de tanto sentir. Mi cabeza no piensa, de tanto pensar. Mi piel se muere, de tanto ansiar.

Tócame, úsame, bésame, estrújame, márcame, tómame entera, tuya. Ven!!!

Estás aquí, en mí. Te siento, te huelo, te escucho. Estás, y aún no me tocas.

Espero, no soy nada, no importa nada. No sé nada.

Me muero. Me deshago con cada segundo esperando ser rehecha por tus manos, reavivada por tus besos, reanimada por el dolor, llevada a lo más bajo para ser subida a lo más alto.

Todo, cualquier cosa. Nada.

Espero...

miércoles 5 de agosto de 2009

Desde cuándo me siento dominante...?

En alguna ocasión, hablando con gente de gustos afines, ha surgido la pregunta que a tod@s nos han hecho alguna vez: ¿Cómo descubriste tu tendencia o gustos por el BDSM?

Se que siempre he sentido como dominante, los recuerdos que alcanzan a mi infancia me lo corroboran; aunque, lógicamente, entonces no sabía qué significaban esos deseos, o esos gustos.

¿Cómo supe, entonces, lo que me gustaba? Desde niño he sido un gran aficionado al cine, me recuerdo con 3 ó 4 años de la mano de mi padre acudiendo a salas de cine. Luego, con pocos años más, iba con amigos, ya sin la tutela paterna, cuando los niños podíamos salir solos a jugar a la calle o al parque, o ir al cine del barrio, sin más preocupación de nuestros progenitores porque volviésemos con una brecha en la cabeza o las rodillas sangrantes por aquello de las travesuras infantiles, necesarias y asumibles.

Poco a poco fui descubriendo que, cuando en alguna de aquellas películas de aventuras que ponían en sesión continua, la protagonista o cualquier otra chica de reparto, se veía en apuros, yo sentía una agradable excitación y sensación placentera (que, pasados los años, supe identificar). Así, cuando en alguna película de piratas, la chica era cogida prisionera y atada o encadenada a un palo, para mí la escena resultaba de las mejores. O bien, cuando la protagonista era secuestrada por una malvada tribu de indios o negros africanos, mi mente infantil se adelantaba intuyendo lo que no era capaz de imaginar, queriendo que pasase lo que aún era incapaz de definir…, pero todo un mundo morboso se desplegaba ante mis ojos cuando el rostro de la chica atemorizada iluminaba en blanco y negro la oscuridad de la sala.

A veces, estas escenas se me presentaban especialmente sensuales cuando, al temor de la mujer, se sumaba unas manos atadas, un vestido rasgado, un delicioso escote, un hombro desnudo…

Mi goce se terminaba cuando el héroe saltaba al barco de los piratas, espada en ristre; sonata el toque de corneta del séptimo de caballería, o el grito de Tarzán resonaba en los tímpanos de los espectadores que, las más de las veces, rompían en aplausos por el inminente rescate de la mujer prisionera. Yo no, yo no aplaudía porque quería más, deseaba que se prolongasen por más tiempo esas escenas que despertaban sensaciones en mi interior que mis amigos no sentían.

Llegado a la adolescencia, y en mis primeros años de juventud, descubrí que aquello que sentía desde niño tenía mucho que ver con el deseo sexual. Seguí visionando películas de aventuras pero ahora añadí los clásicos de terror y las producciones de la Hammer. Viendo ciencia ficción y terror de serie B, despertó en mí cierto grado de perversión que coloreó de rojo el morbo que sentía. La sensualidad de las víctimas del vampiro, entregadas al deseo de ser sometidas por la fiebre de la sangre; inocentes muchachas aterrorizadas y cautivas de monstruos de goma o cartón piedra, provocaban ya erecciones en el muchacho que fui y que empezaba a plantearse si aquello que sentía y deseaba era correcto.

Mi juventud fue la época de los clásicos del cine americano. Ya era totalmente consciente de lo que sentía, lo tenía identificado porque había buscado, leído… Sabía que no podía contarlo, luchaba interiormente con el “está bien, o está mal”. Pero el cine me seguía ofreciendo información sobre otras formas de dominio. En una amable escena de un musical, yo veía la sumisión de un hombre al poder sexual de una mujer. En una cómica, y aparentemente inocente, escena en blanco y negro, donde todos reían, descubrí que puede haber D/s en los actos cotidianos. Que la humillación formaba parte de este juego, que hay ataduras más fuertes que unos grilletes o unas cuerdas, como puede ser el deseo. Y que ese deseo puede convertir a un hombre en esclavo y marioneta de una jovencita.

Descubrí que el físico no es lo más importante, sino el poder de la mente que puede hacer que un tipo bajito y rechoncho someta a las mujeres más deseadas del momento, a las más perversas humillaciones…

Luego, junto con el cine, la literatura me ofreció más conocimiento; aunque he de decir que hubo alguien que me ayudó a descubrir ese tipo de información en los libros. Pero eso ya lo conté en alguno de mis relatos.

domingo 2 de agosto de 2009

Frases VII

"Quédate ante la puerta si quieres que te la abran. No dejes el camino si quieres que te guíen. Nada está nunca cerrado sino a tus propios ojos. "
Farid al-din Attar


Persevera, insiste, estate atent@, empéñate, permanece, cree, confía, date, entrégate, ábrete, rómpete… Confía!!!

Habrán momentos en que las fuerzas flaquearán, ordenes difíciles de cumplir o incomprensibles, deseos que parece nunca se cumplan, dudas. Algunas cosas parecerán un simple juego, otras algo imposible de realizar, pero… todo tiene un sentido, un por qué.

Además, la lógica del sum no tiene por qué ser la del Dom ;)

No pierdas el norte, no te disipes, simplemente siéntete, siente tu cuerpo, mira tu alma cuando estás a Sus pies… y empápate, por dentro y por fuera

sábado 1 de agosto de 2009

Webcam

Nueva exhibición por webcam de la perra nadine. Esta vez con sonido.

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