










































Dejé que se relajara durante unos minutos. Tumbada sobre la pequeña mesa, su cabeza caía hacia atrás. Mantenía los ojos cerrados y su boca entreabierta, jadeante. Su respiración agitada poco a poco se fue haciendo más pausada. Las piernas flexionadas vestían ahora los jirones de lo que fueron sus medias, destrozadas por la acción del gato y la fusta. Sus pechos, vientre y muslos aparecían decorados por las marcas de los azotes.
Solté sus brazos hasta ahora sujetos por las muñecas, me incliné junto a su cabeza, que recogí en mis manos, y besé sus labios secos que humedecí con mi propia saliva.
-Te has portado muy bien –le dije–, estoy muy orgulloso de ti y espero que tú también te sientas orgullosa de lo que has hecho. Esto, mi querida niña, no está al alcance de cualquiera.
- Sí, mi dueño –respondió–, estoy orgullosa de haber pasado esta prueba. ¡Gracias!-. Y su cuerpo volvió a convulsionarse por el llanto.
Despacio la ayudé a incorporarse. El resto de los presentes en la sala permanecían quietos, manteniendo un respetuoso silencio.
La abracé y sostuve su cuerpo tembloroso apretándola fuerte contra mi cuerpo. En ese momento no existía nada ni nadie más en el mundo, sólo Amo y sumisa unidos en un ser al que dos personas, tan distintas, daban vida complementándose mutuamente.
Con la misma diligencia con la que había actuado durante la sesión, la sumisa del dominante que había castigado a Isabel se acercó con su vestido y la ayudó a ponérselo. Abracé de nuevo a Isabel y la besé. Luego, en el mismo silencio, salimos de la habitación y nos marchamos de aquel lugar.
Antes de salir del coche, en el parking del hotel, miré a Isabel; ella me devolvió una sonrisa enmarcada por las manchas que sus lágrimas, mezcladas con el maquillaje de sus ojos, habían dejado en su rostro que a la luz tenue del aparcamiento aparecía frágil.
Le abrí la puerta y la ayudé a bajar del coche. La rodeé con mi brazo por la cintura y caminamos pegados hasta el ascensor. Frente a frente, la observé mientras subíamos a la planta. De habernos visto, el aspecto de Isabel habría sido incomprensible para alguien ajeno a lo que había ocurrido esa noche y, perfectamente, podría haber sacado una conclusión errónea que, quizás, hasta nos habría comprometido.
Caminamos, cogidos de la mano, los metros de pasillo que nos separaban de la habitación. Una vez dentro, tras cerrar la puerta, literalmente mordí los labios de Isabel en un frenético beso, mientras mis brazos rodeaban su cuerpo y mis manos tiraban con fuerza de su vestido que crujió y se rasgó; al mismo tiempo ella pugnaba por liberarme de la chaqueta y la camisa. La empujé al interior y sin soltarla hasta llegar a la cama, la giré y la hice caer boca abajo. Con mis manos en sus caderas tire hasta que se colocó de rodillas, con su cara pegada al colchón levanté el vestido, separé sus piernas con la misma ferocidad con que me abrí el pantalón y saqué mi polla. La penetré con furia y, de inmediato, sentí mi verga chapotear en un cálido mar de flujos que con las fuertes arremetidas expulsaba al exterior mojando mi vientre, sus muslos y mi pantalón.
Saqué mi polla empapada de su coño y se la metí en el culo. Ese agujero, siempre apretado, hoy se abría con ansias de tragarme y, dentro del oscuro túnel, sentí mi falo engullido hasta la base, tragado y retenido por una fuerza que, más que mi semen, deseaba extraer la esencia de mi alma.
Apretado contra sus nalgas, mis manos terminaron de rasgar su vestido hasta desnudar su cuerpo. Ante mis ojos apareció, completo, el mapa de la sesión que apenas una hora antes había concluido. Su espalda y nalgas estaban cruzadas por las marcas de los azotes: rojas, violetas, oscuras ya en algunas zonas. ¡Qué belleza, que paisaje más hermoso sólo reservado para mis ojos!
Apreté sus nalgas, las palmeé con fuerza mientras bombeaba su culo por el que ahora entraba y salía suavemente mi polla. Arañé su marcada espalda e Isabel gozó de ese dolor mezclado en justa dosis con el placer que sentía.
Jadeaba, me agradecía, gemía, lloraba, gritaba… Se dejó caer por el tobogán del orgasmo y yo me doblé sobre su espalda, abrazando su cuerpo, estallando en su interior, consciente de que esa riada blanca y caliente que mi placer lanzaba en sus entrañas, iba a dejar en ella la marca más indeleble, atando su ser a mí con una invisible cadena más fuerte que cualquier collar o correa del más duro material.
Permanecimos sobre la cama durante un rato, sin decir nada, ella tendida boca abajo, y yo sobre su cuerpo hasta que nuestras respiraciones se acompasaron y nuestros corazones latieron como uno sólo. Entonces recorrí su espalda con mis labios, besando suavemente allí donde el látigo había dejado su marca. Lentamente alcancé sus nalgas que acaricié con mi lengua y los labios. Ella se giró, se incorporó y colocó de rodillas sobre la cama, frente a mí.
-Perdóname –me dijo–, ahora comprendo muchas cosas.
Besé su frente y, juntos, fuimos a la ducha.
Donatio.-
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